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Apertura del XX Curso de DSI

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Miércoles, 12 de Septiembre de 2012


XX Curso de Doctrina Social de la Iglesia
Fundación Pablo VI, 10-12 de septiembre de 2012 


Fichero de Audio [mp3 - 3,78 Mb]

Mons. Santiago García Aracil
Presidente de la Comisión Episcopal de Pastoral Social
Arzobispo de Mérida-Badajoz

PALABRAS EN LA APERTURA DEL CURSO

1. Introducción

El breve curso que ahora comenzamos tiene como objetivo fundamental compartir la reflexión acerca de problemas actuales cuyo planteamiento nos remite a la Doctrina Social de la Iglesia.

Al hablar de la Iglesia nos referimos, inseparablemente, a Jesucristo. La Iglesia no se entiende sino como el Cuerpo Místico de Jesucristo, que ha recibido de su Fundador y Cabeza la misión de extender el Reino de Dios para salvación de los hombres. Por la misma razón de la esencial unión entre Jesucristo y la Iglesia, no podemos hablar de Jesucristo sino desde la Iglesia. En ella obra el Espíritu Santo capacitándonos para vivir la relación con Cristo hasta llegar a intimar con Él. Y, como consecuencia, es en la Iglesia, comunidad de los elegidos del Señor, donde aprendemos a vivir la comunión cristiana y a renovarnos hasta llegar a ser criaturas nuevas como nos dice S. Pablo: “Renovaos en la mente y en el Espíritu y revestíos de la nueva condición humana creada a imagen de Dios: justicia y santidad verdaderas” (Ef 4, 24).

Por eso, cuando queremos hablar de la enseñanza de Jesucristo para que el hombre pueda entenderse a sí mismo, para que también pueda entender y utilizar debidamente la riqueza de la creación, y para que alcance a ordenar, en la verdad y la justicia, las relaciones entre las personas y las relaciones de éstas con el mundo, tenemos que recurrir muy frecuentemente a la Doctrina Social de la Iglesia. Esta fue la más novedosa aportación del Concilio Vaticano II tal como nos la presenta la Constitución Pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual.

El Papa Pablo VI afirmaba que “Entre evangelización y promoción humana (desarrollo, liberación) existen efectivamente lazos muy fuertes. Vínculos de orden antropológico, porque el hombre que hay que evangelizar no es un ser abstracto, sino un ser sujeto a los problemas sociales y económicos” (EN 31) Por tanto “«la Evangelización no sería completa si no tuviera en cuenta la interpelación recíproca que en el curso de los tiempos se establece entre el Evangelio y la vida concreta, personal y social del hombre» (EN 29) […] El testimonio de la caridad de Cristo mediante obras de justicia, paz y desarrollo forma parte de la evangelización, porque a Jesucristo, que nos ama, le interesa todo el hombre. Sobre estas importantes enseñanzas se funda el aspecto misionero de la Doctrina Social de la Iglesia, como un elemento esencial de evangelización. Es anuncio y testimonio de la fe. Es instrumento y fuente imprescindible para educarse en ella” (CV 15).

Por tanto cuando hablamos de nuevos escenarios donde ha de hacerse presente la Evangelización, no podemos predicar correctamente a Cristo, como luz y camino para el desarrollo integral hacia la plenitud –que en cristiano recibe el nombre de santidad- si no tenemos en cuenta las orientaciones de la Doctrina Social de la Iglesia.

2. La visión conciliar del mundo actual

La visión conciliar del mundo actual y de las diversas realidades que lo integran nos muestra la importancia de la relación entre las personas, entre las instituciones, entre los proyectos y acciones de unas y otras; y nos permite entender la decisiva influencia que ello tiene sobre los avatares del mundo cada vez más globalizado y sobre la auténtica y completa promoción de la persona y de la compleja realidad social. De ello se deduce la repercusión que toda acción humana y social de cierta envergadura tiene en el crecimiento humano, en el desarrollo de los pueblos, y en los errores, desviaciones y conflictos que se derivan de una equivocada concepción del hombre, de las relaciones humanas, de las implicaciones universales en el desarrollo integral de nuestro mundo. En el fondo de todo esto está el interrogante, muy propio de la Doctrina Social de la Iglesia, acerca del equilibrio necesario entre la atención a lo material y a lo espiritual en todo proceso de desarrollo. Todo esto condiciona, a la vez, la forma de entender los llamados Derechos Humanos, el concepto de libertad, de progreso, e incluso lo que debe entenderse como la verdad rectora de las ideas, de las actitudes, de los comportamientos, de las ideologías, de las leyes y del mismo ejercicio de la justicia en sus diversos ámbitos y niveles.

Junto a lo que venimos diciendo, no podemos olvidar que el decurso de la vida de las personas y de la sociedad se condicionan mutuamente por el flujo de influencias mutuas no siempre elegidas por nosotros y, a veces, imprevisibles. Lo que podría parecer un círculo vicioso no es más que la consecuencia de las inevitables corrientes culturales que se van tejiendo en la compleja imbricación de aquello que está motivando lo actual, y la repercusión de lo actual, con sus implicaciones y derivaciones, en la evolución del pensamiento y de la forma de entender y de orientar la realidad propia y ajena.

3. El amplio espectro de la Doctrina Social de la Iglesia

No debe extrañar, pues, que la Doctrina Social de la Iglesia se refiera al vasto campo de cuanto converge en la existencia humana. Por ese motivo, no puede reducir su mensaje al ámbito de lo específicamente cristiano en su definición, sino que, como dice el Papa Juan XXIII, “la santa Iglesia, aunque tiene como misión principal santificar las almas y hacerlas partícipes de los bienes sobrenaturales, se preocupa, sin embargo, de las necesidades que la vida diaria plantea a los hombres, no sólo de las que afectan a su decoroso sustento, sino de las relativas a su interés y prosperidad, sin exceptuar bien alguno y a lo largo de las diferentes épocas”. (MM, 3). En consecuencia la Iglesia ha de tener en cuenta el lenguaje que pueda ser entendido por cuantos estén abiertos a la verdad esencial del hombre y del mundo.

La convicción en que se fundamenta la Doctrina Social de la Iglesia es, como dijo el Beato Juan Pablo II, que “Jesús vino a traer la salvación integral, que abarca al hombre entero y a todos los hombres” (RM, 11). Y lo explica añadiendo: “El hombre en la plena verdad de su existencia, de su ser personal, y a la vez de su ser comunitario y social –en el ámbito de la propia familia, en el ámbito de la sociedad y de contextos tan diversos, en el ámbito de la propia nación, o pueblo, (y posiblemente del clan o de la tribu, en el ámbito de toda la humanidad)- este hombre es el primer camino que la Iglesia debe recorrer en el cumplimiento de su misión, él es el camino primero y fundamental de la Iglesia, camino trazado por Cristo mismo, vía que inmutablemente conduce a través del misterio de la Encarnación” (RH, 41).

4. El punto de partida de la Doctrina Social de la Iglesia

El punto de partida de la Doctrina Social de la Iglesia es, por una parte, la sagrada Revelación; y, por otra, la profunda conciencia de que la verdad es universal y objetiva, y no permite amaños ni puede brillar bajo interpretaciones interesadas.

Desde este punto de vista, la Encarnación de Jesucristo motiva y preside la constante referencia al hombre de todo lo que existe. Es Jesucristo quien “revela plenamente el hombre al mismo hombre” (RH, 26). “En Cristo y por Cristo, el hombre ha conseguido plena conciencia de su dignidad, de su elevación, del valor trascendental de la propia humanidad, del sentido de su existencia” (RH, 31). Por tanto, “la Iglesia, en consideración de Cristo y en razón del misterio que constituye la vida de la Iglesia misma, no puede permanecer insensible a todo lo que sirve al verdadero bien del hombre, como tampoco puede permanecer indiferente a lo que la amenaza” (RH, 13). Esa es la razón principal de las palabras, tan conocidas y citadas constantemente, con que comienza la Constitución Pastoral sobre la Iglesia en el Mundo. Palabras que no me resisto a repetir, aunque sé que están en la mente de todos ustedes: “Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón.” (GS, 1)

El hombre es una realidad psicosomática cuyos elementos constitutivos no admiten separación en su existencia terrena de por vida. En consecuencia, los gozos, las tristezas, las angustias y las esperanzas de los hombres tienen su causa y su eco en todos los aspectos y ámbitos de la vida humana material y espiritual. Por eso, la Doctrina Social de la Iglesia debe reflexionar y pronunciarse sobre la acción del hombre en el mundo a partir de las diversas dimensiones de la existencia humana, y sobre los campos de su presencia y acción el mundo. Y, como los cambios culturales y la evolución de las circunstancias que condicionan positiva o negativamente la vida humana, presentan nuevos escenarios y nueva problemática, la doctrina Social de la Iglesia deberá prestarles pronta atención, iluminando con la luz de Cristo la realidad completa del hombre y de la sociedad.

5. La paradoja del acontecer humano personal y social

Al observar y experimentar la evolución y la problemática actual del mundo en su globalidad, y sus manifestaciones peculiares en determinados países, nos encontramos con una paradoja. Junto a los mayores avances en la ciencia y en la técnica, cuyos servicios constituyen una verdadera muestra de progreso capaz de ofrecer nuevos recursos al servicio del hombre, se constatan graves penurias de recursos básicos para la subsistencia de millones de personas; descubrimos constantemente formas de actuar por las que muchos intentan y logran desviar para su exclusivo provecho la riqueza que pertenece a todos. Con ello, no solamente se falta a la justicia sino al respeto que merece la identidad y finalidad de los bienes ilegítimamente apropiados.

Es una experiencia común, derivada de esas conductas contrarias a la verdad y al bien, la creciente diferencia entre los ricos y los pobres. En la base de todo ello se descubre un desorden ético y moral que es la causa última de todas las injusticias y desequilibrios, tanto en la dimensión espiritual de la persona como en el acceso al desarrollo material, que deberían ir al unísono. De este mal ya nos advertía el Beato Juan Pablo II en su primera Encíclica diciendo: “La situación del hombre en el mundo contemporáneo parece distante tanto de las exigencias objetivas del orden moral, como de las exigencias de la justicia o aún más del amor social” (RH, 51). La causa es muy sencilla. Durante mucho tiempo se ha procurado más el desarrollo de cuanto puede ofrecer a los hombres mayor bienestar material, que el desarrollo espiritual de las personas que han de disfrutarlo y compartirlo por ley de justicia y de caridad. De este modo crecen las diferencias injustas e intolerables en las posibilidades de desarrollo integral de las personas, en el disfrute del bienestar material, e incluso en la disponibilidad de los recursos más elementales para la salud y la subsistencia.

6. Conclusión

Por todo ello, es necesario que Iglesia ofrezca las enseñanzas de su Doctrina Social, en relación con los nuevos escenarios que integran el conjunto de la vida individual, familiar, profesional, cultural, económica, política, etc. Éstos constituyen inolvidables ágoras en las que los cristianos tenemos la obligación moral de ofrecer la luz de la verdad, del amor, de la justicia, de la paz y de la esperanza que nos ha regalado Jesucristo.

La educación, la fe, la acción evangelizadora, la inteligencia de las realidades sociales, la capacidad y necesidad del diálogo en el seno de una respetuosa pluralidad, y tantos otros campos más, en los que se detectan lamentables vacíos, nos lanzan a la búsqueda de los nuevos escenarios de la evangelización de lo social.

Dios quiera que los trabajos que vamos a realizar contribuyan a la clarificación intelectual, a la toma de conciencia y de compromisos en orden a la práctica y difusión de la Doctrina Social de la Iglesia, como aportación necesaria a la Nueva Evangelización; tema éste que ocupará la atención de los Obispos reunidos en el Sínodo Ordinario, dentro del marco del Año de la Fe.

Muchas gracias.

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