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Los efectos colaterales de la crisis

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Martes, 06 de Julio de 2010

Tenía 13 años.  La emoción que para un miembro de una familia católica  supone el nombramiento de un nuevo Pontífice se transformó en sorpresa al escuchar las primeras palabras que dirigía al mundo: No tengáis miedo. Me costaba entender por qué el primer mensaje que se enviaba desde lo Alto al común de los mortales en estas circunstancias tan especiales, era el de no tener miedo: ¿a quién? ¿de qué? Mi lógica hubiera esperado un anunció más “teológico”: una invitación a la oración o una llamada a una nueva conversión. Pero no, el nuevo intermediario entre el Cielo y la Tierra que venía de un país algo exótico entonces como era Polonia, hacia una llamada a abandonar el miedo.  Los años me han demostrado que yo andaba equivocado y que aquel mensaje era el correcto para una sociedad, la nuestra, caracterizada en buena medida por la turbación.

En este artículo se realizan algunas consideraciones sobre lo que supone la grave crisis económica que estamos viviendo (aunque sin insistir demasiado porque sobre esto existe ya bastante escrito) y algo más de detalle sobre sus consecuencias sociales: en este punto trataré de argumentar por qué las palabras de Juan Pablo II en 1978 están de plena actualidad.

Apuntes sobre la crisis

En este apartado se proponen algunas ideas que ayuden a entender algo mejor lo que está ocurriendo, al tiempo que se sale al paso de algunas afirmaciones que consideramos erróneas.

El primer aspecto a destacar es que detrás de una crisis hay –sobre todo- muchas decisiones equivocadas, por ejemplo, en el caso español las de pensar que hacían falta un millón de viviendas más (y además construirlas). Es esa suma de decisiones equivocadas la que desencadena la crisis y hasta que no se asumen (en algunos casos perdiendo mucho dinero) no se abandona la crisis. Pero esas decisiones no tienen por qué ser decisiones inmorales.  Por supuesto que ha habido excesos, comportamientos reprobables sin duda, sea cual sea la moral que utilicemos como vara de medir. Pero la economía sólo es un instrumento, una oportunidad para comportamientos inmorales y para comportamientos virtuosos. Pensar que la culpa ha sido de una “estructura” económica que ha favorecido los excesos es probablemente tener una visión algo limitada de la libertad humana.

Tenemos que tener en cuenta, la crisis económica es resultado de la presencia de nuevos actores económicos, singularmente India y China. Gracias a la integración del comercio mundial China se ha conformado como la gran fábrica del mundo, lo que supone una reasignación de tareas a escala planetaria. Algunos fenómenos, la superabundancia de activos que hacia rentable casi cualquier proyecto, había demorado ese proceso que hoy ya es ineludible. Ineludible no tiene una connotación negativa, ni mucho menos. Que China se convierta en la fábrica del mundo significa una oportunidad única para que cientos de millones de personas en ese país mejoren su calidad  de vida después de haber vivido un atraso secular. Por otro lado, significa que el resto del mundo deberemos hacer nuevas actividades con mayor valor añadido, lo que supondrá que seremos más valiosos, recibiremos un salario más alto porque sabemos hacer cosas más interesantes y mejorará nuestro nivel de vida. A esta narración algo idílica del punto de partida y de llegada le falta una transición  bastante menos idílica, donde habrá costes personales en forma de desempleo. Y de nuevo España es buen ejemplo. Pero la alternativa es peor, tanto para los que viven en China como para los que vivimos en los países que tenemos que hacer reformas.

La crisis tiene un origen también financiero pero las innovaciones financieras de estos años no deben ser rechazadas frontalmente. En las últimas dos décadas ha tenido lugar una oleada espectacular de innovación financiera. Estas innovaciones han permitido tener una de las fases más largas de crecimiento económico y con menos altibajos de la historia, hasta el punto de que algún economista hablaba de la “desaparición de las recesiones” o de la “gran moderación”. Ahora resulta evidente que algunas de estas innovaciones estaban peor diseñadas de lo que hubiera sido deseable. Sobre todo, desde el punto de los incentivos de los individuos y de las instituciones que han aconsejado la adopción de estas innovaciones por una parte de los consumidores, quizá no suficientemente preparada para ellas. Vender opciones sobre acciones a amas de casa como un producto de ahorro, por ejemplo, no ha sido una práctica recomendable. En definitiva, las innovaciones  financieras han sido un eficaz instrumento para el crecimiento económico aunque su uso inadecuado se encuentra en el origen de la crisis.

Finalmente, la última consideración relevante es que la crisis no cuestiona la ciencia económica ni la economía de mercado. A los economistas se nos acusa a menudo de que “sólo” sabemos luchar contra recesiones pasadas. Como acusación nos resulta tan absurda como acusar a los médicos de no ser capaces de luchar contra epidemias causadas por agentes patógenos que aún no han aparecido. Lo verdaderamente importante, desde nuestro punto de vista, es impedir que un mismo tipo de crisis vuelva a suceder y, en este sentido, la actuación de los economistas parece estar teniendo bastante éxito. En los años treinta, miles de bancos americanos quebraron y muchos depositantes vieron esfumarse sus ahorros. Si bien los bancos americanos eran, en general, pequeños y la quiebra no era un fenómeno tan infrecuente, las consecuencias para el resto de la economía fueron desastrosas. La economía americana llegó a contraerse en términos reales un 12% en un solo año, 1932. Nada de esto ha pasado en el 2008 y es improbable que pase en lo que queda de 2009 y más allá. En buena medida esto se debe a que hoy en día entendemos mejor algunos problemas económicos asociados a las crisis y evitamos así un contagio de todo el sistema financiero que destruiría un gran volumen de riqueza, mucho mayor del que se ha perdido hasta ahora.

El miedo

Dicho esto, la siguiente cuestión es, ¿cómo se está abordando la crisis? Nuestra impresión es que no muy bien. Detrás de los comportamientos de los ciudadanos y de los gobiernos, sobre todo en los países más desarrollados, hay un elemento común en  el que quiero detenerme: el miedo. Se ha instalado un temor que rompe barreras difíciles de explicar: empresas que han perdido un 90% de su valor en menos de un año, cuyos activos bajo cualquier medida son netamente superiores pero que nadie se atreve a comprar. Por el otro lado, se suceden  paquetes fiscales de los gobiernos en unas cantidades que van a marcar sin duda a futuras generaciones  y que se ven apremiados a aprobar si bien con escaso éxito.

Las sociedades que desde los ochenta se han vuelto significativamente más ricas si bien  no de manera homogénea (lo que, por cierto, no necesariamente es negativo) y que al mismo tiempo se han vuelto más mayores (por caída significativa de la natalidad y por el aumento de la esperanza de vida) se han vuelto también más temerosas. Y la crisis no ha hecho más que agravar esta situación.

Podemos destacar cinco dimensiones en lo que –siguiendo a Furedi- se conoce como la “cultura del miedo”, una cultura donde la seguridad es supremo principio moral: la inexistencia de accidentes,  la existencia de daños irreversibles, la excesiva contingencia del acontecer humano,  la seguridad como principio moral y la redefinición de la personalidad.

Nuestra sociedad actual no cree en la existencia de accidentes naturales. Cree que detrás de un accidente hay un funcionario negligente que no terminó bien su trabajo o una empresa avariciosa que ahorró en los medios que lo hubieran evitado. No hay accidentes, lo que existen son daños prevenibles. Los hechos negativos tienen un significado escondido: detrás de la muerte de un joven en un accidente de carretera, hay una lección que aprender: no que a la gente buena le ocurren de vez en cuando cosas malas (probablemente los católicos diríamos que Dios permite hechos cuya dimensión positiva hoy no vemos). Sino que tenemos que construir más autovías o que aprobar leyes más exigentes para controlar a los conductores.

Los accidentes no existen; si en cambio los daños irreversibles. Esta es la segunda dimensión de este fenómeno. Con el loable fin de proteger a los ciudadanos, se nos enseña que la gente no es capaz de hacer frente a la adversidad o de continuar con su vida con normalidad después de un hecho traumático. Son víctimas “heridas de por vida” y discapacitadas perpetuamente por hechos pasados.  Puede ocurrir incluso que seamos víctimas de forma inconsciente. Dado que la escala de los desastres ha aumentado,  hechos que ocurren hoy producen consecuencias que no podemos ni predecir, dejándonos heridos de por vida: en este planteamiento, una educación diferenciada, por ejemplo, que antes no percibimos como traumática puede descubrirse con el paso del tiempo que nos ha marcado indeleblemente. La consecuencia de este planteamiento es clara: tratar permanente a la gente como víctimas especulando sobre daños pasados o futuros es la receta perfecta para la parálisis económica y social

La tercera dimensión se refiere a la excesiva contingencia del acontecer humano. A pesar de que se ha producido un notable aumento de la esperanza de vida, de que vivimos más años y con más salud, la vida cada vez se percibe como algo realmente peligroso: La barrera entre análisis y especulación ha desaparecido porque los análisis se llevan a la situación del peor caso posible. De esta forma, los escenarios apocalípticos proliferan. ¿Qué ocurrirá si cae un meteorito? ¿Y si la biotecnología queda fuera de control? ¿Y si hay armas de destrucción masiva? ¿Y si el sistema financiero colapsa como consecuencia del cierre de un banco?  La técnica del peor caso posible reduce nuestra capacidad intelectual de gestionar la incertidumbre. El riesgo pasa a ser algo a evitar a toda costa, no una oportunidad que hay que aprovechar.

La cuarta dimensión se refiere a la seguridad como un fin en sí mismo, como un principio moral. Hoy lo “bueno” son los “espacios seguros”, “la medicina segura”, incluso el “sexo seguro”. Furedi cuenta en su trabajo una anécdota que refleja con claridad esa mentalidad. En la entrevista con el director del colegio para decidir si elegía esa institución para su hijo, el director le comentó: no se preocupe; para nosotros, la prioridad número uno es la seguridad de su hijo. A lo que él respondió: bueno, tal vez preferiría que la prioridad número uno es que aprendiera matemáticas y a escribir.

Finalmente, mucha gente piensa que las personas no tienen capacidad de hacer frente a las circunstancias  realmente adversas; dudan realmente de la capacidad y de la autonomía individual. Las personas son –en esta mentalidad-   adicta irremediablemente al sexo, al alcohol, o a las compras. La gente es débil y vulnerable. Cada vez más grupos –niños, mujeres, minorías- son definidos como “vulnerables” y el papel de la política es proteger a esos grupos. Tomar riesgos es una conducta reprobable.

Estos cinco elementos permiten interpretar la respuesta que la sociedad en su conjunto (también los gobiernos) está ofreciendo a la crisis y sus claras limitaciones. Queremos que vuelva el mismo mundo de ayer, en el que nos sentíamos seguros y esto es lo único seguro que no va a ocurrir.

Conclusión

Nuestra sociedad ha pasado años tratando de hacer un mundo más seguro, de controlar todos los riesgos; sin embargo, la crisis nos ha devuelto a una realidad más incierta; nos ha “desanestesiado” del sueño idílico que estábamos viviendo.

Esta crisis, como el resto, pasará aunque hoy esto nos parezca muy lejano. Habrá dejado también al descubierto, como las demás crisis, nuestras limitaciones cuyo origen último se encuentra en lo contingente del ser humano. La realidad es que el hombre del siglo XXI, el hombre científico, el que se ha dotado de un sistema económico enormemente  sofisticado, al finalizar el día, se enfrenta –con tanta intensidad como ayer- contra sus miedos. Y aunque resulte paradójico, probablemente ahí radica nuestra esperanza

Referencias

  • Boldrin, M. (2009): Mechanism design and the bailout. Disponible en Noise from Amerika
  • Cabrales, A y Celentani, M. (2009): “Crisis e incentivos en las instituciones financieras” en La crisis de la economía española: lecciones y propuestas. Disponible en crisis09.es
  • Furedi, F. (1997): The Culture of Fear. Continuum Press.

D. Pablo Vázquez
Director Ejecutivo de la Fundación de Estudios de Economía Aplicada (FEDEA) 
y Universidad Complutense de Madrid

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