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Doctrina Social de la Iglesia y liturgia

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Miércoles, 12 de Septiembre de 2012


XX Curso de Doctrina Social de la Iglesia
Fundación Pablo VI, 10-12 de septiembre de 2012 


SanchoAndreuJaime

Jaime Sancho Andreu
Presidente de la Comisión Diocesana de Liturgia.
Diócesis de Valencia

MESA REDONDA: "DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA Y LITURGIA"

1. La liturgia y el fundamento teológico de la DSI

Como leemos en las páginas finales del Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia (CDSI 577) “La fe en Dios y en Jesucristo ilumina los principios morales que son “el único e insustituible fundamento de estable tranquilidad en que se apoya el orden interno y externo de la vida privada y pública, que es el único que puede engendrar y salvaguardar la prosperidad de los Estados”. La vida social se debe ajustar al designio divino: “La dimensión teológica se hace necesaria para interpretar y resolver los actuales problemas de la convivencia humana”.

En el mismo sentido, el papa Benedicto XVI en su Carta apostólica  Porta fidei (PF 14) nos enseña que “es la fe la que nos permite reconocer a Cristo, y es su mismo amor el que impulsa a socorrerlo cada vez que se hace nuestro prójimo en el camino de la vida. Sostenidos por la fe, miramos con esperanza a nuestro compromiso en el mundo, aguardando «unos cielos nuevos y una tierra nueva en los que habite la justicia» (2 P 3, 13; cf. Ap 21, 1). Precisamente es en la liturgia donde Dios revela por medio de la Palabra y los signos salvíficos lo que el es en la historia de la salvación que se actualiza en el culto cristiano. En el orden sencillo y solemne del año litúrgico se nos revela el designio de amor de Dios  hacia la humanidad y su acción liberadora a favor de Israel, la cercanía gratuita de Dios y el principio de la creación y la acción gratuita de Dios. En este momento final de dicha historia tenemos a Jesucristo, en quien se cumple el designio de amor del Padre y se revela el misterio de amor trinitario que es el origen y la meta de la persona humana. En los sacramentos se ofrece y aplica este misterio de amor haciendo de gentes de todo origen unas nuevas criaturas en la Iglesia, con un destino que asume y trasciende las realidades sociales (CDSI 20-59). En toda experiencia religiosa auténtica y sobremanera en la liturgia cristiana, por tanto, se revelan como elementos importantes, tanto la dimensión del don y de la gratuidad, captada como algo que subyace a la experiencia que la persona humana hace de su existir junto con los demás en el mundo, como las repercusiones de esta dimensión sobre la conciencia del hombre, que se siente interpelado a administrar convivial y responsablemente el don recibido (Cf. CDSI 20).

La persona humana y su completo desarrollo individual y social es el centro de interés de la Doctrina Social de la Iglesia, y el “principio sacramental” de la liturgia se basa en una concepción del hombre que tiene en cuenta tesis fundamentales de dicha Doctrina como son la unidad de la persona humana, abierta a la trascendencia, única e irrepetible, dotada de libertad y dignidad, llamada a vivir en sociedad (Cf. CDSI 124-151). En efecto, contra todo dualismo y gnosticismo, la liturgia cristiana, desde el bautismo a las exequias, se sirve de signos sensibles y consagra al ser humano íntegro en cuerpo y alma, para la Iglesia como cuerpo de Cristo y la vida eterna. En cada paso de la iniciación cristiana y los demás sacramentos, el hombre es tratado como un ser libre, que responde a Dios a través del diálogo, las opciones y requerimientos que se le presentan, de modo que no está atado por la generación carnal ni por una coacción social.

2. La fuente de la energía de la DSI y la liturgia

La actividad social del cristiano tiene como específico el que se intenta cooperar con la voluntad de Dios expresada en su Palabra y en la persona y obra de Jesucristo y ello con la conciencia de que esto sólo es posible si se cuenta con la ayuda de la gracia, en primer lugar de las virtudes infusas de la fe, esperanza y caridad, recibidas en la iniciación cristiana y, en cada momento con el auxilio de las gracias actuales y las mociones del Espíritu Santo.

Pero no podemos quedarnos con una idea de la gracia como una ayuda exterior, porque se trata sobe todo del fruto de la incorporación a Cristo, de la vida en Cristo, con el cual todo lo podemos, y esa vida nace y se mantiene en la liturgia. Como repite Benedicto XVI citando al Vaticano II:

“Deseamos que este Año suscite en todo creyente la aspiración a confesar la fe con plenitud y renovada convicción, con confianza y esperanza. Será también una ocasión propicia para intensificar la celebración de la fe en la liturgia, y de modo particular en la Eucaristía, que es «la cumbre a la que tiende la acción de la Iglesia y también la fuente de donde mana toda su fuerza» ([1]). Al mismo tiempo, esperamos que el testimonio de vida de los creyentes sea cada vez más creíble. Redescubrir los contenidos de la fe profesada, celebrada, vivida y rezada” ([2]) (PF 9).

No basta con conocer a Cristo y su doctrina, de amarlo e imitarlo; lo anterior está al alcance de los no cristianos, que pueden trabajar en la misma dirección de los discípulos de Cristo ya que él mismo dijo: “El que no está contra nosotros está  a favor nuestro” (Mc 9,40); el cristiano parte de su existencia injertada en Cristo. Como proclama el CDSI en su conclusión:

“No, no será una fórmula lo que nos salve, pero sí una Persona y la certeza que ella nos infunde: ¡Yo estoy con vosotros! No se trata, pues, de inventar un nuevo programa. El programa ya existe. Es el de siempre, recogido por el Evangelio y la Tradición viva. Se centra, en definitiva, en Cristo mismo, al que hay que conocer, amar e imitar, para vivir en él la vida trinitaria y transformar con él la historia hasta su perfeccionamiento en la Jerusalén celeste” (CDSI 577).

La Iglesia es signo y salvaguardia de la trascendencia de la persona humana, cuya dignidad es el fundamento personalista de la Doctrina Social de la Iglesia. Por ello, cuando la comunidad cristiana responde a la convocatoria de Dios y se reúne en asamblea litúrgica, siente su identidad en la historia de la salvación, sin que el destino final de la eternidad la arranque de esta historia de los hombres en la que avanza como el Señor, haciendo el bien y curando a las víctimas del pecado del mundo. La liturgia de la Iglesia es la misma que la del cielo, porque tiene un mismo protagonista, que es el Señor resucitado; en ella no solo leemos la Palabra de Dios como en un documento santo, sino que es el mismo Señor quien nos habla. El “vosotros” y el “hermanos” se refieren a los presentes más que a los galileos o los coríntios. La gracia regeneradora y consagrante de los sacramentos nos hace ser sacramentos de Cristo en el mundo: palabra y signo, y la experiencia comunitaria llama a una comunión social que debería ir más allá de un acuerdo de conveniencias. De este modo, leemos en el CDSI que : “A la identidad y misión de la Iglesia en el mundo, según el proyecto de Dios realizado en Cristo, corresponde” una finalidad escatológica y de salvación. Escátológica quiere decir que el sentido del hombre y el mundo tienen el cumplimiento de su destino en Dios. “Con la predicación del Evangelio, la gracia de los sacramentos y la experiencia de la comunión fraterna, la Iglesia” cura y eleva la dignidad de la persona, consolida la firmeza de la sociedad y concede a la actividad diaria de la humanidad un sentido y una significación mucho más profundos.([3])

3. La educación en los valores de la DSI en la liturgia

En el cap. IV, 160 del CDSI encontramos los principios de la doctrina social de la iglesia, que van junto con también los valores de la verdad, la libertad y la justicia por los que hay que trabajar y comprometerse. “Los principios permanentes de la doctrina social de la Iglesia  constituyen los verdaderos y propios puntos de apoyo de la enseñanza social católica: se trata del principio de la dignidad de la persona humana —ya tratado en el capítulo precedente— en el que cualquier otro principio y contenido de la doctrina social encuentra fundamento, del bien común, de la subsidiaridad y de la solidaridad. Estos principios, expresión de la verdad íntegra sobre el hombre conocida a través de la razón y de la fe, brotan « del encuentro del mensaje evangélico y de sus exigencias —comprendidas en el Mandamiento supremo del amor a Dios y al prójimo y en la Justicia— con los problemas que surgen en la vida de la sociedad ». La Iglesia, en el curso de la historia y a la luz del Espíritu, reflexionando sabiamente sobre la propia tradición de fe, ha podido dar a tales principios una fundación y configuración cada vez más exactas, clarificándolos progresivamente, en el esfuerzo de responder con coherencia a las exigencias de los tiempos y a los continuos desarrollos de la vida social”.

Por ello, cuando en la liturgia se vive real y sacramentalmente en Cristo, como miembros diversificados y solidarios de su cuerpo, adquieren su significado y unidad el principio del bien común con sus aplicaciones principales, como son la responsabilidad de todos por el bien común, las tareas de la comunidad política, el destino universal de los bienes y la opción preferencial por los pobres.

La liturgia cristiana educa en el principio de subsidiaridad y de la participación, porque en ella el elemento jerárquico no debe apropiarse de lo que pueden hacer tanto la asamblea en su conjunto como los ministerios y funciones que deben ser asumidas por los laicos, es la “regla de oro” del “todo y solo” que vale para todos los que presiden y participan en la liturgia.([4])

Lo mismo ocurre con el principio de solidaridad, cuyo significado y valor va más allá de la solidaridad como principio social y como virtud moral o como un valor inscrito en la especie humana, sino que este valor, que impulsa el crecimiento común de los hombres , recibe un sentido superior en la vida y la palabra de Jesucristo. Verdaderamente, en la liturgia están los valores fundamentales de la vida social, que son como la materia que se transforma en la “vía de la caridad”. La experiencia de gratuidad y la desproporción entre la gracia y los méritos personales. La grandeza del perdón que viene del sacrificio de Cristo y la tremenda fuerza de sus palabras: “Tomad, comed y bebed, Esto es mi cuerpo y mi sangre, sacrificados para la remisión de los pecados”, junto con la realidad de la comunión, lleva a transfigurar la “solidaridad” en “caridad”, del mismo modo que la bendición-consagración de los esposos, con la invocación del Espíritu Santo, transforma su amor humano, bueno y hermoso en sí mismo, en sacramento del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús.

En esta síntesis de la fe y la vida no caben dualismos. El cristiano no debe separar su espiritualidad del compromiso social cotidiano. Es una espiritualidad que rehuye tanto el espiritualismo intimista como el activismo social y sabe expresarse en una síntesis vital que confiere unidad, significado y esperanza a la existencia, por tantas y diversas razones contradictoria y fragmentada y, para ello: La síntesis entre fe y vida requiere un camino regulado sabiamente por los elementos que caracterizan el itinerario cristiano: la adhesión a la Palabra de Dios; la celebración litúrgica del misterio cristiano; la oración personal; la experiencia eclesial auténtica, enriquecida por el particular servicio formativo de prudentes guías espirituales; el ejercicio de las virtudes sociales y el perseverante compromiso de formación cultural y profesional. (CDSI 546)

4. Los fundamentos y valores de la DSI en los textos litúrgicos

La liturgia católica, renovada tras el Concilio Vaticano II, ha incorporado a sus textos una mayor inquietud social, reflejo de la DSI anterior y de los grandes documentos conciliares, en especial de la Constitución Pastoral Gaudium et spes. Lo encontramos en primer lugar en los formularios para ocasiones especiales, donde la Palabra de Dios y la oración de la Iglesia se centran en temas como la familia, la patria y sus gobernantes, la paz, la justicia, la reconciliación, la santificación del trabajo humano, la concordia; y también en la oración preferente a favor de los “pobres” de toda clase, como los que padecen hambre, los prófugos y exiliados, los cautivos y encarcelados, los enfermos y moribundos, así como los afectados por catástrofes naturales o la guerra, ([5]) para que “un amor puro y generoso nos impulse a promover el progreso de los pueblos y a realizar, en la caridad, las exigencias de la justicia “ y ello como fruto de la comunión eucarística. ([6])

Era frecuente en las oraciones del anterior Misal Romano encontrar oraciones que impulsaban a los fieles a “terrena despicere et amare coelestia”, despreciar las cosas de este mundo y amar las del cielo; esta tendencia dualista y espiritualista ha cambiado en expresiones como que de tal modo aprendamos a valorar los bienes de la tierra que no perdamos los del cielo, o que “de tal modo nos sirvamos de los bienes pasajeros, que podamos adherirnos a los eternos” y también: “para que disfrutemos de tus beneficios en la tierra y crezca nuestro conocimiento de los bienes del cielo”. ([7])  

En la oración de la mañana, los Laudes, aparece con frecuencia una petición para que el trabajo de cada día lleve a una más perfecta justicia y hermandad entre los hombres.

5. Conclusión

Hemos podido recordar cómo la liturgia de la Iglesia incorpora los principales

temas de la DSI y que ello lo hace tanto por medio de su misma estructura teológica como a través de un interés específico, incrementado en los textos recientes, cuyo conocimiento y utilización podrían mejorarse. Como concluye el CDSI, el programa de acción social de la Iglesia “es el de siempre, recogido por el Evangelio y la Tradición viva. Se centra, en definitiva, en Cristo mismo, al que hay que conocer, amar e imitar, para vivir en él la vida trinitaria y transformar con él la historia hasta su perfeccionamiento en la Jerusalén celeste” (577).

Todo lo dicho anteriormente se resume magníficamente en la oración colecta de la misa por el progreso de los pueblos: “Oh Dios, que diste un origen idéntico a todos los pueblos y quisiste formar con ellos una sola familia en tu amor, llena los corazones del fuego de tu caridad y suscita en todos los hombres el deseo de un progreso justo y fraternal, para que, con los bienes que generosamente repartes entre todos, se realice cada uno como persona humana y, suprimida toda discriminación, reinen en el mundo la igualdad y la justicia”.

 



[1] Conc. Ecum. Vat. II, Const. Sacrosanctum Concilium, sobre la sagrada liturgia, 10.

[2] Cf. Juan Pablo II, Const. ap. Fidei depositum (11 octubre 1992): AAS 86 (1994), 116.

3  CDSI 51 A la identidad y misión de la Iglesia en el mundo, según el proyecto de Dios realizado en Cristo, corresponde « una finalidad escatológica y de salvación, que sólo en el siglo futuro podrá alcanzar plenamente ». Precisamente por esto, la Iglesia ofrece una contribución original e insustituible con la solicitud que la impulsa a hacer más humana la familia de los hombres y su historia y a ponerse como baluarte contra toda tentación totalitaria, mostrando al hombre su vocación integral y definitiva. Con la predicación del Evangelio, la gracia de los sacramentos y la experiencia de la comunión fraterna, la Iglesia « cura y eleva la dignidad de la persona, consolida la firmeza de la sociedad y concede a la actividad diaria de la humanidad un sentido y una significación mucho más profundos ». En el plano de las dinámicas históricas concretas, la llegada del Reino de Dios no se puede captar desde la perspectiva de una organización social, económica y política definida y definitiva. El Reino se manifiesta, más bien, en el desarrollo de una sociabilidad humana que sea para los hombres levadura de realización integral, de justicia y de solidaridad, abierta al Trascendente como término de referencia para el propio y definitivo cumplimiento personal.

[4] Conc. Vat. II. Const. Sacrosanctum Concilium 28: En las celebraciones litúrgicas, cada cual, ministro o simple fiel, al desempeñar su oficio, hará todo y sólo aquello que le corresponde por la naturaleza de la acción y las normas litúrgicas. 

[5] Misal Romano. Misas y oraciones por diversas necesidades.

[6] Misa por el progreso de los pueblos. Oración después de la comunión.

[7] Colecta del XVII domingo y Oración después de la comunión del XXIX domingo ordinario.

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