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El año de la Fe y la DSI

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Lunes, 10 de Septiembre de 2012


XX Curso de Doctrina Social de la Iglesia
Fundación Pablo VI, 10-12 de septiembre de 2012 

Fichero de audio [mp3 - 25,57 M;b]

José Bullón Hernández
Universidad Eclesiástica San Dámaso

CONFERENCIA: "EL AÑO DE LA FE Y LA DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA"

INTRODUCCIÓN.
La comprensión de la doctrina social de la Iglesia en la fe cristiana.

La doctrina social de la Iglesia si bien va siendo conocida cada vez un poco más, sin embargo se sigue utilizando esporádicamente en circunstancias muy concretas, y no dentro de la acción evangelizadora y exigencia de la fe, por no ser adecuadamente entendida y quizás no bien presentada. El Cardenal Renato Raffaele Martino, en un encuentro en Santiago de Chile, con los Obispos de la Conferencia Episcopal el día 29 de septiembre del 2008, ratificaba lo anteriormente dicho: “Uno de los problemas que he encontrado en mis viajes y visitas pastorales por diferentes comunidades y países es que la doctrina social de la Iglesia, a pesar de los avances que he conocido, todavía en muchos lugares se usa esporádicamente. Se toma como referencia casi accidental y no como esencial, como la que da forma a la acción evangelizadora de las relaciones sociales”.

Amén de ser criticada y rechazada en el mundo laico, indiferente y opuesto a lo religioso, como es el caso del marxismo, para quien la doctrina social de la Iglesia para nada sirve ya que todo lo relacionado con lo religioso es alienante y, por consiguiente, es enemiga de lo que él proclama: la revolución violenta[1], la doctrina social de la Iglesia también es vista y utilizada de formas muy diversas en el ámbito creyente y eclesial. En los años 70- 80 del pasado siglo un buen número de cristianos, entre ellos teólogos entendidos en la materia, la veían como enseñanza que no ayudaba demasiado a la realidad social ya que se fundaba en principios fijos, ahistóricos, universales y eternos dentro de una filosofía neoescolástica rígida[2]. Una doctrina social que no expresaba adecuadamente el mensaje en su dimensión pública, como afirmaban teólogos como G. Gutiérrez, J. B. Metz, y J. Alfaro[3].

Por otra parte, estamos en un periodo en que, además de indicar las carencias de la doctrina social de la Iglesia, también se abren vías variadas e incluso opuestas por las que podría reconducirse esta riqueza eclesial, “adaptando” el mensaje a los nuevos tiempos: revisar y adaptar la doctrina social de la Iglesia, pasar de nominarse doctrina social a enseñanza social evitando dogmatismos, o nueva orientación de la misma como expresión pública del mensaje[4].

Con el Papa Juan Pablo II, la doctrina social de la Iglesia pasa a ser realidad esencial que puede conducir la vida social desde el mensaje cristiano; no es agregado en un momento determinado, sino que forma parte esencial del mensaje, haciéndolo presente en lo social y conduciendo la fe de la Iglesia en los problemas del mundo y de la sociedad. Como encontramos en el Sínodo de la Justicia en el mundo del año 1971: “La acción a favor de la justicia y la participación en la transformación del mundo se nos presenta claramente como una dimensión constitutiva de la predicación del evangelio, es decir, la misión de la Iglesia para la redención del género humano y la liberación de toda situación opresiva”[5]. La doctrina social de la Iglesia, pues, está íntimamente relacionada con el mensaje de salvación y lo va a anunciar dentro de un campo concreto, el de las relaciones sociales con sus problemas inherentes, en sus ámbitos económicos, políticos, sociales. El mensaje es para la salvación humana, y la Iglesia lo ha de presentar como servicio al hombre.

Por medio de la doctrina social la Iglesia expresa la fe en su dimensión pública: Creer en Dios abarca dirigirse a él y admirarlo, pero también reconocimiento, ayuda y atención a los hombres. Los profetas del Antiguo Testamento, además del culto, pedían su unión al ejercicio de auténtica justicia, de modo que aquel no era verdadero si no se reconocía y atendía a los miembros de la comunidad. La doctrina social nos desvela que no hay verdadera religión si no existe justicia. Pero esta manera de entender la fe no llega a completarse si, junto a la justicia, no se da el amor. El reconocimiento que se hace de los hombres y el esfuerzo por ser atendidos, exige amor, entrega y donación. Y este amor de verdad se verifica en un eficaz servicio. Amar no es sentimiento o realidad romántica, sino gestos de generosidad y desprendimiento.

Estas tres realidades: religión, justicia y amor acompañan de forma especial a la doctrina social de la Iglesia. Como ésta tiene que ver con la fe, veamos cómo y de qué forma puede ser evangelizadora y qué aportaciones nos trae.

El camino de mi reflexión será el siguiente:

            1. La doctrina social de  la Iglesia dentro de la Evangelización.

            2. Aportaciones de la doctrina social de la Iglesia para la Evangelización.

            3. La doctrina social de la Iglesia en el año de la fe. Cómo vivir la fe desde la doctrina social de la Iglesia: llamadas, vivencias y acciones.

1. La Doctrina Social de la Iglesia dentro de la Evangelización

Para muchas personas evangelizar viene referida al anuncio del Evangelio: comunicar, transmitir la enseñanza de Jesús a través de la predicación y la catequesis, a lo que hay que agregar la celebración de los misterios de la fe; lo demás, como obras de justicia y caridad, se considera como una buena ayuda, pero no pertenece a la entraña misma de la evangelización.

Sin embargo, podremos comprobar que la acción social y, por consiguiente, la doctrina social de la Iglesia forma parte del anuncio evangélico y, por ello, forma parte de la evangelización. Conviene, pues, clarificar qué es y en qué consiste la evangelización.

1.1. La evangelización: su comprensión y fundamento. La Evangelización no es más que anuncio del Evangelio para una nueva vida, la Buena Noticia que transforma al hombre (Mc 1, 15); su eje central, pues, es la Buena Nueva que sacude la conciencia[6] y ha de transformar al hombre de ayer, hoy y siempre. Por eso la Evangelización no es ni nueva ni vieja, sino anuncio salvífico que se hace presente conforme a los tiempos en los que se vive, y ha de transformar al hombre de hoy utilizando métodos más apropiados para que su poder sea eficaz.

Es una y necesaria, es decir, se ha de hacer la Buena Nueva como mandato divino, tal como se ha comunicado, sin inventar otro, como nos lo dice la Evangelium nuntiandi: “La predicación del mensaje evangélico no constituye para la Iglesia algo de orden facultativo; está por medio el deber que le incumbe, por mandato del Señor, con vista a que los hombres crean y se salven. Sí, este mensaje es necesario. Es único. De ningún modo podría ser remplazado. No admite diferencia, ni sincretismo, ni acomodos. Representa la Belleza de la Revelación. Lleva consigo una sabiduría que no es de este mundo”[7].Un mandato, pues, divino que conlleva, por una parte, su designio de amor para la humanidad y, por otra, la obligación de comunicarlo en fidelidad total, en todos los ambientes de la comunidad humana para “hacer un mundo nuevo” (Ap 21,5), “un cielo nuevo y una tierra nueva” (Ap 21,1), para hacer hombres nuevos (2Cor 5, 17) y vivir conforme a la nueva vida evangélica en pureza, justicia y verdad (Ef 4, 23-24), en unión y servicio fraterno (Col 3, 9-10). Hay, pues, que evangelizar tanto las culturas como las instituciones y estructuras impregnándolas del Evangelio y regenerándolas.

Pero evangelizar implica a la vez adhesión de corazón al mensaje y testimonio de vida. Quien evangeliza se adhiere a las verdades reveladas, las conserva en su corazón y se une a un programa propuesto a través del reino anunciado por Jesús que engendra una manera radicalmente nueva de vivir y de ser. El mensaje renovador se recibe, comprende, transforma, se guarda, se anuncia y se vive. En este sentido, nos habla la Evangelium nuntiandi: “Efectivamente, el anuncio no adquiere toda su dimensión más que cuando es escuchado, aceptado, asimilado y cuando hace nacer, en quien lo ha recibido, una adhesión de corazón”[8].

La Evangelización se fundamenta no en deseos y pretensiones humanas para alcanzar una gran comunidad, sino en el mismo Dios, sobre todo en la misión de Jesús, que encontramos en Lc 4, 16-22: ha sido enviado a anunciar el Reino de Dios a quienes apenas cuentan, o han perdido la esperanza y están inundados de miseria de todo tipo; Jesús trae Buena Nueva, las promesas divinas hechas realidad: se cumple lo prometido, se saca de la opresión, mal, pecado, indiferencia y muerte, y se abre un horizonte de luz, alegría y paz; y así Jesús recupera a las personas, abre a nueva existencia, transforma radicalmente la vida personal y social, orienta la existencia y proyecta a un futuro de plenitud; un futuro más allá del tiempo y de la historia, aunque renueva la historia, afectando a la vida personal y comunitaria, a la paz y la justicia.

Y es un mensaje liberador. Esto ha sido constante en la actuación de Dios en la historia; se ha ido haciendo presente, con su amor, en su acción liberadora en la historia de Israel. El Compendio de doctrina social de la Iglesia nos habla de esta realidad centrándose en el libro del Éxodo: “Según el libro del Éxodo el Señor dirige a Moisés estas palabras: “Bien vista tengo la aflicción de mi pueblo en Egipto, y he escuchado su clamor en presencia de sus opresores; pues ya conozco sus sufrimientos. He bajado para librarle de la mano de los egipcios y para subirle a una tierra buena y espaciosa; una tierra que mana leche y miel” (Ex 3, 7-8). La cercanía gratuita de Dios- a la que alude su mismo Nombre, que Él revela a Moisés, “Yo soy el que soy” (Ex 3, 14)- se manifiesta en la liberación de la esclavitud y en la promesa, que se convierte en acción histórica”[9]. Dios ha sacado a su pueblo de situaciones de injusticia y opresión y se ha unido a Él en fidelidad, creando una comunidad fraterna, una vida liberada.

1.2. La doctrina social  de la Iglesia acción evangelizadora. La acción salvífica de Dios inspira una vida en justicia y solidaridad que transforma al hombre. Por tanto, evangelizar es predicar y vivir esta vida divina. Pues bien, la doctrina social de la Iglesia pertenece al ámbito evangelizador en un campo concreto como es el social, porque presenta la bondad de Dios, su amor gratuito transformando el mundo; el mensaje que presenta es salvador, que va liberando a los hombres para el amor y la justicia, presentando valores y orientaciones para las realidades culturales, económicas, políticas, sociales. Por la doctrina social se infunde en el corazón de la historia la liberación evangélica para promover una sociedad mejor conforme al Reino. Con ella la Iglesia continúa la acción de Dios en Cristo como tarea que se le ha encomendado: anunciar la redención de Cristo en la vida social asumiéndola, reconociéndola y transformándola, superando lo que margina al hombre: analfabetismo, hambre, injusticia, marginación, miseria…El mensaje salvífico de Dios va liberando al hombre de todas sus esclavitudes y, la Iglesia, por la doctrina social, evangeliza en cuanto que va liberando de las opresiones y marginaciones sociales, y contribuye a la promoción humana. El mensaje evangélico se hace presente en la medida en que se van haciendo realidad, en el contexto social, aquellas palabras de Jesús en el Evangelio: “los ciegos ven, los cojos andan, los sordos oyen, los leprosos quedan limpios, los muertos resucitan, y se anuncia a los pobres la Buena Nueva” (Lc 7, 22-23). En esta tarea se halla empeñada la doctrina social de la Iglesia, en una acción evangelizadora: denuncia el mal social, presenta su acción liberadora, y abre a un horizonte nuevo de existencia.

2. Aportes de la Doctrina Social de la Iglesia para la Evangelización

Nos hallamos en un momento histórico marcado por la globalización y las redes informáticas, de modo que resulta imposible mantenerse al margen de lo que sucede en el mundo; formamos parte de esta mundialización[10], no podemos vivir si no es en este espacio global; momento histórico de crisis económica sobre todo, pero no menos política, cultural, humana y ética. Es verdad que la tecnología y la actividad económica facilitan muchos bienes y solucionan muchos problemas, pero también crean, nos están creando otros muchos cuya solución no la pueden dar, sino que hemos de buscarla en criterios humanistas y, sobre todo, éticos y religiosos. Pues bien, la doctrina social de la Iglesia se nos presenta como la vía fundamental, que conduce hasta la sociedad la luz y valores esenciales para enderezar su rumbo. Es fuerza evangelizadora, ilumina desde el Evangelio, desvela en Él la verdad y el bien para este mundo.

Pretendo, por tanto, presentar las aportaciones que la doctrina eclesial, en materia social, incorpora a la acción evangelizadora.

2.1. Universalidad y acción evangelizadora de la doctrina social de la Iglesia para el hombre. En el Evangelio, prácticamente al final, hallamos la misión que Jesús encomienda a sus seguidores y, por consiguiente, a la Iglesia: “Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado” (Mt 28, 19-20a)[11]. La Evangelización, pues, tiene esta dimensión universal; se debe llevar el Evangelio a todo el mundo, sin preferencias de pueblos y culturas. Así lo entendió la primitiva Iglesia, que va extendiendo el mensaje desde Jerusalén a Antioquía, Grecia y Roma, y así lo ha entendido la Iglesia que lo ha pasado de Europa a Asia, África, América; no puede haber fronteras para la Buena Nueva.

La Evangelium nuntiandi expone esta dimensión universal de la Evangelización. Veamos el texto: “A lo largo de veinte siglos de historia, las generaciones cristianas han afrontado periódicamente diversos obstáculos a esta misión de universalidad. Por una parte, la tentación de los mismos evangelizadores de estrechar bajo distintos pretextos su campo de acción misionera. Por otra, las resistencias, muchas veces humanamente insuperables, de aquellos a quienes el evangelizador se dirige. Además, debemos constatar con tristeza que la obra evangelizadora de la Iglesia es gravemente dificultada, si no impedida, por los poderes políticos [….]. Pero abrigamos la confianza de que finalmente, a pesar de estas pruebas dolorosas, la obra de estos apóstoles no faltará en ninguna región del mundo”[12]. La Evangelización siempre queda abierta a la universalidad a pesar de las pretensiones particularistas, resistencias y prohibiciones, porque lo que presenta es universal: salvación para todos, para los que están lejos y no la conocen, y para aquellos que conociéndola, sin embargo, o bien tienen poca fe, o viven al margen de la vida cristiana. La Evangelización viene a presentar, profundizar, consolidar y alimentar la fe[13]. Y el Compendio de doctrina social de la Iglesia resalta esta dimensión universal evangelizadora desde la misión que tiene la Iglesia: anunciar la salvación a todos los hombres, llevar la Buena Nueva a todos participando de sus gozos y esperanzas (GS 1), Buena Nueva de Amor de Dios gratuito y sin fronteras. Por consiguiente, la Iglesia, servidora de esta salvación en el mundo en el que vive, anuncia y actualiza este mensaje de amor, fecunda y fermenta la sociedad con el Evangelio en todos los ámbitos, ya sea cultural, económico, o político…[14]; actualiza, pues, en la historia el mensaje universal liberador, y lo hace de forma nítida a través de la doctrina social: “Con su doctrina social, la Iglesia se hace cargo del anuncio que el Señor le ha confiado. Actualiza en los acontecimientos históricos el mensaje de liberación y redención de Cristo, el Evangelio del Reino”[15].

Si hacemos un recorrido por los diversos documentos de la doctrina social de la Iglesia inmediatamente percibimos esta dimensión universal evangelizadora que tienen. Siempre ha tenido interés por los problemas que afectaban al hombre, aunque éste no sea creyente[16]; y así, se preocupa por la situación de los obreros (Rerum novarum), las condiciones de vida fomentadas por el liberalismo individualista en los años 30 del siglo pasado (época  de la Quadragesimo anno), las diferencias y confrontaciones en diversos lugares del mundo (Mater et magistra y Pacem in terris), y allí lleva su mensaje; pero, sobre todo después del Vaticano II, la Iglesia lleva su mensaje, más allá de lo instructivo y celebrativo, a todas y complejas realidades sociales; participa de las angustias y tristezas de los hombres asumiéndolas como propias, sean de la creencia, cultura o raza que sean, porque sabe que la salvación de Dios es para todos sin excepción. Desde esta perspectiva, se entiende que la doctrina social de la Iglesia llegue a todas las necesidades humanas: junto a las necesidades del mundo obrero y males del liberalismo, afronta el problema del subdesarrollo, o el controvertido mundo del trabajo, y hasta el mundo globalizado con sus crisis económica, política, cultural, ética y religiosa.

Así, por la doctrina social, se introduce el mensaje amoroso y esperanzador de Dios en el campo social, se eleva el orden natural, en concreto, el ámbito social, con todas sus estructuras y organizaciones, buscando que sean mejores; se asume, sin suprimirlo, lo humano en lo social como lo hizo Cristo, salvando así al hombre, dándole sentido y orientación[17]. Entra en problemas y lugares concretos porque tiene que aportar la luz del Evangelio, activando y sosteniendo todo proyecto y empeño de liberación y promoción humana; y es servidora de la salvación en el contexto histórico de hoy en que está ubicado el hombre, y donde le encuentra el amor de Dios.

De esta manera, la doctrina eclesial evangeliza en cuanto fecunda y fermenta la sociedad con el Evangelio. Como decía Pablo VI en el año 1971, no se trata de echarse para atrás ante situaciones variadas y complejas, sino iluminar desde la luz del mensaje: “Incumbe a las comunidades cristianas analizar con objetividad la situación propia de su país, esclarecerla mediante la luz inalterable del Evangelio, deducir principios de reflexión, normas de juicio y directrices de acción”[18]. La doctrina social anuncia y actualiza el Evangelio universalmente en esta compleja red de relaciones sociales; hace presente el reconocimiento, respeto, valoración, promoción y amor para que el hombre pueda vivir auténticamente su vida. En la sociedad se decide la vida humana en diversos campos: económico, educativo, político…, y esto no puede hacerse al margen del Evangelio. La doctrina social es mensaje salvador liberando a los hombres para el amor y la justicia; se hace cargo del mensaje del Señor actualizándolo en la historia, anunciando la palabra que libera; penetra los corazones y los dispone hacia proyectos de amor, justicia, libertad y paz[19].

2.2. Dimensión pública del mensaje. Cada cristiano ha de vivir personalmente la fe dentro de la realidad, y esta fe alcanza a lo comunitario y público. Sobre todo el Vaticano II, concretamente la Constitución Gaudium et Spes y después la reflexión teológica[20], nos dirán que ser cristiano es dar razón de la fe, expresarla más allá de sí realmente, manifestarla presente en la realidad social. Creer es­­ aceptar a Dios que salva y libera de la opresión e injusticia, y llevar la salvación y liberación allá donde hay opresión y ofensa al hombre. Por ello el mensaje no ha de ser realidad intimista, sino que ha de hacerse público. Por una parte la fe se ha de hacer realidad crítica: denunciar las situaciones inhumanas, realidades explotado­ras, ataduras que dejan sin libertad; y por otra, ha de ser realidad utópica: abogar por una realidad mejor, comprometerse en construir un mundo nuevo, transformando lo imperfecto y malvado.

Esta manera de entender la fe no es un invento de unos cuantos pensadores, sino que tiene su consistencia en la misma Palabra de Dios, como consta tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento: Dios actúa a través de acciones liberadoras denunciando y condenando la esclavitud, y liberando (Ex 3); interviene a favor del desamparado, y rechaza la injusticia transformando la vida; su mensaje, pues, es liberador y afecta a la realidad personal y social (libro del Éxodo). Y tiene su expresión plena en la Alianza: Dios se une al hombre estableciendo una comunión de vida con él y, marcando, pues, un nuevo estilo de vida. Quien acoge  este mensaje, esta Alianza de Dios no solamente se va a entregar a Él, sino que también marca su existencia a través de una vida en común como expresión de la unión con Dios; el pueblo unido a Dios por la Alianza, comprende que ha de expresar esta unión en la realidad pública: ejerciendo justicia, uniéndose a los demás y eliminando diferencias y distancias entre sí, liberando a los oprimidos como hizo Yahvé[21].

La fe en Yahvé, por tanto, tiene dimensión social; es un compromiso por la liberación, basado en la liberación divina[22]. Esto se aprecia claramente en la acción de Jesús consistente en llevar la buena notica a los pobres y la liberación a los oprimidos: los hombres van a encontrar la posibili­dad de ser libres, los que no tienen esperan­za, están abatidos, son miserables, se encuentran con la persona de Jesús y su mensaje y son atención de Dios (Lc 4, 16-21; 7, 22 ss). Las curaciones son la prueba de que se ha entablado la lucha contra los poderes del maligno que tenían dominados a los hombres, y se inicia la reconquista de la esperanza, comunicación y  justicia (Mt 13; Mt 14, 35-36; Mt 15, 29-31; Lc 10, 17-20 y paralelos).

Así pues, quien acepta el mensaje de Jesús ha de comprometerse en esta exigencia amorosa entregándose al servicio, luchando por la libertad, reconocimiento, y promoción.

En la doctrina social de la Iglesia se encuentra claramente cómo el mensaje afecta tanto al interior y al culto, como a lo público; evangelizar abarca también, de forma clara, presentar el mensaje dentro de la problemática social, se hace presente para guiar y dar sentido allí donde el ser humano se encuentra oprimido. Por ella el mensaje cristiano llega a todas las instituciones y estructuras sociales y las  ilumina. A partir de la Gaudium et Spes, sobre todo, la actuación de la Iglesia dentro del mundo se debe no a un nuevo sentimiento hacía los necesitados, sino sobre todo al mismo mensaje que afecta a toda la realidad[23].

La doctrina social de la Iglesia completa así el ciclo de la evangelización: al anuncio- conocimiento del mensaje y actualización celebrativa, se agrega la acción por el amor y la justicia en el mundo; expresa el mismo mensaje anunciado en el ámbito social. De esta manera nos habla el Sínodo de 1971: “La misión de predicar el evangelio en el tiempo presente requiere que nos empeñemos en la liberación integral del hombre ya desde ahora, en su existencia terrena. En efecto, si el mensaje cristiano sobre el amor y la justicia no manifiesta su eficacia en la acción por la justicia en el mundo, muy difícilmente obtendrá credibilidad entre los hombres de nuestro tiempo”[24]. El mensaje cristiano se presenta como salvación de Dios para los hombres en todos los ámbitos de su existencia; allí donde se halla presente el odio, rencor, indiferencias, injusticias, desesperanza, marginación, a todo aquello que domina, margina y oprime al ser humano. Aunque es en un futuro donde hallaremos la plenitud, y ésta solamente la encontraremos en Dios, sin embargo ya se tiene que ir realizando en el presente de alguna manera, en la medida en que se va venciendo el mal, abriendo a la verdad, amor, justicia, entendimiento y solidaridad entre las personas; en cuanto se va venciendo, en definitiva, todo el mal que existe en el mundo (CDSI 45-48)[25]. El mensaje no es más que la manifestación del amor de Dios, y allí donde se dan hechos liberadores se está haciendo presente este amor.

A través de la doctrina social se encuentra el cauce para que la Iglesia tenga muy presente su misión de servir a la causa del hombre, rechazar las amenazas contra él y reivindicar sus derechos. Ha de ponerse de parte del hombre y su promoción, porque en Cristo todos los hombres son recuperados en su grandeza y honor: “Cristo nos ha liberado” (Gal 5,1); Cristo ha sacado al hombre de la esclavitud del mal y el egoísmo, el capricho y  soberbia, del pecado y de la muerte, y lo ha liberado del sin sentido, de su incapacidad para buscar el bien y la verdad, la ignorancia y dominación, injusticia y odio, para estar en armonía consigo y con el entorno; ha terminado con las diferencias, desigualdades y negación del ser humano. La Iglesia necesariamente ha de ponerse a favor y defender universalmente la dignidad de todo ser humano; no puede haber para ella distinción estimativa entre las personas: ricos- pobres, blancos- negros, inteligentes- ignorantes, creyentes- no creyentes; tiene que continuar la obra de Dios en este mundo en el que, tantas veces y en variadas circunstancias, el ser humano vuelve a estar despreciado y negado en su dignidad: pobreza, marginación, silencio, explotación, diferencias, violaciones, desprecios, difamaciones, incultura...y muerte; para ello, ha de acercarse con amor al hombre para devolverle la dignidad personal y comunitaria que ha perdido. De forma nítida y contundente, ha de ponerse de parte de quienes la han perdido o menos posibilidades tienen, de quienes son negados y despreciados en la misma[26].

La Iglesia está evangelizando en medio de la sociedad presentando la Buena Nueva a través de la justicia, de la búsqueda de la armonía, y la proclamación del amor. Proclama su palabra de salvación para todos los ámbitos de la existencia humana, cumpliendo así la misión evangelizadora (SRS 41.4); pero la Iglesia, también como testigo del amor salvífico, toma “opción” por los más necesitados, por los más pobres, como fue la opción evangélica de Jesús. Así se sitúa en la misma entraña del mensaje: ser palabra de liberación para quienes se encuentran en situaciones de opresión. Opción por los pobres, por consiguiente, es opción por la liberación (SRS 42.1 y 2), opción por el amor, testimoniar la entrega de Dios en donación total al olvidado.           

2.3. Escatología- promoción humana. La doctrina social de la Iglesia aporta claramente esta dimensión a la Evangelización: por una parte nos hace ver que sin la realidad definitiva en Dios las realidades mundanas no se realizan; pero por otra, que justamente por elevarnos hacia esa realidad definitiva, las realidades presentes van a ser cambiadas. La Verdad definitiva transforma la realidad, y sin esto no sería auténtica Verdad. Es así cómo la doctrina eclesial combina adecuadamente futuro con presente, une lo divino con lo humano, y con ello, está evangelizando como ahora veremos.

Muchas veces los cristianos o nos vamos directamente al cielo, o nos agarramos férreamente al suelo; es decir, nos dirigimos hacia lo alto de tal forma que nos olvidamos de lo terreno, consideramos el culto y la interioridad como lo único: importa exclusivamente el culto, los actos religiosos; o ponemos tal énfasis en crear un mundo nuevo que solamente centramos la atención en el esfuerzo, las reformas y transformaciones que necesita la sociedad sin apenas referencia a Dios. Combinar adecuadamente las dos realidades es esencial para poder evangelizar. Está siendo fiel al Evangelio quien centra su vida en la oración y el culto divino, elevando a Dios su vida y la de los demás porque sabe que allí está la salvación definitiva, y lo es quien lucha por un mundo nuevo queriendo hacer presente la Verdad de Dios en él.

La fe nos dice que la realización del mundo es acontecimiento escatológico; el Dios de la promesa la dará en un futuro. Pero esta promesa no anula el presente, es una promesa activa, que orienta toda la historia al futuro; toda la historia humana es la historia del cumplimiento paulatino de la promesa, y por ella se pone en movimiento el presente.

El futuro se va desarrollando en las "promesas” hechas por Dios a lo largo de la historia; la Alianza, el reino de Israel, la vuelta del Exilio, el Reino de Dios predicado por Jesús, son concreciones del mismo; sin agotarse en ellas, les da un sentido último, y se anuncia y realiza progresivamente en ellas, aunque no se logra el futuro pleno. La escatología, pues, es el motor de la historia radicalmente orientada hacia el futuro. Por una parte, es hecho futuro donde Dios re-creará a todos los hombres, Dios intervendrá y lo hará todo nuevo; pero por otra, implica atención a la actualidad, a lo real histórico. En Cristo se ve con más claridad esto: el Reino de Dios es realidad salvadora que un día se dará en plenitud, pero, en nombre de esa promesa, la realidad histórica queda afectada, se va transformando. El Reino se va haciendo presente en la medida en que el hombre va saliendo de situa­cio­nes de opresión y explotación (Lc 4, 16-27; 7, 18-23).

La fe, por consiguiente, es esperanza en un futuro pleno que activa la historia presente, y es un compromi­so por un mundo nuevo; hay que ir creando los “cielos nuevos y tierra nueva", suprimiendo los males existentes. Dicho de otra manera, hay relación entre mensaje escatológico y promoción humana. Por su destino futuro, el cristiano ha de salir del mundo ya que su meta está más allá de él, pero su salida no está en refu­giarse en un trasmundo artificial, sino en huida hacia adelante, salir del conformismo del mundo, y responsabilizarse en él, haciendo presentes las verdades de paz, solidaridad, amor, reconciliación, esperanza... Asumida la promesa, el creyente transpor­ta la actitud ante el futuro del plano de la contemplación a la acción transformadora de la realidad. El mensaje es para él memoria subversiva, subvertir el orden existente de la opresión a la libertad, de la indiferencia al reconocimiento, del odio al amor, de la revancha al perdón[27].

Pues bien, la doctrina social de la Iglesia hace que la Evangelización sea presentada y entendida como cohesión entre verdad definitiva de Dios y promoción humana. El anuncio evangélico hoy pasa por esta acción transformadora en las realidades sociales, económicas y políticas. El futuro pleno en Dios no se cierra al presente, sino todo lo contrario impulsa a una tarea de transformación de las realidades mundanas. “Ciertamente para la Iglesia, la plenitud y la perfección de la vocación humana se lograrán con la inserción definitiva de cada hombre en la Pascua o triunfo de Cristo, pero la esperanza de tal realización consumada, antes de adormecer debe “avivar la preocupación de perfeccionar esta tierra, donde crece el cuerpo de la nueva familia humana, el cual puede de alguna manera anticipar un vislumbre del siglo nuevo”. No confundimos progreso temporal y Reino de Cristo; sin embargo, el primero “en cuanto puede contribuir a ordenar mejor la sociedad humana, interesa en gran medida al Reino de Dios”[28]. Se anuncia el Evangelio promoviendo la vida más digna, de modo que la evangelización necesariamente tiene que ver con la promoción desde el punto de vista antropológico, ya que el hombre a evangelizar está sujeto a problemas económicos y sociales de los que el Dios de la vida y verdad plena le va a liberar; desde el punto de vista teológico, pues existe unión entre el plan de la creación y redención que afecta a problemas de injusticia que hay que combatir y restaurar; y de orden evangélico: proclamar el amor promoviendo la justicia y la paz[29]. La doctrina eclesial une escatología con promoción; cree en el futuro pleno en Dios y le va haciendo presente a través de la acción transformadora en el hombre y en el mundo. Se evangeliza, pues, porque está por medio el hombre que debe ser redimido integralmente, y se ha de expresar el amor en medio de una sociedad tantas veces contraria. La doctrina social es evangelizadora atendiendo a ese hombre llevando la redención ante las injusticias, promoviendo la vida y amando a quien menos tiene[30]. Por tanto, logra el encuentro entre mensaje e historia humana; se anuncia a Dios para transformar la historia.

Es verdad que no se puede identificar futuro con presente, futuro con promoción humana, evangelización con proyecto temporal, como vemos en el número 39, párrafo 2 de la Gaudium et Spes, no se puede identificar con bienestar material, o iniciativas de orden político o social al margen de lo religioso y de Dios. Sobre esto alerta la doctrina social cuando afirma que por más que se busque una justicia para este mundo, o la igualdad o el bien común, si se hace al margen del bien y de Dios, como el paraíso en este mundo, no se hace ningún favor al hombre, y no se puede identificar esta acción humana con la fe cristiana, ya que no se puede negar la dimensión religiosa y transcendente que tiene el hombre[31]. Asimismo presenta a la fe como la realidad que contribuye grandemente a edificar un mundo nuevo, pues sin la religión, sin las grandes religiones y la fe cristiana y sin la ética, no se puede construir un verdadero desarrollo, como afirma el actual Papa en la Encíclica Caritas in veritate: “ La religión cristiana y las otras religiones pueden contribuir al desarrollo solamente si Dios tiene lugar en la esfera pública, con específica referencia a la dimensión cultural, social, económica y, en particular, política. La doctrina social de la Iglesia ha nacido para reivindicar esa “carta de ciudadanía” de la religión cristiana”[32]; y de forma más contundente, en la conclusión de la Encíclica, afirma: “Sin Dios el hombre no sabe dónde ir ni tampoco logra entender quien es” […] El humanismo que excluye a Dios es un humanismo inhumano. Solamente un humanismo abierto al Absoluto nos puede guiar en la promoción y realización de formas de vida social y civil”[33]. De esta manera se va acercando y haciendo presente el futuro de Dios ya que va transformando la realidad a través de las verdades evangélicas que va presentando. Sin alejarnos de la Caritas in veritate, podemos comprobar cómo desde el mensaje cristiano el Papa va haciendo propuestas para los diversos ámbitos de la existencia: el don, gratuidad, solidaridad y bien común para la realidad económica (CIV 36- 37)[34]; justicia y fraternidad para las relaciones humanas, para la comunidad humana (CIV 53, 54, 58-61); dignidad humana, cultivo de la interioridad ante el poder de la tecnología (CIV 18, 68-70; 75-77); búsqueda de la verdad y el bien ante la comodidad y hedonismo (CIV 51)…, para desechar la injusticia, desigualdad, opresión, e individualismo absoluto que entorpecen la marcha de la historia y ofenden al plan salvífico de Dios. Pero también ayuda al hombre en el camino de la salvación puesto que indica un fin claro, orienta su vida por la verdad y el bien del Evangelio para que sean transmitidos en el mundo del trabajo, empresa, producción, política y cultura.

Con ella, pues, el cristiano va siendo llamado a edificar, desde la fe, un mundo nuevo: creando nuevos medios de proximidad y de relaciones, aplicar la justicia social, hacerse cargo de un futuro complicado, sin perder el ánimo porque tiene el apoyo de la Palabra de Dios, y el futuro de la Jerusalén celeste le impulsa a seguir adelante[35], venciendo al egoísmo desde el dinamismo de la fe, y animado por la fuerza del Espíritu edificará un nuevo mundo en la paz, justicia y fraternidad, al margen, pues, de proyectos particularistas e ideologías totalitarias[36]. El cristiano, pues, se compromete en este mundo en nombre del Reino de Dios: “Por tanto, según el mensaje cristiano, la actitud del hombre para con los hombres se completa con su misma actitud para con Dios; su respuesta al amor de Dios, que nos salva por Cristo, se manifiesta eficazmente en el amor y en el servicio de los hombres. Pero el amor cristiano al prójimo y la justicia no se pueden separar. Porque el amor implica una exigencia absoluta de justicia, es decir, el reconocimiento de la dignidad y de los derechos del prójimo. La justicia, a su vez, alcanza su plenitud interior solamente en el amor”[37].

2.4. El nuevo humanismo evangelizador de la doctrina social de la Iglesia. En la doctrina social de la Iglesia encontramos una forma de entender al hombre que ciertamente manifiesta su espíritu evangelizador.

La acción comunitaria de la doctrina social de la Iglesia. Nuestro mundo si no puede ser más que globalizado de modo que se ha de vivir como si fuéramos una gran familia, sin embargo, en la realidad, nos hallamos con que cada uno de los miembros vive como a su aire, demasiado individualmente y centrado en si mismo, sin negar al otro, pero tampoco sin estar suficientemente unido a él, y esto choca grandemente con la esencia misma de la fe cristiana que nos comunica la esencia de Dios: ser en comunión, y la llamada al hombre a vivir en unión. La doctrina social de la Iglesia es expresión de este ser comunitario y presenta al hombre como comunidad- unión, de modo que no puede ser persona si no es en la unión con los demás (PP 43).Se puede presentar, tanto a la comunidad cristiana como a la humana, una forma de ser persona que puede cambiar la vida de la sociedad haciendo crecer significativamente a los seres humanos.

Es Buena Nueva, en medio de un mundo lejano a la unión, ya que presenta al hombre creado por Dios como comunión (Gn 2,18-24; GS 24), y destinado a la comunión divina: orientado a una vida en plenitud en comunión. Esta vida en unión, desde el origen hasta el destino, se apoya en la vida divina: Dios es corriente amorosa entre sí,  Padre, Hijo y Espíritu Santo y ahí está su unidad, su ser ad intra; Dios se hace desvelamiento en la comunión amorosa por el Hijo en el Espíritu, vive en comunicación constante de amor; pero también es comunicación ad extra: se encarna y lleva a cabo la obra salvífica en la entrega del Hijo.

Y aquí se funda la necesidad del hombre de ser comunidad. Se es persona desde la vida en comunicación con los otros; en la Trinidad se encuentra el modelo para ser: salir de sí para ser amorosamente con los otros; sin esto, sin la comunicación y unión profunda con los demás no se es persona (GS 24).  El hombre se encuentra en el amor de Dios, pero también es cierto que, por ello, no se encuentra si no es entregándose a los otros.

De esta manera la doctrina social de la Iglesia va  a hacer posible  un giro en la misma forma de plantear la vida: siendo constitutivamente con los otros, solo se puede vivir y crecer en unión con ellos. Desde el amor comunitario de Dios la Iglesia se tiene que unir a los demás. No solamente se preocupa por los pobres, en las opresiones y diferencias..., sino que se une a ellos para compartir y solucionar sus problemas. En nombre de Dios comunión se hace comunión, se une a toda la problemática del mundo y pide una vida solidaria.

La dignidad del ser humano. La doctrina social nos presenta al ser humano como imagen y semejanza de Dios, ser inteligente y libre, capaz de conocer y conocerse, de encontrar la verdad y orientar su vida, y llamado a la vida en plenitud (GS 12, 15-17). Con esta visión del hombre puede contribuir grandemente a que exista reconocimiento, respeto, valoración y colaboración entre todos los seres humanos. En una sociedad más de afirmaciones teóricas y legisladas que prácticas, afirma  y realiza, con su presencia en todos los ámbitos, el respeto y valoración del ser humano; hace presente aquellas palabras de S. Pablo: “ya no hay judío ni griego; ni esclavo ni libre; ni hombre ni mujer, ya que todos vosotros sois uno en Cristo Jesús” (Ga 3, 28). El ser humano tiene que ser reconocido y valorado, sin marginaciones y negaciones.

Como consecuencia, la doctrina social de la Iglesia es cauce de evangelización en la sociedad proclamando la igualdad de todos los hombres. No hay para ella exclusión de nadie; se dirige a todos y reconoce a todos por igual; aún sin ser creyentes, son objeto de su atención y amor. Cualquiera de los problemas que afronta: hambre o subdesarrollo, trabajo o marginación, riqueza u opresión, siempre lo hace desde el interés por todos los hombres; y si afronta realidades complicadas es porque considera a todos los hombres por igual; una igualdad no entendida como uniformidad sino como diversidad para la unión; es decir, los hombres son iguales en cuanto que, desde la diversidad, se reconoce y acepta a todos por igual, se orienta la actividad hacia la colaboración, hacia un reparto adecuado entre todos, a un saber participar de la riqueza lograda. La Doctrina social de la Iglesia contribuye a esta igualdad del género humano al proclamar el plan de Dios sobre el hombre: Dios lo crea en diversidad pero en igualdad, diversos para la realización y la plenitud (GS 29-32).

Un humanismo integral y de valores fundamentales. A lo largo de la historia de la humanidad el peligro ha estado en acentuar una de sus dimensiones anulando prácticamente las otras; hoy en día parece que la técnica puede solucionar todos los problemas del ser humano y, por consiguiente, ha de ser la realidad que conduzca la existencia. Pero el hombre no se realiza si no es a través del desarrollo de todas sus dimensiones: intelectual, económica, política, moral, religiosa, social… En este sentido la doctrina social es fundamental pues nos habla de un desarrollo integral (PP 14-20)[38]: el ser humano no crece solamente con cantidad y acumulación de bienes, con poder, o conocimiento, sino con activación de todas su posibilidades: intelectuales, materiales, religiosas y morales; el verdadero desarrollo está en el ser y no en el tener. Y el verdadero desarrollo no se lleva a cabo si no es a través de la transformación radical de la existencia y el mundo, cambiando los pequeños o graves males que afectan tanto a la vida personal como la comunitaria. Para ello la doctrina social nos presenta los grandes valores de solidaridad, verdad, amor, bien común, gratuidad, reflexión, cultivo de la interioridad, y respeto a la vida. Hallamos, pues, los elementos fundamentales con los que hoy la Iglesia puede contribuir a una evangelización en medio del mundo[39].         

3. La Doctrina Social de la Iglesia en el año de la Fe.
Cómo vivir la fe desde la Doctrina Social de la Iglesia: llamadas, vivencias y acciones

3.1. El año de la fe. El Papa nos ha convocado a la celebración del año de la fe. Recordando un hecho fundamental para la vida de la Iglesia como fue el Concilio Vaticano II, al celebrar el cincuenta aniversario de la apertura, se nos brinda la oportunidad de, como entonces se renovó la vida cristiana y se recuperó la confianza y la firmeza en Dios, retomar otra vez el camino de la verdad y de la vida en nuestra historia.  Se trata de redescubrir, profundizar en la fe, adentrarse un poco más en la vida de Dios que es quien transforma y salva. Para ello hay que descubrir de nuevo como alimento, por una parte, la Palabra de Dios y, por otra, la Eucaristía; en la Palabra y la Eucaristía sigue viva la enseñanza del Salvador. Por tanto, se trata de renovar e incrementar la fe en Jesús, convertirse a Él como el único Salvador y pasar a una nueva vida. Pero no podemos olvidar que esta fe es un don para todo hombre, y debe ser proclamada y vivida en tiempos nuevos, como el Vaticano II la ubicó en otros tiempos. Es preciso, por tanto, el compromiso por la evangelización para descubrir la alegría del creer y del amor hoy.

Tiempo para rememorar la fe, es decir intensificar la reflexión para que todo creyente pueda conocerla mejor y adherirse al Evangelio de forma más consciente y plena, y para transmitirla mejor; también para confesar, celebrar y testimoniarla hoy en medio del mundo en el que se vive: el cristiano tiene que exponer lo que es la fe y la fuerza que tiene para su vida y para la vida del mundo, ha de aceptar sus contenidos en la mente y en el corazón, llenarse de ella en la celebración y saber expresar con sus obras, un estilo de vida creíble, que sea atractivo para el hombre de nuestro tiempo. Y lo tiene que hacer con un lenguaje comprensible y claro adaptado a los hombres de este tiempo.

Vivir la fe también implica intensificar la caridad. No resulta fácil que se acepte la fe en Dios y en Jesucristo hoy, si en ella no se encuentra interés por el hombre y las tareas y conquistas logradas, si no se atienden realidades que están confundiendo, minimizando e incluso despreciando al hombre, si no se muestra una cercanía y ayuda a la vida y al mundo actual. Por ello, la fe se tiene que manifestar a través de las obras. La fe sin caridad no da frutos, y la caridad sin fe es un sentimiento a merced de la duda.

La doctrina social de la Iglesia tiene que ver con la fe. Nos da a conocer el mensaje en la sociedad acercándonos a la realidad y problemas  de la sociedad, lo presenta como verdad para la comunidad humana; nos indica cómo ve la misma, qué verdades aporta y cómo puede cambiar; y nos hacer ver cómo se ha de vivir en una realidad tan compleja. Siendo la sociedad uno de los campos donde más dificultades ha encontrado el cristiano para comprender y vivir la fe, la doctrina social orienta nítidamente en la vivencia de la fe; por una parte hace salir del ámbito privado redimensionándola públicamente, pero por otra, aporta valores y directrices de acción para los diversos campos de la existencia humana. Así ha procedido a lo largo de toda su historia, ayudando a los cristianos a vivir la fe dentro de la problemática que existía: como el mensaje de Jesús entra en la dimensión social, como su seguidora, entra en todas las realidades, y así va diciendo lo que desde la fe se ha de hacer en el trabajo, en la pobreza, en las diferencias e injusticias, en el subdesarrollo, en la organización de la polis, en el mundo de las finanzas, en las relaciones internacionales, en la tecnología o en los referente a la transmisión y conservación de la vida humana[40]. Y es una fe en amor, ya que la doctrina social y, por ella, el cristiano dedica su vida a marginados, excluidos, a quienes hay que atender y socorrer, porque en ellos ve el rostro de Cristo. Por la fe reconocemos en quien pide el amor, el rostro del Señor, y lo miramos a él y al mundo amándolo para cambiarlo, venciendo el mal y viviendo la fe en las pruebas con esperanza.

 Hace ver, de forma especial, cómo la fe puede transformar el mundo, la presenta como una de las fuerzas fundamentales sin la cual el mundo no funciona correctamente; por ella se da auténtico sentido a las realidades, se las orienta hacia la plenitud, y las enmarca dentro de la verdad y del bien: el mensaje cristiano no se conforma ni identifica con ninguna realidad humana, ya que espera la salvación más allá de este mundo, pero en nombre de esta plenitud que Dios dará, va actuando renovando todas las cosas; por esto, la doctrina social de la Iglesia actúa en la sociedad purificando aquellas realidades que no manifiestan la verdad de Dios, va impulsando un poco más el presente perfeccionándolo, sin pararse en ningún proyecto concreto. Así da a la fe dinamismo para la acción, relativizando acciones y proyectos con soluciones definitivas, manteniendo siempre en estado vigilante para purificar los males e imperfecciones que aparecen, y dando siempre el paso hacia adelante de una vida mejor. Dicho de otra manera, la doctrina social hace que la fe sea vista y vivida a través de la liberación y promoción; la fe siempre es verdad de Dios que muestra su amor y, por tanto, presta a liberar de las opresiones; ejerce, pues, su acción liberadora acercándose para denunciar los males e imperfecciones que oprimen al ser humano, o que no le dejan crecer como hijo de Dios. Cualquiera de las encíclicas, sobre todo al comienzo, se sitúa ante una realidad, juzgándola a fondo, tratando de hallar sus males para afrontarlos; pero también abre una vía de cambio y da las verdades y medios para que se pueda lleva a cabo un desarrollo pleno para el ser humano y su realidad comunitaria; por ejemplo, ante el subdesarrollo se propone el desarrollo integral y universal (PP), ante la tentación de la inactividad ante los problemas sociales el compromiso por hacer una sociedad mejor (OA), ante  el individualismo la solidaridad y amor (CIV).

Algunas llamadas para los cristianos de hoy.

Conocimiento de la doctrina social de la Iglesia. Hoy en día es fundamental un conocimiento de lo que es y aporta la doctrina social, ya que nos introduce en la realidad social para allí responder, desde la fe, a su problemática. En ella encontramos principios  que iluminan y nos dirigen, y acciones que nos ayudan a expresar la fe; por lo que ha de fomentarse su lectura, estudio y comprensión entre los fieles cristianos, introduciendo en la catequesis la dimensión social del mensaje, y dando a la acción celebrativa dimensión profunda de ejercicio de justicia y caridad. Con ello contribuimos a que nuestras comunidades se sitúen mejor en el mundo e iluminen los problemas.

Fomentar formas de solidaridad y comunión. Vivimos, la mayoría de las veces, muy individualmente y, sin embargo, los cristianos sabemos que hemos de testimoniar e indicar la comunión. De aquí el esfuerzo por fomentar acciones comunitarias en las diversas comunidades, resaltar en la Eucaristía que somos comunidad y hemos de vivir más unidos; llamar a sensibilización con problemas del mundo como el hambre, catástrofes, crisis económica, injusticias... Una comunión que ha de irse suscitando desde la solidaridad tan necesaria en nuestra historia: empatía con los pobres y marginados, maltratados, enfermos, analfabetos y parados. Y esto lo puede aportar la doctrina social; sus documentos reflejan esta solidaridad con todas las personas que peor están ubicadas y atendidas en la sociedad; además pide esta solidaridad con ellos: con sectores marginados, países míseros, sectores inmersos en la injusticia y opresión, compartiendo con ellos lo que se tiene, ya que los bienes son para todos y de ellos hemos de participar. Hay un texto muy antiguo que expone claramente esta dimensión de la común utilidad de los bienes. Es de S. Basilio, y dice así: “¿A quién, dices,  hago agravio reteniendo lo que es mío? ¿ Y qué cosas, dime, son tuyas”? ¿Las tomaste de alguna parte y te viniste con ellas a la vida? Es como si uno,  por ocupar primero asiento en el teatro, echara luego fuera a los que entran,  haciendo cosa  propia lo que está allí para uso común. Tales son los ricos. Por  haberse apoderado primero de lo que es común, se lo apropian a título de ocupación primera. Si cada uno tomara lo que cubre su  necesidad y dejara lo superfluo para los necesitados, nadie sería rico, pero nadie sería tampoco pobre”[41]. Por tanto ha de formarse en el sentido comunitario a través de la colaboración, participación, contraste de pareceres, tareas comunes, y en el descubrimiento de las dimensiones que tiene el ser humano, y cómo ha de dedicarse a ellas para desarrollar su persona.

Sentido crítico y constructivo en las realidades económicas, políticas y sociales. Desde la doctrina social de la Iglesia hallamos vías por las que hemos de guiarnos ante las realidades económicas, políticas y sociales. Por una parte, nos da el sentido crítico: nada es perfecto, en ellas existen realidades poco en consonancia con la verdad evangélica y, por tanto, para ser fieles a nuestra fe, hemos de denunciar todo aquello que perjudica a la persona, todo lo que no contribuye a una vida justa y humanizante, el falso desarrollo, las injusticias del liberalismo, los defectos  de una sociedad tecnológica o la utilización de medios técnicos no para el bien del hombre; por otra parte, no solamente denuncia sino que también anuncia, ha de presentar las alternativas que se ofrecen desde la fe:  un humanismo integral, justicia social y bien común.



[1] R. ALBERDI-R. BELDA, Introducción crítica al estudio del marxismo, Madrid 1977. También el liberalismo, aunque de forma diversa, enjuicia duramente a la doctrina social de la Iglesia afirmando que la Iglesia es un reducto de formas políticas absolutistas que no se abre a la libertad y poder de la razón y de la ciencia, oponiéndose, por tanto, a la acción libre de la persona y la construcción de la vida en democracia. Cfr. VARIOS, Ética y democracia, Vitoria 1989, 204 ss.

[2] E. CHIAVACCI, Diccionario Teológico Interdisciplinar, Salamanca 1983, 360-372; J. Mª DIEZ ALEGRÍA, “De la doctrina social de la Iglesia al mensaje social del Evangelio”, en: VARIOS, El Vaticano II veinte años después, Madrid 1985, 331-358; J. C., SCANNONE, Teología de la liberación y doctrina social de la Iglesia, Madrid 1987, 186ss.

[3] G. GUTIERREZ, Teología de la liberación, Salamanca 1969; J. B. METZ, Teología del mundo, Salamanca 1971; La fe en la historia y en la sociedad, Madrid 1981; J. ALFARO, Esperanza cristiana y liberación del hombre, Barcelona 1975.

[4] En la primera opinión se sitúan J. L. Gutiérrez, F. Guerrero y B. Sorge; en la segunda G. Jiménez y conjunto de teólogos fundamentalmente latinoamericanos del equipo SELADOC; y en la tercera J. Mª González Ruiz, V. Baillo, E. Chiavacci, y M.D. Chenu.

[5] SÍNODO DE LOS OBISPOS, Documentos, Salamanca 1972, Introducción 4-5 y II, 2.1-2. Se citará en adelante SinJus.

[6] PABLO VI, Evangelium nuntiandi, 4, Roma 1975. De ahora en adelante se citará siempre EN.

[7] EN 5.

[8] EN 23.

[9] PONTIFICIO CONSEJO JUSTICIA Y PAZ, Compendio de Doctrina Social de la Iglesia, nº 21, Madrid 2005, 13-14. De ahora en adelante se citará CDSI.

[10] Así gustaba a Juan Pablo II llamar a la globalización. JUAN PABLO II, Discurso al Cuerpo Diplomático: Ecclesia, 22 de enero del 2000, número 2.981, pág. 22-25. Puede consultarse también el “Mensaje dirigido a Mons. Fouad El-Hage, presidente de Caritas Internacional (Vaticano 7 julio. 03), en el que el Papa afirma lo siguiente: “La mundialización ha pasado a ser el horizonte obligado de toda política. Para que la solidaridad sea mundial es necesario que tenga en cuenta a los pueblos del mundo entero. Esto requiere todavía muchos esfuerzos y sobre todo garantías internacionales para las organizaciones humanitarias, relegadas a veces fuera de los lugares conflictivos, porque no existen garantías de seguridad para ellas, ni se les consiente el derecho de ayudar a las personas".

[11] Paralelamente lo encontramos en Mc 16, 15-16, Lc 24, 47 y Hch 2, 38. Marcos amplía la misión con las señales que la van acompañar al creer en Jesús (echar demonios, hablar lenguas, inmunidad ante el mal, curar enfermos). Lucas simplemente afirma la predicación en nombre de Cristo para el perdón de los pecados a todo el mundo, y Hechos continúa esta idea de Lc 24, 47.

[12] EN 50.

[13] EN 52-53.

[14] CDSI 60-62.

[15] CDSI 63.

[16] En el encabezamiento o destinatario de las encíclicas se aprecia incluso esta apertura cada vez más universal. Hasta el año 1963 los destinatarios son los miembros de la Iglesia: patriarcas, primados, arzobispos, obispos, sacerdotes y fieles; a partir de este año, con la publicación de la Encíclica Pacem in terris, la doctrina social de la Iglesia se dirige también a los hombres de buena voluntad.

[17] CDSI 64.

[18] PABLO VI, Carta apostólica Octogesima adveniens (OA) nº 4, en ONCE GRANDES MENSAJES, Madrid 151993, 496.

[19] CDSI 63.

[20]Hay teólogos que, siguiendo el método y la línea marcada por la Gaudium et Spes, hacen un esfuerzo por poner en armonía el mensaje cristiano con las realidades terrestres, unir adecuadamente la fe con la realidad social, creer con acción transformadora. En este sentido  se encuentran: J. ALFARO, Esperanza cristiana y liberación del hombre, Barcelona 1975; EQUIPO DE SELADOC, Panorama de la Teología Latinoamericana I-V, Salamanca 1975-1986. G. GUTIÉRREZ, Teología de la liberación, Salamanca 1969;  J. B. METZ, Teología del mundo, Salamanca 1971.

[21] Preceptos e Instituciones del Antiguo Testamento, como atención al extranjero y emigrante (Ex 22, 20; Dt 10, 18), no explotar al pobre (Dt 24, 14), remisión de las deudas (Dt 15, 7-11), año sabático y jubilar (Lv 25, 17.8-17), manifiestan esta dimensión pública de la fe en Dios. Sobre el sentido de estas realidades es interesante la aportación de Francisco Laje Cfr.  F. LAJE, La remisión de las deudas en la legislación del Antiguo Testamento, en L. ALVAREZ VERDES- M. VIDAL (Ed.), La Justicia Social, Madrid 1993, 21-35.

[22]J. ALFARO, Cristianismo y Justicia, Madrid 1973; R. SCHNACKENBURG, Reino y Reinado de Dios, Fax 1974; J. L., SICRE, Con los pobres de la tierra, Madrid 1984.

[23] GS 3, 11, 32; PP 13; OA 4-5; SRS 1 y 31. Puede comprobarse también esta dimensión en el Sínodo de la Justicia en el mundo del año 1971, (SInJus, Introducción 4-5 y II, 2.1-2), y en los documentos de Medellín y Puebla (Cfr. CELAM, Medellín. Conclusiones, Bogotá 111979. Se citará: Medellín; CELAM, Puebla. La Evangelización en el presente y en el futuro de América Latina, Madrid 1979. Se citará: Puebla); Medellín, Introd. 6; Justicia II, 3-4,6; Puebla: 79, 83-84, 98, 128-133.

[24] SInJusII, 1.6, pg. 66-67. La Iglesia actúa en el mundo por el mensaje del amor de Dios que ha de anunciar, proclamar y vivir. En Gaudium et Spes se aprecia ya nítidamente esta reflexión (GS 1-3 y 10), y se va a considerar esencial en los años 68, con las reuniones del episcopado latinoamericano: Medellín: Justicia 3-5, 26-27.  En este mismo sentido se expresa la carta apostólica Octogesima adveniens de Pablo VI (OA 1, 4), y posteriormente Sollicitudo rei socialis (SRS 41-42 y 46-48).

[25] El Compendio afirma que tanto el hombre como el mundo tienen su plenitud en Dios, y por ello no puede realizarse en este mundo un proyecto pleno, y poner el entusiasmo en falsas utopías; tampoco el hombre puede ser instrumentalizado por estructuras de orden económico o político. Sin embargo también se afirma que, aún superando el proyecto futuro de Dios las posibilidades y aspiraciones de este mundo, sin embargo se puede y debe, por él, ir venciendo las debilidades del mismo, aunque siempre ha de verse como algo provisorio. Algo parecido encontramos en los números 49-58 donde se  expone la misión que tiene la Iglesia, una misión que brota del mensaje: anunciar la salvación, anunciar el Reino que, si bien, es realidad de futuro, que mantiene en esperanza, sin embargo suscita el trabajo en el presente.

[26] La Iglesia quiere estar a favor de la dignidad humana y se pone de parte de los no considerados. A través de la reflexión en Medellín, Puebla y Santo Domingo, responde, desde el Evangelio, a las situaciones que se dan en aquella sociedad: Medellín, Pobreza 4-7, (Medellín 10), (Puebla 16; 27-62; 84-93); Santo Domingo, La promoción humana, (Domingo157-227). En esta misma línea se sitúan las encíclicas de Juan Pablo II, Laborem exercens (1981), Sollicitudo rei socialis (1987) y Centesimus annus (1991). En ellas Juan Pablo II no reflexiona directamente de la dignidad, pero, al hablar del trabajo en Laborem exercens, pide una mejor consideración de los trabajadores, y precisa el valor y sentido del trabajo: algo de la persona con lo que se enriquece y  “humaniza”. Con el recuerdo en Sollicitudo rei socialis de la Populorum progressio, Juan Pablo II se pone de parte de la solidaridad y está manifestando el deseo y exigencia de que todos los seres humanos sean valorados en igualdad. En Centesimus annus se aboga por una sociedad totalmente diversa de la que ofrecen tanto el comunismo, como el capitalismo; quiere una sociedad donde exista la libertad, igualdad y responsabilidad para todos los humanos.

[27] J. B. Metz habla de la fe como una memoria subversiva. Creemos en un Dios revelado en Cristo que subvirtió la vida humana personal y comunitaria. Por ello, quien cree ha de llevar a cabo la vida evangélica, subvirtiendo el orden existente. Cfr. J. B. METZ, La fe en la historia y en la sociedad, Madrid 1979, 102.

[28]Medellín, Promoción Humana, 1 Justicia II, 5.2. También: Introduc. 5.2; 6 (Cita a Gaudium et Spes 39).

[29]EN 31.

[30] CDSI 66,

[31] Pio XI en la Quadragesimo Anno (QA), nn 117 y 118, rechaza al socialismo moderado, aunque busque la justicia y rechace la lucha de clases, por negar la verdad religiosa y hacer de este mundo un ámbito estrictamente materialista.

[32] BENEDICTO XVI, Caritas in veritate 56, Madrid 2009, 11. (En adelante se citará CIV)

[33] CIV 78.

[34] Todo el capítulo III de la Encíclica, concretamente los números 34 al 42, transmite estos valores fundamentales.

[35] PABLO VI, Octogesima adveniens (OA) 12, en J. IRIBARREN-J. L. GUTIERREZ, Once grandes mensajes, Madrid 151993, 501.

[36] OA 37, 48 y 49. También en esta línea se sitúan Sollicitudo rei socialis (SRS) y Centesimus annus (CA)  (SRS 31) (CA 25).

[37] SInJus II, 1.5, también II, 2.1-2 y III, 1-9.

[38] En este sentido se debe ubicar también la Caritas in veritate del Papa Benedicto XVI. Toda ella,  sobre todo en los tres primeros capítulos, nos da una visión integral del desarrollo.

[39] CIV 1-6, 16-19, 34-36, 48-50, 74-77.

[40] Documentos como Rerum novarum, Mater et magistra, Gaudium et spes, Populorum progressio, Laborem exercens, Centesimus annus y Caritas in veritate, no por intereses propios de fuerza o poder, sino por fidelidad al mensaje y, por consiguiente, por tenerlo que transmitir y vivir, han ido ubicando y viviendo la fe en diversas realidades.

[41] “Destruam Horrea mea” 7 (PG 31) 276; también S. JUAN CRISÓSTOMO, Homilía sobre 1 Tim (PG 62) 562-563; In Génesim Sermo I, 4 (PG 54) 586; Homilia in Epist I ad Corintios XI, 5 (PG 61, 94); S. GREGORIO NACIANCENO, Oratio XIV: De pauperum amore, (PG 35) 857-910.

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