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Mater et magistra: apuntes para una propuesta ética

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Miércoles, 14 de Septiembre de 2011

Con Juan XXIII  (1958-1963) y su aggiornamento, la Iglesia inicia un modo nuevo de estar en el mundo. La Mater et Magistra constituye un icono de este posicionamiento, constituyendo un auténtico “puente entre el planteamiento anterior de la DSI y los cambios introducidos por Juan XXIII en el Vaticano II”.[1] Anticipándose a la globalización, mundializa el enfoque de la “cuestión social”, que ya no se refiere exclusivamente a la “cuestión obrera”. Al mismo tiempo,  cambia de método y de estilo: más profético, más vital y menos “corporativista” y defensor de “los derechos de la Iglesia”. La contribución de la Iglesia a la sociedad, se entenderá desde la clave del servicio, como contribución solidaria a la promoción de la dignidad de la persona y de sus derechos fundamentales.

Mater et Magistra y Caritas in Veritate pivotan en torno a dos polos: Dios y el ser humano. Como no podía ser de otro modo, se trata de un Dios humanado y de un ser humano “integral”. Es la forma de superar el olvido de Dios (MM 208 y CV 78) y el olvido del hombre (MM 242-244) Además, la aproximación a la realidad se hace desde una visión amable y positiva sobre el mundo, perspectiva no incompatible con la necesidad de un discernimiento profético.

Formularemos de manera sucinta algunos desafíos éticos que nos sugiere una relectura de la Mater et Magistra a la luz de la actual situación de crisis.

1.- La primera constatación es elemental: “La Iglesia tiene algo que decir”. El tesoro del Evangelio no puede ser escondido y, como el escriba que saca del arcón lo antiguo y lo nuevo, hay que poner en valor el rico acervo de la DSI. En efecto, “la doctrina de Cristo une, en efecto, la tierra con el cielo, ya que considera al hombre completo, alma y cuerpo, inteligencia y voluntad” (MM 2). Por eso se preocupa de las necesidades de las personas en su vida cotidiana (MM 3) y es fiel al mandato de su fundador ocupándose de lo espiritual y de lo material (MM 4), lo cual es una forma de conservar viva y encendida la bimilenaria antorcha de la caridad, aunando acción y enseñanza social (MM 6).  

2.-  “La realidad habla de Dios”. Ayuda a destacarlo el método del “ver, juzgar y actuar”, felizmente consagrado por la Encíclica (MM 236). Utilizado por los movimientos apostólicos, sobre todo por la Juventud Obrera Católica, supone una “inversión metodológica” que obliga a un primer momento inductivo que necesariamente parte de la realidad.

 Conviene retener este dato: no se trata solamente de una forma de aproximación a la realidad, de un método más o menos discutible de análisis. Su presupuesto es que la realidad, la vida, la naturaleza, la historia, los seres humanos, el clamor de los dolientes son también ámbitos de la manifestación de Dios. Por ello, los creyentes nos acercamos a ellos y utilizamos una metodología inductiva, no por el prurito de saber más, sino para mejor experimentar al Dios que se revela en ellos. Nuestro Dios es un Dios historizado y encarnado. No se puede hacer la experiencia del Dios cristiano de espaldas a la vida y al sufrimiento del mundo. Su perfil trinitario asegura la presencia del Espíritu en el mundo, también aquí y ahora. Por eso, habrá que otear y descubrir sus huellas en los “signos de los tiempos”. Además de en la Escritura y en la Eucaristía, no se debe descuidar el “tercer lugar” de encuentro real con Cristo: “en el rostro de cada hombre, especialmente si se ha hecho transparente por sus lágrimas y por su dolores”.[2] Sólo así, la Iglesia será percibida como inyección de vitalidad en las venas de su pueblo (MM 180).

3.- Ayer y hoy, la Iglesia, para dirigir una palabra autorizada al mundo como Madre y Maestra, no debe abandonar “su lugar natural”. En efecto, la Iglesia surge “fijos los ojos en el Señor” y a los pies de la Cruz (“he ahí a tu madre” Jn 19, 26) y por consiguiente tendrá legitimidad y será fiel a su Señor si permanece a los pies de todos de los crucificados de hoy y de siempre. Eso es lo que quiso expresar el Papa Bueno cuando en habló de “la Iglesia de los pobres”[3]. No se olvide que la Iglesia adquiere toda la legitimidad cuando  defiende derechos ajenos, especialmente de los más vulnerables, y además se deja “pelos en la gatera”.

 4. Mater et Magistra llama a las cosas por su nombre y es sorprendentemente concreta en el diagnóstico y en el tratamiento de los problemas. Incluso se adentra en propuestas técnicas sobre todo en materia de desarrollo agrícola (Cfr. MM 131 ss.) Aplicada al día de hoy, cabría preguntarse si no sería deseable un esfuerzo de mayor concreción en la denuncia de situaciones profundamente desgarradoras e injustas como primera aportación para remoralizar la sociedad. Para no caer en lo mismo que cuestiono, apunto tres cuestiones concretas que precisarían una  mayor denuncia social de la Iglesia. Ciertamente, la crisis (quizá sería mejor hablar de “las” crisis)  es una crisis de arrogancia (Samuelson) o, más precisamente, de decencia (Abadía). Hay una multiplicidad de sujetos responsables, pero algunos han actuado de tan mala fe, de modo tan burdo y grosero que es preciso señalarlo explícitamente: me refiero a los ejecutivos que cobraron cuantiosos bonus antes de quebrar las entidades que dirigían, o a los directivos de entidades bancarias que, en tiempos de serias dificultades para acceder al crédito, perciben unas compensaciones desmedidas. El año pasado, Bruselas abrió expediente a España por no controlar los sueldos de sus banqueros[4]. Éstos, no se olvide, salen del  patrimonio de sus accionistas, de las comisiones que cobran por todo a sus depositarios, de los incrementos de patrimonio inmobiliario a costa de las familias desahuciadas de sus hogares o de las comisiones disparadas por descubiertos en cuenta. La remuneración media que recibieron los consejeros y la alta dirección de las 15 entidades financieras más importantes de España -6 bancos y 9 cajas- creció un 48 % desde 2004 a 2010, lo que supone casi el doble de los beneficios registrados por estas entidades durante el mismo periodo. Lloyd Blankfein, presidente de Goldman Sachs, justifica esta desmesura diciendo que los banqueros hacen "el trabajo de Dios”.

La segunda situación que señalo se refiere las agencias de calificación de riesgos financieros (rating agencies). Aunque son varias decenas, fundamentalmente tres, con sede en Nueva York, funcionan de manera oligopólica controlando más del 90% de la calificación mundial: Standard&Poor’s, Moody’s y Fitch.  Más que valoraciones objetivas usando la econometría, se han tornado en performadoras interesadas de la realidad bursátil, incluso en redomadas embusteras calificando activos financieros con AAA cuando sólo contenían humo. Combatir sus discutibles criterios de valoración de riesgo, solvencia y liquidez, además de independencia y honradez, reclama una regulación estricta de su funcionamiento.

Por fin, me referiré a la clase política, sobre todo a los altos cargos[5] que perciben pensiones vitalicias con tiempos mínimos de cotización. Resulta insultante en un país que supera los 5 millones de parados y en el que más de un millón y medio de hogares no tienen a nadie trabajando y más de 500.000 que han agotado todos los sistemas de ayuda. Naturalmente, se puede sumar el fraude fiscal, tan instalado en la sociedad española a todos los niveles, la economía sumergida, “el trabajo convertido en mercancía, que puede comprarse y venderse libremente en el mercado" (CA 4) las políticas de criminalización e invisibilización de la pobreza, el acoso a los inmigrantes en situación irregular, etc.

5.-  La elocuencia del testimonio. Hoy más que nunca, la Iglesia es consciente de que “su mensaje social se hará creíble por el testimonio de las obras, antes que por su coherencia y lógica interna" (CA 57). Aunque el paso de la teoría a la acción es siempre difícil por naturaleza y no resulta fácil determinar cuáles son las exigencias de la justicia en cada caso concreto (cfr. MM 229), no debemos caer en el pasotismo o la comodidad burguesa. La primacía de la acción nos reclama seguir apostando por la utilización del lenguaje universal que entienden nuestros contemporáneos: el de los hechos. Es testimonio de la caridad y la calidad de vida cristiana se viabiliza en compromiso contracultural con la vida, la justicia, la paz y el desarrollo (CV 15). Es el único lenguaje que, tal vez, pueda penetrar ese caparazón de secularización desilustrada e indiferente a lo religioso y, muchas veces, quizá por ello, insensible también a lo humano. El primado de la acción evitará que se nos perciba como moralizantes o teóricos al uso. Mater et Magistra fue recibida con alborozo porque se le entendía todo y, sobre todo, porque muchas de sus afirmaciones venían ratificadas por obras. Hoy y siempre, la mejor rúbrica de la enseñanza social de la Iglesia son los miles de cristianos y cristianas de toda condición comprometidos en la primerísima línea del sufrimiento desde organizaciones confesionales de Iglesia (Cáritas y otras muchas) y en múltiples servicios de voluntariado, empeñados en la lucha por la justicia y aliviar el dolor de tantos contemporáneos.

6.- Al mismo tiempo, frente a la uniformidad y al pensamiento único, es preciso asumir la legitimidad de opciones diversas y la necesidad del respeto mutuo entre ellas (cfr. MM 238 y OA 50). En definitiva, la necesidad de una propuesta ética que regenere la vida política no es incompatible con el pluralismo; más bien constituye una exigencia de la misma. En ese sentido, conviene no olvidar que en la cosmovisión cristiana, el Espíritu Santo es el garante de la diversidad: sopla dónde, cómo y cuándo quiere y no es apropiable en exclusiva por nadie, ni siquiera por la Iglesia. En verdad, el “otro” cuanto más “otro” sea, más me remite al Totalmente Otro, más me completa, más me cuestiona y más me facilita el acceso a la experiencia del Misterio de Dios. Por eso, en cristiano no existe enemigo y, si alguien se ubica en esa posición, la única respuesta del seguidor de Jesucristo es la del amor. Hay que superar la crispación en la vida pública, el seguidismo acrítico y toda forma de sectarismo y dogmatismo, procurando aplicar la máxima ignaciana de agotar todas las posibilidades para “salvar la proposición del prójimo”. Leer “cordialmente” un periódico diferente del habitual y sintonizar otra cadena de radio distinta de la favorita constituyen un paso saludable para aceptar y –sobre todo- aprender de las diferencias y ser más tolerantes.

 7.- En momentos de crisis es imprescindible volver a lo esencial: urge un fuerte giro antropológico. Acentuado por Benedicto XVI en sus últimas encíclicas, conecta con la idea de MM del “hombre completo” con vocación de vida plena (MM 1).En efecto, ”el ser humano es fundamento, causa y fin de todas las instituciones sociales” (MM 218). Por eso, urge salvaguardar “la dignidad del hombre en general y la vida del individuo, a la cual nada puede aventajar” (MM 192). Anticipándose a nuestros días, señala que, si la dignidad humana es atacada por las “estructuras económicas de un sistema productivo”, éste es “injusto aun cuando, por hipótesis, la riqueza producida alcance alto nivel y se distribuya según criterios de justicia y equidad” (MM 83). Ya hemos visto que ni siquiera como hipótesis se cumple el benevolente presagio.

El ser humano es un ser con vocación de felicidad trascedente y para ello tiene que tener garantizadas la cobertura de sus necesidades (de supervivencia, reconocimiento, identidad, espirituales…).Las necesidades se satisfacen con el ejercicio efectivo de los derechos humanos (de primera, segunda y tercera generación), los cuales son la respuesta institucionalizada a esas necesidades. Por eso, el giro antropológico no puede ser una excusa para dejar de abordar las complejas estructuras económicas, políticas, sociales, etc. en que lo humano se realiza.  

8.- Hay que recuperar el primado de la ética. La economía se ha se reducido a mera econometría (de hecho, las grandes fortunas fruto de la especulación se han hecho a base de modelos matemáticos, ajenos por completo a cualquier otra consideración que no fuese la maximización de beneficios). La ciencia de la asignación de recursos escasos en función de prioridades dadas, se ha olvidado de que la política debe gobernarla y  se debe regir por principio del bien común. Éste se ha reducido al interés general (que no es lo mismo en absoluto) y la ética ha quedado expropiada. Por ello, se impone reinsertar la política y la economía en el orden de los fines, en el ámbito de la ética, No se trata de una mera moralización formal, como si de un barniz externo se tratase. No se pretende ser políticamente correcto sino de transparentar una “ética amiga de la persona” (CV 45) que ayude al ideal de la felicidad. Será imprescindible correlacionar verdad, justicia y amor y romper los compartimentos estancos entre virtudes públicas y virtudes privadas, ética pública y ética privada. Hay que volver al reino de los fines y dejar de absolutizar los medios.

9.- Que no se nos olvide la Justicia. El sentido de justicia que presenta la encíclica, supera con creces la idea de justicia conmutativa. La justicia social aparece como la gran protagonista. Consolidado su estatus, reclama que el desarrollo económico y el progreso social deben ir juntos. Serán precisamente los criterios de justicia los que darán nueva luz a temas clásicos como la propiedad, el salario justo, el trabajo....y esto desde un nuevo enfoque internacional. El término justicia se ha “caído” de los programas electorales y es básico a la hora de repartir las cargas sociales de una crisis que a todos afecta.

10.- No renunciemos a presentar los máximos éticos y a explicitar el horizonte religioso en el ámbito público. Es válido para el ámbito de la bioética y, por supuesto, para el campo de la ética social y política. Sin añoranza de neoconfesionalsimo, pero sin complejos. El proyecto del “atrio de los gentiles”, sobre todo si es jugado en campo ajeno, es una espléndida oportunidad de presentar la novedad del cristianismo. Reconociendo que hay que legislar desde una mínima moralia en una sociedad plural, la sociedad tiene derecho a conocer el sermón del monte y su capacidad de insuflar valores a una sociedad plural. Lo cristiano ha de ser puesto en valor desde las propuestas de máximos como contribución a elevar los listones morales de una sociedad. P.e., ¿cómo se podrá reconciliar el País Vasco sin el cultivo previo de una cultura del perdón?

11.- Hay que recuperar el principio de participación cívica. La democracia es expresión del principio de participación. Entre participación y democracia hay una relación de fin a medio. Ni todo da lo mismo ni todos los políticos son iguales. Aún más importante: la participación no se agota ni de lejos en el rito de las urnas ni en la partitocracia. Este principio bebe de la idea de que las personas no somos borregos. No somos objeto de decisiones ajenas. Podemos y debemos involucrarnos en nuestro destino colectivo. Para ello hay muchas formas de participación: vecinal, parroquial, asociativa, ONG, profesional… La crisis no puede hacernos olvidar que aunque el mercado ha fallado y el Estado no ha cumplido su papel, quien está dando el do de pecho es la sociedad civil. La articulada en el tejido social solidario y la informal a través de la familia. ¡Los abuelos juegan un papel primordial en nuestra calidad de vida! Una eventual huelga de abuelos tendría mucha más consecuencia que otra convocada por los sindicatos .Las familias no son un pragmático colchón de seguridad, sino una mullida red de solidaridad en tiempos de crisis, insuficientemente apoyada y escasamente valorada. Apunte final: con el “yo “no se sale de ninguna crisis sino que se naufraga en ella. Sólo la construcción de un “nosotros” cada vez más amplio y sólido asegura la viabilidad de proyectos que regeneren la vida pública. Hasta el bien común se ensancha con  ampliación de la extensión de su significado: «bien común de la entera familia humana» (MM 78), «bien común internacional» (MM 80), «mundial» (MM 81) y «bien común universal» (MM 71).

La participación de todos no pretende sustituir las responsabilidades del Estado como pretenden algunos. MM 50 señala que la acción del Estado tiene mucho que ver con un orden social justo. Fundamentada en el principio de subsidiariedad, “fomenta, estimula, ordena, suple y completa las realizaciones de la sociedad civil. Igualmente, se reconoce que “hoy día el poder público [tiene...] mayores posibilidades concretas para reducir el desnivel entre los diversos sectores de la producción, entre las distintas zonas de un mismo país y entre las diferentes naciones en el plano mundial” (MM 54). Ello justifica que a los gobernantes “se les pida con insistencia que ejerzan en el campo económico una acción multiforme mucho más amplia y más ordenada que antes” (ib.). Esto, 50 años después, es igualmente válido.

12.- Por último, de cara a las medidas a adoptar frente a la crisis, recordemos que el trabajo es antes que el capital y que el trabajador no es una mercancía. Nunca se puede decidir contra el trabajo. Como muestra de lo mucho que queda por hacer no olvidemos que hace 50 años se decía que una de las formas de cumplir con «el deber de justicia» -el beneficio es función tanto del trabajo como del capital (cf. MM 76)- es «hacer que los trabajadores, en la forma y en el grado que parezcan más oportunos, puedan llegar a participar poco a poco en la propiedad de la empresa donde trabajan» (MM 77).

En suma, la regeneración de la vida pública exige el cultivo simultáneo de virtudes públicas y privadas; la sinergia entre ambas se llama “coherencia”. Para ello hay que procurar que la Iglesia siga siendo Madre y Maestra, un referente del que se pueda decir: “mirad qué diversos y cuánto se quieren”, “¡como tratan a los más débiles!”, “¡qué envidia!: son capaces de perdonar y además son más felices”… No podemos olvidar que la actual situación de desasosiego es una oportunidad para dar ofertas de sentido como la que ofrece el acontecimiento cristiano y visibilizarlo mediante el acompañamiento afectivo y efectivo. Nuestros pequeños espacios comunitarios de calor, acogida, oración, palabra y silencio ayudarán no poco en estos momentos de soledad y angustia vital para muchos. Por otra parte, el durar ya es un acto de significatividad evangélica que pone en valor otro importante capital: la fidelidad. Tampoco se pueden olvidar las virtudes “chiquitas” que humanizan: el ejercicio de la amabilidad en una cultura de la crispación, las prisas y la despersonalización, la dulzura, la ternura, el cuidado…  Sin olvidar el coraje y la audacia frente a la atonía como requisito de lo profético (MM 16) Todo ello pensado y repensado  desde una nueva clave, superando concepciones parciales, corporativas, nacionalistas o corporativistas y localistas: el reto es pensar toda esta regeneración desde la “entera familia humana”, el  “bien común universal”; conscientes de que el problema mayor de nuestra época es el olvido de Dios y el abismo entre el Norte y el Sur (cfr. MM 157).

                                               José Luis Segovia Bernabé
Universidad Pontificia de Salamanca (Madrid)



[1] J. SOUTO (coord.), Doctrina social de la Iglesia. Manual abreviado, BAC-Fundación Pablo VI, Madrid, 2002, 64.

[2] Discurso de Pablo VI, en la última sesión pública del Concilio Vaticano II (7 de diciembre de 1965): AAS 58 (1966) 58.

[3] No se puede escapar la intencionalidad de la Mater et Magistra, aprobada el 15 de mayo de 1961, meses antes de abrir las sesiones conciliares. Es difícil no ver en este documento una cierta declaración de intenciones por parte del Papa acerca de por dónde le gustaría que fuesen las líneas maestras del Concilio.

[4] La Directiva 2010/76/UE del Parlamento y del Consejo, de 24 de noviembre de 2010, exigía una estricta supervisión sobre las políticas de remuneración de la alta dirección de las entidades de crédito, por haber sido, junto con una errática valoración de los riesgos crediticios, una de los causantes de la debacle financiera. Según la memoria anual del banco de Santander, su consejero delegado cobró el año 2010, más de 9 millones de euros. Afectado por la crisis, ha percibido un 10,33 % menos que los 10.2 millones de euros del año 2009.  

[5] 76.000 políticos perciben 720 millones euros/año, el 66% diputados participan en empresas y fundaciones y sólo el 33% se dedica en exclusiva a la política. Resulta de interés por el cúmulo de datos inéditos: Daniel MONTERO, La casta. El increíble chollo de ser político en España, La esfera de los libros, Madrid, 2009.

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