Skip to Menu Skip to Content Skip to Footer

El trabajo, vocación divina...

Atención, abrir en una nueva ventana. PDFImprimirE-mail

Martes, 11 de Septiembre de 2012


XX Curso de Doctrina Social de la Iglesia
Fundación Pablo VI, 10-12 de septiembre de 2012 


Fichero de audio [mp3 - 15,33 Mb]

Rvdo. Felipe García Mateos
Diócesis de Plasencia
Profesor de Doctrina Social de la Iglesia 

COMUNICACIÓN: "EL TRABAJO, VOCACIÓN DIVINA Y DIGNIDAD DE LA PERSONA.
A LOS XX AÑOS DE LA PUBLICACIÓN DE LABOREM EXCERCENS"

El escenario económico

Introducción

Ante los nuevos escenarios de la secularización, del fenómeno migratorio, de los medios de comunicación de masas, de la economía, de la investigación  científica y tecnológica y de la política, la actitud de la Iglesia no puede ser de temor y de miedo o la de emitir un juicio a la defensiva. Tampoco vale encerrarse más en nuestras instituciones. “La nueva evangelización exige que nos confrontemos con estos escenarios, no permaneciendo cerrados en los recintos de nuestras comunidades y de nuestras instituciones, sino aceptando el desafío de entrar dentro de estos fenómenos, para tomar la palabra y ofrecer nuestros testimonios desde dentro”. 

El escenario económico, con la actual crisis y su repercusión en el mercado laboral –consecuencia de las últimas reformas laborales-, por una parte, interroga a la Iglesia sobre la importancia de la solidaridad de la mundialización, para escuchar la voz de los pobres y, sobre la necesidad de estilos de vida sostenibles a nivel planetario y, por otra, es una ocasión más para seguir manifestando su doctrina social sobre el “Evangelio del trabajo”, la “Buena Nueva” del trabajo, un mensaje liberador para los hombres y mujeres del trabajo, sobre la Dignidad de la persona humana, el Bien común y el Destino universal de los bienes.

La encíclica Laborem exercens, del Papa Juan Pablo II, publicada con ocasión del XC aniversario de la Rerum Novarum -15 de Mayo 1891-, aunque por razón del atentado sufrido por el Papa, dos días antes, el 13 de Mayo, no pudo ser dada a conocer hasta cuatro meses después, el 14 de Septiembre de 1981, constituye la “Carta Magna del Trabajo”, concebido éste como clave esencial de toda la cuestión social.

Está centrada monográficamente, como lo indica su título, en el trabajo. Es un verdadero tratado, denso y profundo, de antropología cristiana, mejor dicho, cristocéntrica, del trabajo, entendido como “toda actividad humana en el mundo”, desde la actividad manual a las actividades intelectuales, en sus múltiples facetas, y a las actividades de organización y de dirección sin excluir las funciones insustituibles de la madre en la familia.

La encíclica parte del hombre, como sujeto activo y responsable del trabajo. El principio de la subjetividad del trabajo –el hombre sujeto- es el hilo conductor de todo el desarrollo de la encíclica.

Este hombre, sujeto del trabajo, no es considerado en abstracto, como ser genérico o ente colectivo, ni como un ser autónomo, autosuficiente, individualista e insolidario, sino como persona, en su única e irrepetible individualidad, como ser histórico, social y solidario, creado por Dios, herido por el pecado y redimido por Jesucristo. A este hombre se dirigen las preocupaciones, los afanes y el amor de la Iglesia, como “el camino primero y fundamental”.

La encíclica, desde esa perspectiva antropológica, con visión histórica global y realista, adopta una postura de radicalidad lúcidamente crítica frente a las ideologías sociales dominantes en aquellos años: el liberalismo capitalista y el socialismo marxista. La personalidad de Juan Pablo II le hace diferente de sus predecesores por su nacionalidad y su experiencia. Conoce por experiencia el colectivismo y el capitalismo. 

En el fondo, la encíclica no trata de defender ni de condenar sistemas e ideologías, sino de afirmar la plena verdad del hombre, en su existencia personal y, a la vez, comunitaria y social, desde el núcleo primigenio de la familia, pasando por las sociedades intermedias y la propia nación, hasta comunidad mundial.

Es un documento de síntesis, que integra las experiencias sociales y económicas del Occidente desde cuya óptica habían sido escritas las encíclicas sociales anteriores, con las experiencias de los países del Este –y, también de los del Tercer Mundo- y que se refleja en posiciones más realistas y matizadas ante ciertas formas de propiedad colectiva de los bienes de producción, pero sin dejar de tener en cuenta los avances sociales introducidos en las empresas capitalistas de los Estados más evolucionados –tales como las formulas de “copropiedad”, participación en la gestión y en los beneficios, “accionariado de trabajo...-.

La encíclica, con sentido realista, pone de relieve los condicionamientos para la estipulación del contrato de trabajo que derivan de instancias externas y superiores a la empresa  -el Estado, los sindicatos y las organizaciones empresariales, las empresas multinacionales y transnacionales, las relaciones comerciales..- a quienes llama, con expresión original “empresario directo”. 

Aborda, no podía ser de otra manera, los problemas de la actualidad laboral, siguiendo la línea argumental trazada del trabajador como sujeto activo del trabajo: desempleo, salario justo y prestaciones de la seguridad social, función de los sindicatos, trabajo agrícola, los minusválidos y el trabajo, los trabajadores emigrantes, trabajo y familia, trabajo y sociedad. Y termina con un capítulo sobre la espiritualidad del trabajo.

Es una encíclica escrita con visión histórica de largo alcance -sin dejar de tener delante las realidades actuales-.

En resumen: Laborem exercens es el “Evangelio del Trabajo”, la “Buena Nueva” del trabajo, un mensaje liberador para los hombres y mujeres del trabajo, para toda la humanidad trabajador

El mensaje de LE no solamente es actual sino que, por una parte, sigue cuestionando el modelo económico presente y a las actuales condiciones laborales -consecuencias de la últimas reformas laborales- y a los derechos del mundo laboral y, por otra, marca el camino para establecer la justicia en el campo laboral, que no es otro que la dignidad de la persona humana y la dimensión subjetiva del trabajo.  

1.- ¿Cómo concible el trabajo la Encíclica?

Estamos tan acostumbrados a considerar el trabajo humano desde la concepción que de él ha extendido el capitalismo, es decir, como una variable económica más en su forma de empleo asalariado, que nos cuesta mucho entender su verdadero sentido y valor para el ser humano y para la vida social.

Es verdad que el trabajo humano tiene un importante valor económico, pero es mucho más que eso: el trabajo es un bien de la persona. Como tal, el trabajo constituye una cuestión política básica y fundamental, si miramos la política desde el punto de vista de la actividad del ser humano como ser social dirigida a organizar la vida en sociedad buscando el cuidado de la vida.

LE pone de relieve que el  “trabajo humano es la clave esencial de toda la cuestión social” si la miramos desde el punto de vista de la persona, porque  el trabajo es una dimensión esencial de la existencia humana”.

Ciertamente, el trabajo, en cuanto problema del hombre, ocupa el centro mismo de la “cuestión social”. La situación general del hombre en el mundo actual, exige que se descubran los “nuevos significados” del trabajo humano y que se formulen los “nuevos cometidos” (2). Por eso hay que dar al trabajo del hombre concreto aquel significado que el trabajo tiene a los ojos de Dios y, mediante el cual entra en la obra de la salvación.

2º.- El trabajo humano es una vocación divina para la plena humanización

Vocación es la palabra preciosa que nos ayuda a descubrir quién es Dios y a qué nos llama y que introduce a la comprensión de los dinamismos de la revelación de Dios y descubre al ser humano la verdad sobre su existencia. El ser humano se fundamenta en el diálogo de amor de Dios y con Dios, que es comunión, relación, amor. Este diálogo es el proyecto de humanización plena, que se desarrolla durante toda la vida de cada persona y de todas las personas, en su existencia diaria, mientras se está en camino hacia la plenitud de la vida, hasta que “todos seamos todo en Cristo”.

La dimensión vocacional del ser humano afecta de manera sobresaliente a su “trabajo y a las condiciones en las que se realiza”, porque “la vocación es una llamada que requiere una respuesta libre y responsable” (CV 17). Toda vocación, todo don, es don y tarea, gracia y trabajo.

Es importante recordar desde el principio que, para la Iglesia, el mundo –naturaleza e historia- es el ámbito de la revelación de Dios, “quítate las sandalias porque la tierra que pisas es santa”. Por eso tratar de comprender mejor el mundo es una exigencia del querer conocer y amar a Dios con toda su intensidad, de la forma que es posible: conociendo y amando a los hermanos, sabiendo que “conocer a Dios es practicar la justicia” (Jr 22,16) y que “nadie puede decir que ama a Dios a quien no ve, si no ama al hermano al que ve” (1ª Jn 4,20).

El ser humano, creado por Dios como ser de necesidades y necesidades infinitas –materiales, culturales y espirituales-, tiene por encima de todo un anhelo de infinito, de plena realización: “viniendo de Dios y yendo hacia Dios, él no vive una vida plenamente humana si no vive libremente su vínculo con Dios” (CIC 44).

“La vida de todo hombre es una vocación” (PP 15) y, consiguientemente, tiene una dimensión de don que le remite antes, más allá y después de ella, no para relativizarla, sino para reconocerla en su inmenso valor. Por eso cuando se quiebra el orden de la vocación, se acaba rompiendo el sueño de Dios sobre el ser humano: se convierte el trabajo en mercancía  y la persona en objeto, vacía de sí, no sabe a dónde ir y pierde el horizonte de su vocación a la plena realización.

El trabajo realizado como vocación tiene algo de divino. Ello se produce cuando hace feliz a la persona, desarrolla su mejor yo que influye en mejorar la naturaleza y la vida de los demás. Por el contrario, cuando el trabajo no tiene condiciones de dignidad, trabajar puede resultar un auténtico infierno, porque se rompe lo más sagrado: la dignidad de la persona humana. De ahí la importancia de las condiciones, tanto objetivas como subjetivas del trabajo, para que se adapten al Plan de Dios.

No es cuestión ideológica o política, sino de tomar conciencia de quién es el hombre, la persona humana... a la que nunca se la pueda tratar como objeto.

Pero la vocación va de la mano de la lógica del don. Somos esencialmente dados por Otro. Por eso es consustancial a la naturaleza humana la apertura radical al otro, la relacionalidad. Nada nos realiza más que la dinámica del don: somos lo que aportamos, damos, regalamos. El ser humano está hecho para el don, no es el único autor de sí mismo, de su vida y de la sociedad.

La experiencia del don es una consecuencia de la relación amorosa con Dios. Dios no responde a la lógica del intercambio –te doy para que me des- sino a la de la gracia, a la gratuidad.

En el origen del don está el amor de Dios que nos constituye. Esta lógica del don es la que nos abre a la comunión de los demás, en la que se fundamenta la fraternidad. Acoger ese don y construir esa fraternidad es nuestra tarea y al realizarla hacemos posible nuestro proyecto de humanización y de felicidad.

Por eso, el trabajo y el proceso productivo se tienen que adaptar a esta vocación, a este don, a esta naturaleza humana y no al revés, como se está haciendo actualmente. Y, aquí está el problema, como está organizado el proceso productivo y el trabajo dificultan esta dinámica y vocación del don del trabajo y, así termina siendo  lugar de esclavitud y opresión, de dolor y sufrimiento, de inseguridad y de muerte...

3º.- El primer fundamento del valor del trabajo es el hombre mismo (5-10)

La Encíclica habla de la doble dimensión del trabajo humano: objetiva y subjetiva.

A.- Por su dimensión objetiva el trabajo humano es valioso, muy valioso.

 “El trabajo en sentido objetivo es el conjunto de actividades, recursos, instrumentos y técnicas de las que el hombre  se sirve para producir, para dominar la tierra, según las palabras del libro del Génesis” (LE 4).

El trabajo en sentido objetivo constituye el aspecto contingente de la actividad humana que varía incesantemente en sus modalidades con la mutación de las condiciones técnicas, culturales, sociales y políticas”  (LE 5).

En su sentido objetivo el trabajo se refiere fundamentalmente a dos cosas:

  • Los instrumentos que el ser humano utiliza para trabajar  -desde la técnica hasta la forma de organizar el trabajo- 
  • y lo que produce el trabajo  -los frutos del trabajo, lo que construye en la vida social el trabajo humano-.

Tanto en lo que se refiere a los instrumentos-organización del trabajo- como a los frutos del trabajo, son básicas y fundamentales dos cosas:

  • humanizarán en la medida en que se planteen desde su servicio a la vida y a la comunión social,
  • y, sobre todo,  contribuirán a la realización de la vocación del ser humano en la medida en que se organice desde la primacía de la dimensión subjetiva del trabajo, es decir, desde el reconocimiento teórico y práctico de que quien trabaja debe ser siempre fin y sujeto del trabajo, pues es una persona y todo lo demás –instrumentos, frutos...-, no son sino cosas.

Mirado desde su dimensión objetiva, todo trabajo humano no tiene el mismo valor. Hablo de valor no de precio o rentabilidad. Por ejemplo, las armas o los coches de lujo tienen un precio de mercado mucho más alto que el pan, pero el trabajo que produce pan es mucho más valioso que el que produce las armas o los coches de lujo. O, también, el precio que se paga –salario- por el trabajo de un administrativo en la administración pública es mucho más alto que el que se paga en la misma administración por el trabajo de un barrendero, pero el trabajo del administrativo no tiene más valor que el de barrendero, ambos son iguales de valiosos si responden a las necesidades reales del servicio que debe prestar esa administración a los ciudadanos.

En este sentido hay que subrayar otro aspecto importante que suele pasar desapercibido, de tan normal que nos parece: el trabajo de organizar, dirigir, mandar..., siempre es considerado más, tanto social como económicamente, que el trabajo de ejecutar. Sin embargo, no es tan normal como nos suele parecer: uno y otro trabajo tienen, en realidad, la misma dignidad y valor, pues ésta depende, primero que nada, de la dignidad de la persona y ésta es siempre igual.        

Por eso es más valioso el trabajo que responde más y mejor a las necesidades sociales básicas que el que no lo hace. Y, también, es más valioso un trabajo bien hecho que un trabajo mal hecho, porque el primero sirve mejor a las personas y a las necesidades sociales que el segundo.

Pero en cualquier caso, el verdadero fundamento del valor del trabajo humano no lo da sólo ni fundamentalmente su dimensión objetiva sino su dimensión subjetiva.

B.- El trabajo en sentido subjetivo.

El sentido subjetivo del trabajo humano los constituye el hecho de que quien trabaja es una persona. Como persona el trabajador es sujeto del trabajo. Este es el primer fundamento del valor del trabajo: la dignidad de la persona que es sujeto del trabajo.

Para la Doctrina Social de la Iglesia esta es la cuestión decisiva: la dimensión objetiva del trabajo hay que contemplarla desde la dimensión subjetiva. Es el hecho de que el trabajo es algo propio de la persona lo que le da su gran valor al trabajo: es un bien.

“No hay duda de que el trabajo humano tiene un valor ético, el cual está vinculado completa y directamente al hecho de que quien lo lleva a cabo es una persona... Esta verdad... constituye en cierto sentido el meollo fundamental y perenne de la doctrina cristiana sobre el trabajo” (LE 6).

El reconocimiento práctico de la importancia de la subjetividad del trabajo humano tiene las siguientes consecuencias importantes:

1º.- La dignidad de la persona humana reclama un trabajo digno, porque el trabajo es una vocación de Dios. A pesar de la fatiga, es un bien del hombre y no sólo útil sino “digno”. El hombre se realiza como hombre y se hace más hombre en el trabajo

“El trabajo es un bien del hombre. Y es no solo un bien útil o para disfrutar, sino un bien digno, es decir, que corresponde a la dignidad del hombre, un bien que expresa esta dignidad y la aumenta” (LE 9).

2º.- El trabajo debe estar en función de la persona y no la persona en función del trabajo. Este es el principio básico de la organización del trabajo. Ninguna razón puede justificar que la persona deba adaptarse –en sus circunstancias personales, familiares, sociales- a las exigencias de la producción vistas exclusivamente desde su mayor rentabilidad económica. Al contrario es la producción la que debe realizarse atendiendo y respetando las necesidades personales, familiares, sociales, culturales, religiosas de las personas. Cuando no es así... se daña la persona, la familia...Se trata de avanzar en la dirección de trabajar para ser y vivir y no de ser y vivir para trabajar.

“El primer fundamento del valor del trabajo es el hombre mismo, su sujeto. A esto va unida inmediatamente una consecuencia muy importante de naturaleza ética: es cierto que el hombre está destinado y llamado al trabajo, pero ante todo, el trabajo está “en función del hombre” y no el hombre “en función del trabajo”. Con esta conclusión se llega justamente a reconocer la preeminencia del significado subjetivo del trabajo sobre el significado objetivo” (LE 6).

3º.- El trabajo es un bien de la persona, un bien de su humanidad. El trabajo, antes que una actividad económica o un mero factor del proceso productivo, es un quehacer humano dignificante y valioso en sí mismo. Constituye una realidad preciosa a evangelizar.

“Aquel que, siendo Dios, se hizo semejante a nosotros en todo, dedicó la mayor parte de los años de su vida terrena al trabajo manual junto al banco del carpintero. Esta circunstancia constituye por sí sola el más elocuente “Evangelio del trabajo”, que manifiesta cómo el fundamento para determinar el valor del trabajo humano no es, en primer lugar, el tipo de trabajo que se realiza, sino el hecho de que quien lo ejecuta es una persona humana. Las fuentes de la dignidad del trabajo deben buscarse principalmente no en su dimensión objetiva, sino en su dimensión subjetiva” (LE 6).   

 Y cuando es cosificado y se pone al servicio de estructuras e intereses se vuelve en terrible productor de víctimas.

4º.- En el trabajo –y no al margen de él- la persona debe poder realizar su ser sujeto y protagonista, realizarse como persona. El trabajo es ante todo un medio de perfeccionamiento y realización humana. Y lo es porque supone la respuesta a una vocación que le viene de fuera de sí. De ahí que los trabajadores deben tener la posibilidad de desarrollar sus cualidades y su personalidad en el ámbito mismo del trabajo. Por eso la organización del trabajo debe promover en sí misma la realización personal de quien se ocupa de él.

“El trabajo es un bien del hombre –es un bien de su humanidad-, porque, mediante el trabajo, el hombre no solo transforma la naturaleza adaptándola a las propias necesidades, sino que se realiza a sí mismo como hombre, es más, en un cierto sentido se hace más hombre” (LE 9).

5º.- El trabajo no puede ser considerado y tratado como una cosa, porque no lo es. Es una propiedad del ser de la persona. El trabajo no es algo externo al ser humano. El trabajo nunca puede ser considerado y tratado como una mercancía o como un elemento impersonal de la organización productiva. El trabajo no es un instrumento de producción. Cuando el trabajo es tratado como mercancía o instrumento se daña profundamente la humanidad de las personas, porque lo que se está haciendo es tratar a la persona como instrumento o mercancía.

“A pesar de todo, el peligro de considerar el trabajo como una mercancía sui generis o como una anónima fuerza necesaria para la producción, existe siempre, especialmente cuando la concepción de la regulación de las cuestiones económicas procede señaladamente de las premisas del economismo materialista”  (LE 7).

Teniendo en cuenta este doble valor objetivo y subjetivo del trabajo humano y la primacía del valor subjetivo del trabajo sobre su valor objetivo, la Doctrina Social de la Iglesia y la Encíclica Laborem exercens, subrayan que, es fundamental la estrecha relación de la vocación al trabajo con otras vocaciones que tiene el ser humano. 

1ª.- Vocación a realizarse como personal. El trabajo es un valor personal. Tiene una dimensión personal en la que radica su valor fundamental. El trabajo procede de la persona, es siempre actividad de una persona y por eso siempre posee un gran valor y dignidad que debe ser reconocido y promovido en la organización del trabajo: lo que se hace con el trabajo ya sea en sentido positivo o negativo- se hace con la persona que trabaja.

Pero, además, el trabajo es camino de realización de la persona. Las personas necesitamos del trabajo para realizar nuestra humanidad, porque solo podemos responder a nuestras necesidades mediante el trabajo, mediante la actividad que realizamos para responder a esas necesidades. Por eso en la organización del trabajo es fundamental que se reconozca y promueva el protagonismo de sujeto de la persona que trabaja. Cuando esto no ocurre se está privando al ser humano de un instrumento fundamental de su humanización y realización personal.

También, el trabajo debe estar ordenado a la persona, tener siempre como finalidad el servicio a las personas y, por tanto, producir aquellos bienes y servicios que las perronas necesitamos para una vida digna.

2ª.- Vocación a construir una familia. El trabajo es un valor familiar. El trabajo es uno de los fundamentos sobre los que se forma la vida familiar, que hace posible la formación  y el mantenimiento de la familia. Siendo como es la familia una realidad básica en la vida de las personas, y la vida familiar, como todo lo que implica, un derecho fundamental de las personas, el trabajo adquiere en relación a la familia una enorme importancia y valor. Por eso, la Doctrina Social de a Iglesia insiste en que la familia y la vida familiar debe ser uno de los puntos de atención más importantes a la hora de determinar cómo debe ser el trabajo, de forma que éste posibilite, favorezca y no obstaculice la vida familiar. 

“El trabajo es el fundamento sobre el que se forma la vida familiar, la cual es un derecho natural y una vocación del hombre... Trabajo y laboriosidad condicionan, a su vez, todo el proceso de educación dentro de la familia, precisamente por la razón  de que cada uno “se hace hombre”, entre otras cosas, mediante el trabajo y ese hacerse hombre expresa precisamente el fin principal  de todo el proceso educativo...

En conjunto, se debe recordar y afirmar que la familia constituye uno de los puntos de referencia más importantes según los cuales debe formarse el orden socio-ético del trabajo humano” (LE 10).  

3ª.- Vocación a construir la sociedad. Vocación a construir el Reino de Dios y su justicia. El trabajo es un valor social. Tiene una dimensión social que está vinculada al hecho de que la persona no es un individuo aislado, sino un ser social vocacionado a la comunión con los demás. El valor personal del trabajo se realiza también como valor social. El carácter social del trabajo, cuando se busca desde la construcción de una comunidad de personas que trabaja para responder a sus necesidades y contribuir al progreso de la vida social, es humanizador de la persona, elemento básico de la realización personal en la comunión con los demás. El trabajo es un ámbito básico del servicio a los demás con lo que el trabajo produce.

Por eso, la finalidad fundamental del trabajo es responder a las necesidades de la vida humana en sociedad. El trabajo es instrumento fundamental para multiplicar el patrimonio de toda la familia humana, las bases sobre las que se construye la vida humana.

Pero, además, e trabajo es ámbito adecuado de intercambio de las distintas cualidades y capacidades de las personas, de encuentro entre personas, de relaciones humanas... Está llamado a ser tarea comunitaria y ámbito de comunión, y, en ese sentido, es ámbito fundamental de creación de relaciones sociales.

Vocación a construir el Reino de Dios y su justicia: vocación a asumir una responsabilidad común en la santificación y humanización del mundo, de las relaciones y estructuras sociales. Necesidad, por eso, de nuevos movimientos de solidaridad de los hombres del trabajo y con los hombres del trabajo (8). 

“Movimiento de solidaridad en el campo del trabajo... Son siempre necesarios nuevos movimientos de solidaridad de los hombres del trabajo, de solidaridad con los hombres del trabajo” (LE 8).

4ª.- Vocación a la verdad que comporta apertura a Dios y al carácter ético de la existencia. La verdad cristiana sobre el trabajo se ha contrapuesto a las corrientes “materialistas y economicistas”.

El trabajo no constituye un absoluto. Se trabaja para vivir, no se vive para trabajar. Hoy, se ha olvidado algo tan claro como que “el trabajo es para la vida”. Economicismo y materialismo degradan al ser humano como sujeto del trabajo. El trabajo se ha acabado convirtiendo en una mercancía y el ser humano en algo unidimensional. Limitado a mera “actividad productiva remunerada”, el hacer humano se ha reducido a su dimensión economicista.

“A pesar de todo, el peligro de considerar el trabajo como una mercancía sui generis o como una anónima fuerza necesaria para la producción, existe siempre, especialmente cuando la concepción de la regulación de las cuestiones económicas procede señaladamente de las premisas del economismo materialista”  (LE 7).

5ª.- Vocación a la santidad. Santificar el mundo es hacerlo conforme al sueño de Dios. Santificar el trabajo es hacer que resplandezca la santidad de las cosas mediante el hacer humano. El trabajo cuando es digno, decente y humano ayuda a perfeccionar y santificar al ser humano.

¡TRABAJAMOS PARA LA ETERNIDAD!

Master

Master de Doctrina Social de la Iglesia

Master de Doctrina
Social de la Iglesia

Residencias

Residencias Universitarias

León XIII (femenina)
Pío XI (masculina)

Fundación

Fundación Pablo VI

Creada por el
Card. Ángel Herrera Oria

Colegio Mayor

Colegio Mayor Pío XII

Colegio Mayor
Pío XII

UPSAM

UPSAM

Univ. Pontificia de Salamanca
Campus Madrid