Fe y caridad en Cooperación Internacional

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Lunes, 31 de Marzo de 2014

Sobre la verdad del amor y la luz
de la fe al servicio de la justicia y la paz

SuarezMiguelezSoledad
Soledad Suárez Miguélez
Presidenta de Manos Unidas

 Texto de la Conferencia pronunciada en el II Encuentro Diocesano de Caridad
6-8 de noviembre de 2013, en la Diócesis de Cuenca (España)

Introducción

El tema de esta reflexión incluye tres pilares conceptuales muy importantes: fe, caridad (que nosotros decimos “amor”) y cooperación internacional (se entiende que es cooperación “al desarrollo”).

Para entendernos, lo primero que debemos hacer es aclarar qué queremos decir con estos pilares conceptuales para ver qué relación hay entre ellos. Porque la “cooperación al desarrollo” no va unida necesariamente a la fe y al amor cristiano.  Afortunadamente, hoy la solidaridad, como una expresión del amor, la ayuda y el apoyo a los demás, tiene muchas maneras de concretarse y todas ellas son lo mejor que podemos hacer en orden al bien común. En nuestro caso, si unimos el amor y la fe tiene que ser por algún motivo. En Manos Unidas nos gusta buscar  el fundamento de nuestro trabajo, y lo encontramos en el Evangelio y en la Doctrina social de la Iglesia. Por eso, hemos pedido prestadas unas palabras al Papa Francisco, de su encíclica Lumen fidei, para aclarar desde inicio que voy a hablar sobre la verdad del amor y la luz de la fe al servicio de la justicia y la paz en el mundo como “casa común” de toda la familia humana.

Manos Unidas es la Asociación de la Iglesia Católica en España para la ayuda, promoción y desarrollo de los países en vías de desarrollo. Es a su vez una Organización No Gubernamental para el Desarrollo (ONGD), de voluntarios, católica y seglar. A lo largo de estos años, todos los que integramos Manos Unidas:

Desde entonces y hasta el día de hoy, nos esforzamos por construir un mundo más justo, en el que todos los seres humanos puedan vivir con dignidad y realizarse como personas, desde un sentido compartido de la solidaridad humana y el respeto y el cuidado del mundo en el que vivimos.

Por eso, he pensado responder al tema planteado con tres ideas básicas, no tanto sobre lo que hacemos, sino sobre por qué somos como somos, sobre aquello que nos hace fiables y nos da solidez; y, por tanto, sobre lo que esclarece y da consistencia a nuestras relaciones de cooperación con los pueblos y comunidades de África, América Latina y Asia.

Naturalmente, hablo desde la vida y la experiencia de Manos Unidas, pero nos hemos dejado guiar por la mano del Papa Benedicto y del Papa Francisco a través de dos referencias, las encíclicas Caritas in veritate y Lumen fidei. Son dos tesoros que tenemos que enseñar y hacer que sus mensajes circulen entre nosotros, con ellos llevamos a la gente el mensaje evangélico.

También se da la circunstancia de que estamos concluyendo el “Año de la Fe”…, un tiempo de gracia que nos hemos dado para alimentar la memoria y las expresiones de lo que proclamamos en nuestra “profesión de fe”: quién es Dios para mí y quién soy yo para Él; y, por tanto, que Dios es Padre y Madre, fuente de la cual emana todo el amor, y que todos somos hijos y hermanos en la fraternidad universal. Como dice Benedicto XVI en Caritas in veritate, 54-55: “El tema del desarrollo coincide con el de la inclusión relacional de todas las personas y de todos los pueblos en la única comunidad de la familia humana, que se construye en la solidaridad sobre la base de los valores fundamentales de la justicia y la paz”. Esta unidad del género humano es propia también de otras culturas y otras religiones que “enseñan la fraternidad y la paz y, por tanto, son de gran importancia para el desarrollo humano integral”.

En Manos Unidas sabemos por experiencia que hacer cooperación internacional hoy, desde la verdad del amor y la luz de la fe, es más eficaz si se hace desde el diálogo, como el “marco más apropiado para promover la colaboración fraterna entre creyentes y no creyentes, en la perspectiva compartida de trabajar por la justicia y la paz de la humanidad” (Caritas in veritate, 57). Para los creyentes, el mundo es fruto de un proyecto de Dios. “De ahí nace el deber de los creyentes de aunar sus esfuerzos con todos los hombres y mujeres de buena voluntad de otras religiones, o no creyentes, para que nuestro mundo responda efectivamente al proyecto divino: vivir como una familia, bajo la mirada del Creador” (id.).

En resumen, creo que queda claro que Manos Unidas vive desde el amor a  los pobres y desheredados: ellos son los que marcan nuestro camino, porque “el hombre es el camino de la Iglesia” (Centesimus annus, 53) dice Juan Pablo II. Y vive la fe con una mística de “ojos y oídos abiertos”. Para nosotros la fe no es “un espejismo que nos impide avanzar como hombres libres hacia el futuro” (Lumen fidei, 2), tampoco “como un salto que damos en el vacío”, sino “como luz objetiva y común para alumbrar el camino” (Lumen fidei, 3).

¿Cómo situamos a Manos Unidas en la cooperación internacional? Alimentamos la esperanza de que, paso a paso, estemos construyendo un mundo a medida de la dignidad de la gran familia humana

Como es conocido, en Manos Unidas hacemos cooperación internacional orientada al desarrollo de los más pobres. El objetivo de nuestro trabajo es, en el presente y para el futuro, alimentar la esperanza de que, paso a paso, estemos construyendo un mundo a medida de la dignidad de la gran familia humana.

Para nosotros (MU), la cooperación internacional nace del tomar conciencia de las condiciones de vida menos humanas de la inmensa mayoría de las personas. Esta toma de conciencia no es la formulación de una teoría o un simple sentimiento. Es mucho más: es el fruto del  “encuentro” con la vida de la gente, con su sufrimiento y desdicha, en la cercanía y en la distancia. Así Manos Unidas tiene la gran responsabilidad de ser la voz de estas personas y de prestar nuestros ojos para que a través de ellos se les vea.

No somos los primeros ni los únicos. Impulsada por la verdad del amor a Dios y al prójimo, la Iglesia acumula una larga historia de antecedentes de los planteamientos actuales sobre cooperación entre los pueblos y las naciones. Podríamos citar aquí muchos ejemplos. Recordamos aquél bellísimo testimonio de las primeras iglesias, en los Hechos de los Apóstoles, que dice que, ante la llegada de una hambruna sobre la tierra de Palestina, “los discípulos determinaron enviar algunos recursos, según las posibilidades de cada uno, para los hermanos que vivían en Judea” (Hch 11,27-29). O qué decir de la historia de las misiones católicas, llevadas a cabo por numerosas congregaciones e institutos misioneros, en las cuales, como expresión histórica del amor y de la fe, la promoción humana y la evangelización van juntas, no habiendo entre ambas contradicción alguna.

Hoy la realidad es muy compleja. Es muy compleja la situación de la pobreza en los países en vías de desarrollo; son complejas las relaciones internacionales y la cooperación entre los distintos organismos y países; a todo ello añadimos que la escasez de recursos, de voluntad política y de políticas adecuadas complican la adopción de las soluciones necesarias. Para una lectura creyente de esta realidad, podemos ver Caritas y veritate, 21-31, sobre los problemas del desarrollo en el mundo actual; y 32-33, sobre la exigencia de nuevas soluciones.

Una herramienta bastante útil y necesaria para enfrentarse a esta complejidad han sido los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM), en los cuales llevamos trabajando desde el año 2007; se han universalizado como una síntesis práctica para entender la inmensa realidad de la pobreza y la desigualdad en el mundo, y para trabajar en orden a transformarla. Los ODM son también una base común de colaboración entre las naciones y las organizaciones, una de las iniciativas internacionales con más apoyo y consenso en todo el mundo.  

¿Con qué reglas hacemos cooperación internacional?

Trabajar en la cooperación internacional, desde la verdad sobre el amor a la luz de la fe, nos prepara para no caer en prácticas de “asistencialismo paternalista”: unas veces, por falsa compasión, otras, por imposición de criterios ajenos o contrarios a las necesidades de las personas y las comunidades. Para evitar esto, voy a referirme solamente a dos reglas fundamentales.

Primera regla general: trabajar guiados por el principio de subsidiariedad

Tomamos aquí la subsidiariedad en el sentido de no hacer por otro lo que él puede o debe hacer por si mismo. Nosotros creemos que una de las reglas más dinámicas, que nosotros aplicamos en la recepción, aprobación y acompañamiento de los proyectos de desarrollo, se expresa en el principio de subsidiaridad como  expresión de la libertad de cada uno, de lo que cada uno –persona, asociación, parroquia, comunidad o nación,- puede hacer por el bien común; la subsidiariedad “es ante todo una ayuda a la persona, … cuando la persona y los sujetos sociales no son capaces de valerse por sí mismos, implica siempre una finalidad emancipadora, porque favorece la libertad y la participación a la hora de asumir responsabilidades. La subsidiaridad respeta la dignidad de la persona, en la que ve un sujeto siempre capaz de dar algo a los otros. La subsidiaridad, al reconocer que la reciprocidad forma parte de la constitución íntima del ser humano, es el antídoto más eficaz contra cualquier forma de asistencialismo paternalista” (Caritas in veritate 57).

Si la subsidiaridad va unida a la solidaridad, se produce un enriquecimiento del que recibe como del que da.

Y aquí descubro una importante coincidencia entre el modelo de cooperación propio de Manos Unidas y la enseñanza guía de la Iglesia. Efectivamente, como advierte el Papa, las ayudas internacionales al desarrollo “pueden mantener a veces a un pueblo en un estado de dependencia, e incluso favorecer situaciones de dominio local y de explotación en el país que las recibe” (Caritas in veritate 58). Las ayudas económicas, para que lo sean de verdad, han de implicar “no sólo a los gobiernos de los países interesados, sino también a los agentes económicos locales y a los agentes culturales de la sociedad civil, incluidas las Iglesias locales” (id.). Toda la ayuda que se haga debe integrarse en los procesos existentes, debe ser compartida por la comunidad y debe respetar a las personas: “lo más valioso de los países en vías de desarrollo: éste es el auténtico capital que se ha de potenciar para asegurar a los países más pobres un futuro verdaderamente autónomo” (id.).  

Segunda regla: la verdadera cooperación al desarrollo es más que promoción económica

Dice el Papa Francisco que “la fe nos enseña que cada hombre es una bendición para mí, que la luz del rostro de Dios me ilumina a través del rostro del hermano” (Lumen fidei, 54). “Precisamente por su conexión con el amor (cf. Ga 5,6), la luz de la fe se pone al servicio concreto de la justicia, del derecho y de la paz”. … La luz de la fe permite valorar la riqueza y la arquitectura de las relaciones humanas. “Sí, la fe nos ayuda a edificar nuestras sociedades, para que avancen hacia el futuro con esperanza. … Las manos de la fe se alzan al cielo, pero a la vez edifican, en la caridad, una ciudad construida sobre relaciones, que tienen como fundamento el amor de Dios” (Lumen fidei, 51).

En esta perspectiva, nuestra cooperación no busca sólo ni prioritariamente el objetivo “tener”, sino el “ser“, porque lo que nos interesa es el “rostro del hermano” como “rostro de Dios”. En nuestras ayudas,  si no tuviéramos en cuenta la identidad cultural propia y ajena, con sus valores humanos, no podríamos “entablar diálogo alguno con los ciudadanos de los países pobres. Si éstos, a su vez, se abren con indiferencia y sin discernimiento a cualquier propuesta cultural, no estarán en condiciones de asumir la responsabilidad de su auténtico desarrollo (Populorum progressio 10 y 41). … La fe cristiana, que se encarna en las culturas trascendiéndolas, puede ayudarlas a crecer en la convivencia y en la solidaridad universal, en beneficio del desarrollo comunitario y planetario” (Caritas in veritate, 59).

¿Cómo trabaja Manos Unidas el Desarrollo de las personas y educación para el desarrollo?

La verdad sobre el amor y la luz de la fe son las fuerzas que impulsan a Manos Unidas a trabajar con una identidad y un estilo propio: tenemos nuestra propia dinámica de trabajo, somos sensibles y comprometidos con un modelo de desarrollo integral y solidario, centrado en la dignidad de la persona abierta a la trascendencia. Por eso, cuidamos de integrar en la organización un estilo propio de vivir y “hacer nuestros” los problemas de los más pobres.

En nuestra metodología y actividades asumimos que “no deben limitarse a una mera recogida o distribución de fondos, sino que deben prestar siempre especial atención a la persona que se encuentra en situación de necesidad y llevar a cabo asimismo una preciosa función pedagógica en la comunidad cristiana, favoreciendo la educación a la solidaridad, al respeto y al amor según la lógica del Evangelio de Cristo” (Benedicto XVI, Motu proprio sobre la Caridad, 31). Porque, como dice Benedicto XVI, “la actuación práctica resulta insuficiente si en ella no se puede percibir el amor por el hombre, un amor que se alimenta en el encuentro con Cristo” (ibíd., 34).

En un mundo cada día más globalizado en todas sus posibilidades y oportunidades, tenemos ante nosotros un gran desafío a nuestra autenticidad y coherencia, advertido por Benedicto XVI en Caritas in veritate, 9: “El riesgo de nuestro tiempo es que la interdependencia de hecho entre los hombres y los pueblos no se corresponda con la interacción ética de la conciencia y el intelecto, de la que pueda resultar un desarrollo realmente humano. Sólo con la caridad, iluminada por la luz de la razón y de la fe, es posible conseguir objetivos de desarrollo con un carácter más humano y humanizador. El compartir los bienes y recursos, de lo que proviene el auténtico desarrollo, no se asegura sólo con el progreso técnico y con meras relaciones de conveniencia, sino con la fuerza del amor que vence al mal con el bien (cf. Rm 12,21) y abre la conciencia del ser humano a relaciones recíprocas de libertad y de responsabilidad.”

Este enfoque mantiene conexión con una de las prioridades de trabajo de Manos Unidas: la necesidad de crear las condiciones para “un mayor acceso a la educación que, por otro lado, es una condición esencial para la eficacia de la cooperación internacional misma” (Caritas in veritate, 61). No podemos olvidar que “Con el término «educación» no nos referimos sólo a la instrucción o a la formación para el trabajo, que son dos causas importantes para el desarrollo, sino a la formación completa de la persona” (id.).

Para una organización como Manos Unidas, que fundamenta su trabajo en una antropología iluminada por la fe cristiana, es fundamental “subrayar un aspecto problemático: para educar es preciso saber quién es la persona humana, conocer su naturaleza. Al afianzarse una visión relativista de dicha naturaleza se plantean serios problemas a la educación, sobre todo a la educación moral, comprometiendo su difusión universal. Cediendo a este relativismo, todos se empobrecen más, con consecuencias negativas también para la eficacia de la ayuda a las poblaciones más necesitadas, a las que no faltan sólo recursos económicos o técnicos, sino también modos y medios pedagógicos que ayuden a las personas a lograr su plena realización humana” (id.).

Con este trasfondo y desde la humildad, pero también desde la seguridad de actuar en sintonía y  comunión con la enseñanza social de la Iglesia, podemos decir que el núm. 47 de Caritas in veritate parece escrito desde la historia de Manos Unidas. Dice así: “En las iniciativas para el desarrollo debe quedar a salvo el principio de la centralidad de la persona humana, que es quien debe asumir en primer lugar el deber del desarrollo. Lo que interesa principalmente es la mejora de las condiciones de vida de las personas concretas… La preocupación nunca puede ser una actitud abstracta… y las personas que se beneficien deben implicarse directamente en su planificación y convertirse en protagonistas de su realización… «Constructores de su propio desarrollo, los pueblos son los primeros responsables de él. Pero no lo realizarán en el aislamiento» (Populorum progressio, 77)… Las soluciones se han de ajustar a la vida de los pueblos y de las personas concretas,… y, sobre todo, es necesaria la movilización efectiva de todos los sujetos de la sociedad civil, tanto de las personas jurídicas como de las personas físicas”.

Desde Manos Unidas, con el acompañamiento y la ayuda a proyectos de desarrollo, edificamos el mundo como una ciudad digna para todos; y cuando hacemos incidencia política es para decir a los poderes públicos que, haciendo lo que hacemos, ni les sustituimos ni les dispensamos de cumplir sus deberes públicos nacionales e internacionales

En este sentido, es casi obligatorio recordar la denuncia lanzada por el Papa Benedicto. Después de afirmar que “la cooperación internacional necesita personas que participen en el proceso del desarrollo económico y humano, mediante la solidaridad de la presencia, el acompañamiento, la formación y el respeto”, invita a los organismos y organizaciones a examinar sus prácticas de cooperación: “los propios organismos internacionales deberían preguntarse sobre la eficacia real de sus aparatos burocráticos y administrativos, frecuentemente demasiado costosos. A veces, el destinatario de las ayudas resulta útil para quien lo ayuda y, así, los pobres sirven para mantener costosos organismos burocráticos, que destinan a la propia conservación un porcentaje demasiado elevado de esos recursos que deberían ser destinados al desarrollo. A este respecto, cabría desear que los organismos internacionales y las organizaciones no gubernamentales se esforzaran por una transparencia total, informando a los donantes y a la opinión pública sobre la proporción de los fondos recibidos que se destina a programas de cooperación, sobre el verdadero contenido de dichos programas y, en fin, sobre la distribución de los gastos de la institución misma” (Caritas in veritate, 47). Estos principios son el ADN de Manos Unidas.

Además, recuerda algunos compromisos de la cooperación, asumidos por los estados, que vienen siendo motivo de campañas de las organizaciones de desarrollo. Manos Unidas hace suyas estas reivindicaciones, a saber: “Los estados económicamente más desarrollados harán lo posible por destinar mayores porcentajes de su producto interior bruto para ayudas al desarrollo, respetando los compromisos que se han tomado sobre este punto en el ámbito de la comunidad internacional.

También creemos que debería mejorarse una medida que, en parte, ya es efectiva a través de la declaración del IRPF, “la llamada subsidiaridad fiscal, que permitiría a los ciudadanos decidir sobre el destino de los porcentajes de los impuestos que pagan al Estado. Esto puede ayudar, evitando degeneraciones particularistas, a fomentar formas de solidaridad social desde la base, con obvios beneficios también desde el punto de vista de la solidaridad para el desarrollo” (Caritas in veritate, 60).

Concluyo: la búsqueda de la verdad sobre el amor a la luz de la fe explica cabalmente la verdadera cooperación internacional

A lo largo de nuestra historia de casi 55 años como “Campaña contra el hambre” en la cooperación internacional, descubrimos etapas y momentos convulsos en los que reconocemos que “cuando falta la luz, todo se vuelve confuso, es imposible distinguir el bien del mal, la senda que lleva a la meta de aquella otra que nos hace dar vueltas y vueltas, sin una dirección fija” (Lumen fidei 3). En efecto, como dice Benedicto XVI, “Sin Dios el hombre no sabe adonde ir ni tampoco logra entender quién es. Ante los grandes problemas del desarrollo de los pueblos, que nos impulsan casi al desasosiego y al abatimiento, viene en nuestro auxilio la palabra de Jesucristo, que nos hace saber: «Sin mí no podéis hacer nada» (Jn 15,5)” (Caritas in veritate, 78).

Por eso, a los que trabajamos en cooperación internacional, nos recuerda: “El desarrollo necesita cristianos con los brazos levantados hacia Dios en oración, cristianos conscientes de que el amor lleno de verdad, caritas in veritate, del que procede el auténtico desarrollo, no es el resultado de nuestro esfuerzo sino un don. Por ello, también en los momentos más difíciles y complejos, además de actuar con sensatez, hemos de volvernos ante todo a su amor. … El anhelo del cristiano es que toda la familia humana pueda invocar a Dios como «Padre nuestro»” (Caritas in veritate, 79).

Al concluir el “Año de la Fe”, confieso que nos hace falta “recuperar el carácter luminoso propio de la fe, pues cuando su llama se apaga, todas las otras luces acaban languideciendo. Y es que la característica propia de la luz de la fe es la capacidad de iluminar toda la existencia del hombre” (Lumen fidei 4). Y expreso el deseo de que, a través de nosotros y de nuestra organización, la luz de la fe “crezca e ilumine el presente, y llegue a convertirse en estrella que muestre el horizonte de nuestro camino en un tiempo en el que el hombre tiene especialmente necesidad de luz” (Lumen fidei 4).