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La crisis económica, una oportunidad

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Martes, 21 de Julio de 2009

Sin Dios el hombre no sabe donde ir (CiV,78)
La crisis económica, una oportunidad

FuentesAlcantaraFernandoSe decía en los meses últimos que uno de los motivos del retraso de la publicación de la encíclica Caritas in veritate era conocer más en profundidad la crisis económica que está viviendo la humanidad para poder salir oportunamente en la globalización tal como se está mostrando en uno de los momentos históricos más relevantes desde el punto de vista económico (no olvidemos el año 29).

Una vez publicada, parece que la razón de la espera no era tan relevante en cuanto al “momentum” de la crisis como acertar bien con la explicación moral de lo que está ocurriendo. Pues el texto pontificio, su núcleo central, es sobre todo antropológico: para entender el problema de la crisis económica necesitamos iluminarlo con la luz de la verdad sobre el hombre.  Sólo de esta manera podemos afrontar su auténtica solución.

Si durante este periodo de crisis nos hemos sentido un poco, o muy desorientados, es porque nos faltaban razones explicativas suficientes para  abordar los graves problemas sociales. Sólo  desde un sentido integral, desde la base del amor y la verdad  como respuesta a Dios Creador encontramos sentido al desarrollo:“Sin Dios el hombre no sabe donde ir ni tampoco logra entender quién es” (78). Esta es la línea troncal de la encíclica. Y a partir de aquí podemos plantearnos tanto las causas de nuestra situación en el mundo, de su crisis, así como las soluciones que se deben proponer en el campo económico, político y social. Yo me centraré, brevemente, en una parcela de ese gran campo: la crisis económica.

Si nos ceñimos al ámbito de la economía, dado que es constatable que estamos ante una crisis de crecimiento económico,  las consecuencias más importantes son humanas. Incluso las crisis, tal como las contemplan algunos modelos económicos, servirían para la catarsis y la adecuación, selección y renovación de la vida económica si no fuera por sus consecuencias humanas.

Muchos sabían que la burbuja de la construcción requería un nuevo planteamiento. Si no fuera por las consecuencias humanas que se han derivado de esta situación hubiera parecido “terapeútica” esta crisis. Sin embargo estamos ante un desarrollo de dimensiones y valor humanos, que tiene como víctimas a los siguientes grupos humanos:los desempleados, las familias y los jóvenes, los emigrantes y los nuevos pobres.

Cada uno de estos grupos tiene su propia lectura de la crisis y datos peculiares (accesibles en las estadísticas al uso). Pero tener en cuenta la situación de las víctimas de la crisis hay que hacerlo desde un humanismo auténtico, de fines y no sólo de medios o instrumentos económicos que seguramente volverán a ser sometidos a la crisis de sentido en un tiempo futuro. Lo que es evidente es que los recursos económicos han sido sometidos a un uso inadecuado, y la economía se ha convertido en un fin en sí mismo. El desarrollo era y es un desarrollo de crecimiento sin considerar en su justa medida otras finalidades, como es la satisfacción auténtica de las necesidades humanas, la distribución de los recursos y la solidaridad. Por ello, sin verdad el desarrollo humano pierde su razón de ser y su auténtico sentido. Negar la verdad (nuestra sociedad la rehuye continuamente en muchos ámbitos) supone construir una sociedad sin humanismo autentico.

La encíclica rechaza este planteamiento prometeico falto de un horizonte moral. El desarrollo de los pueblos se ha basado en estos últimos años en un deslumbrante desarrollo tecnológico y se ha reverenciado un desarrollo económico que la encíclica califica como  dañino y ficticio “cuando se apoya en los “prodigios” de las finanzas para sostener un crecimiento antinatural y consumista” (68) al cual se le ha sustraído su orientación finalista humana ( ver el Cap. VI, una de las páginas más bellas de la encíclica). Ninguna estructura económica ni respuesta social puede cambiar de raíz los problemas que sufre la humanidad. Estos sólo pueden ser abordados desde la verdad y  la fraternidad, desde el amor y la verdad. Las soluciones no pueden ser sólo ni preferentemente técnicas.

La encíclica sitúa como una forma de afrontar las soluciones que deben venir, cuestión de gran actualidad en esta época de consensos necesarios, a través del  bien común. Bajo la perspectiva no sólo de los derechos sino sobre los deberes que los derechos presuponen, y sin los cuales éstos se convierten en algo arbitrario (43).

También la encíclica introduce planteamientos que son novedosos desde el punto de vista económico y que deben tenerse en cuenta sobre todo de cara a las generaciones futuras ya no sólo por cuestión moral sino como necesidad social y económica debe atender preocupaciones como el grado de apertura a la vida, (44) pues es también y de forma preferente un ámbito donde se contrasta el humanismo integral del desarrollo.

Y creo que se trata de volver a plantearse la gobernanza global de la economía. En la línea de las medidas que se quieren tomar para no dejar que el mundo de las finanzas vaya independiente de la economía real y de la ética (Véase: documento del Consejo Justicia y Paz[1]. Se han dado errores en la economía y en la política a la hora de programar la acción social: a) por creerse autónomos del orden moral (34); y b) por elevar a fines lo que sólo son medios e instrumentos al servicio de un desarrollo humano. Por ello hay que buscar responsabilidades en las personas y en las instituciones que han dirigido la acción económica y política.

Las víctimas de esta acción económica han sido los más pobres. Su situación es insostenible. Y el mercado no podrá por sí sólo cumplir el objetivo de la cohesión social (35), de la recuperación. Necesita formas de solidaridad y confianza recíproca. Este es uno de los capítulos más sugerentes de la encíclica: dar cabida a la lógica del don, de la gratuidad y la lógica de la política. Duro razonamiento en tiempos de liberalismo económico.

En conclusión, la encíclica afronta la crisis desde los fines del desarrollo. Tanto la  sociedad civil (es necesario recuperar la subsidiariedad) como el Estado (necesidad de unir la gestión económica y política) (36), serán los protagonistas de un cambio que ya se está realizando, no sólo a través de las magnitudes económicas. La clave está en no perderse en medio de la vorágine de la crisis. Sin Dios el hombre no sabe donde ir ni quien es.

Fernando Fuentes Alcántara
Profesor del Master de Doctrina Social de la UPSAM



[1] ¿Cómo se ha llegado a esta desastrosa situación, tras un decenio en que se han multiplicado los discursos sobre la ética de los negocios y de la finanzas, y en el que se ha difundido la adopción de códigos éticos? La respuesta a estas preguntas no puede no poner en evidencia que la dimensión ética de la economía y la finanzas no es algo accesorio, sino esencial y debe ser constantemente tenido en consideración e incidir realmente si se quieren llevar a cabo dinámicas económicas y financieras correctas, a largo plazo y fecundas en progreso. En esta perspectiva, la doctrina social de la Iglesia, con la rica variedad de sus principios morales, puede y debe dar una contribución de realismo y esperanza tanto a las cuestiones que hoy se discuten, como la crisis financiera (nº 2).

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