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La Doctrina Social Católica en el cambio de Siglo

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Jueves, 03 de Abril de 2014

ReinhardMarx

Card. Reinhard Marx. Arzobispo de Munich


Intervención con motivo del Encuentro Internacional de la Fundación Centesimus Annus – Pro Pontifice (Roma, 23 de mayo de 2013)
Intervención pronunciada en la sesión inaugural sin texto escrito.
El texto ha sido revisado pero sin quitarle el carácter de discurso hablado


Los tres pilares de la doctrina social de la Iglesia


¿Cuáles son los desafíos con los que se encuentra la doctrina social de la Iglesia en la situación actual? Algunos aspectos ya han sido mencionados en intervenciones precedentes. He entendido esta invitación – por la que estoy sinceramente agradecido – como una invitación a proponer apuntes de reflexión desde mi propio punto de vista. Mi intervención no pretende ser completa ya que sobre estos temas siempre quedaría mucho por añadir.

Querría empezar partiendo de las bases de la doctrina social: en mi “vida anterior” fui profesor de doctrina social – ha pasado mucho tiempo, pero cada uno lleva consigo su historia y yo he conservado la pasión por esta disciplina y por la doctrina social de la Iglesia. Ésta no se da sólo en el Magisterio, que solo es una de las fuentes. Otra fuente es la ética social que se elabora en las universidades. Y agregaría otra fuente, la del movimiento social. Se trata por así decir de un modelo con tres pilares, como a veces se usa decir en Alemania. Podríamos también utilizar el término un poco ambiguo de “catolicismo político”. Se requiere también un movimiento, una acción social, un compromiso político. Acabamos de oir hablar de democracia; hace falta una reflexión ético-social sobre la realidad, sobre los desafíos concretos, con todas las posibilidades de la ciencia, con todos los instrumentos de la razón; la toma de posición del Magisterio no substituye el análisis científico sino que reacciona ante el mismo y, formulando unos principios, incluye el análisis y lo asume en una tradición ética de cuño evangélico en la que siempre se ha dejado espacio para lo que de hecho ocurre en el ámbito de la política, de la sociedad y de la economía.

En este tema de la doctrina social de la Iglesia admito que mis preferencias van al enfoque aristotélico. En términos coloquiales: partimos de la realidad, no de nuestros sueños, no de nuestras ideas. Miramos lo que hay. De siempre la Iglesia corre el peligro de considerar los tiempos pasados como mejores, o de tener una representación ideal de cómo debería ser la sociedad. Y en cambio están los utopistas, quizás no pertenecientes a la Iglesia, para quienes lo nuevo siempre es mejor; es como una mala interpretación de Hegel – la que se ha difundido, y ¡se lo ha merecido! -, pero ambos extremos son igualmente preocupantes.

Prefiero mirar la realidad de frente, antes que soñar con un pasado que nunca ha sido como lo soñamos, o con un futuro que es más o menos una fantasía. Tenemos que ver la realidad – la realidad de Europa, la realidad del desempleo juvenil, la realidad de la crisis financiera, y, sobre este trasfondo de desafíos actuales, intentar comprender y aplicar la doctrina social de la Iglesia con su gran riqueza de principios.

Tampoco creo en absoluto que la doctrina social de la Iglesia sea algo inmutable; naturalmente, ha cambiado. Quiero poner sólo el ejemplo de un destacado representante de la doctrina social de la Iglesia, el obispo alemán Wilhelm Emmanuel von Ketteler, que fue uno de sus grandes precursores. León XIII dijo: “He usado mucho sus escrito y de él he aprendido mucho”. En un principio von Ketteler creyó que había que volver a una sociedad estratificada, eliminando completamente todo lo que habían aportado por un lado la revolución y, por otro lado, el desarrollo de la economía liberal. Sin embargo, poco a poco, Ketteler llegó a admitir que había que tomar lo que hay e intentar corregirlo. Podríamos decir: hay que intentar volver a encarrilar lo que va en una dirección equivocada – pero partiendo de lo que está ocurriendo, y no crearse un mundo ideal lejos de la realidad y de los desafíos reales. Hace falta al contrario estar en el mundo y, con los medios de la razón, del compromiso, del movimiento político y con la fuerza de convicción de los argumentos cambiar aquellas cosas que siempre, en todas las épocas hasta el final de los tiempos, hayan tomado un rumbo equivocado.

Como decía el Concilio Vaticano II, hay que intentar leer los signos de los tiempos a la luz del Evangelio. Esto supone sumergirse en la situación presente, intentar entenderla – cosa bastante difícil, yo no pretendo entender todo lo que ocurre en este momento – y dar, a la luz del Evangelio, una respuesta con los instrumentos de la doctrina social de la Iglesia que nos han sido dados, pero que están en permanente evolución.

De lo contrario no podríamos esperar nuevas encíclicas que nos vayan dando nuevas indicaciones. La doctrina social de la Iglesia debe dar pruebas de su validez, debe demostrar que tiene las mejores respuestas, debe poder competir con la ciencia, discutir con los economistas, dialogar a la par con los que operan en la economía, en la política y en la sociedad. Y creo que puede hacerlo.

Tenemos la formulación de las líneas básicas de la doctrina social de la Iglesia con las que podemos conectar desde cada momento real si nos tomamos el asunto en serio. Este es nuestra tarea y el de encuentros como éste. en los que intervienen actores de la política y de la economía. El texto de la doctrina social, tal como lo enuncia el Magisterio es una cosa; su puesta en práctica, el compromiso para llegar hasta a los partidos políticos, a las empresas y a los sindicatos es algo que nos atañe a todos.

Dos datos fundamentales


¿Cuáles son los signos de los tiempos? Querría citar dos datos de hecho y sacar una conclusión. Uno de los datos ya ha sido mencionado, lo que yo llamaría “globalización acelerada”; no es un tema nuevo, pero querría poner el acento en el cualificativo de acelerado.

No es sólo una cuestión de mercados financieros, sino también de medios de comunicación y de lo que acabamos de escuchar con referencia a la identidad. Muchas cosas pasan a ser, por así decir, más fluidas, flexibles, móviles. Lo experimentamos también en la cuestión de la migración y de la desorientación espiritual. Podríamos lamentarlo, pero no serviría para nada puesto que esta movilidad no disminuiría, no volveríamos a unas condiciones más fácilmente controlables. Ahí está el mensaje que debe dar la doctrina social: debemos buscar, no el retorno a condiciones que se puedan gestionar más fácilmente, sino hacer que las personas sean capaces de sostener sus propias convicciones en un mundo tan fluido y confuso. Se acaba de citar la palabra libertad; sólo existe la libertad responsable.

No se trata por consiguiente de conservar a las personas y de llevarlas a un nicho protector, sino de hacer que sean capaces de afrontar esta fluidez sin que se destruya su identidad. Las encíclicas han abordado esta cuestión de la globalización acelerada. Como bien sabéis, “Caritas in veritate” en este aspecto ha dado lugar a controversia al hablar de una autoridad internacional (¿cómo ha de realizarse?). Se trata en cualquier caso de un desafío: pensar la familia humana también al nivel global. La Iglesia católica lo hace y sostiene que existe esta familia humana. Pero ¿cómo está representada? ¿Cómo se hace ver? Estos son llamadas a la reflexión. Ahí está uno de los grandes desafíos del siglo XXI, incluso para la propia doctrina social de la Iglesia, y es de agradecer que Benedicto XVI haya mencionado este tema de forma tan aguda. Sin duda no resuelve el problema, pero indica la necesidad de organizar la familia humana también en el aspecto institucional, estructural y, por supuesto, subsidiario. ¿Cuál será la respuesta de la Iglesia a esta cuestión? Es un punto decisivo.

¿Nos transformaremos paso a paso en un mundo global sin renunciar a nuestras tradiciones y a nuestra identidad? El Estado-nación es una época relativamente breve de la historia de la humanidad. Ha sido un motor de aceleración de la modernidad, es cierto, pero nosotros en Baviera – yo soy ahora un bávaro por adopción – vemos el Estado-nación de una manera un poco más relativa que en otras regiones de Alemania, y en este sentido pueden existir formas de identidad colectiva distintas del Estado-nación. Pero ¿cómo se presentarán? Aún no lo sabemos. Nosotros como Iglesia podemos preguntarnos: nuestra identidad como católicos, como cristianos ¿es tan fuerte que precede otras formas de identidad? Esta sería una contribución que podríamos hacer a un mundo global, si la identidad católica fuese en todos nosotros tan fuerte que hiciese no decisivas, sino secundarias las identidades nacionales, de clase y de pertenencia a determinados ambientes. Veo aquí un gran desafío para la Iglesia, puesto que tiene, de cara al futuro, un mensaje que permite a cada uno ser a la vez ciudadano del mundo global y profundamente enraizado en un mundo propio de fe y de vida. ¡Sería algo notable!

Mi segunda reflexión, otro signo de los tiempos es lo que defino como “capitalismo desenfrenado”. De esto también se ha hablado ya bastante en esta sede. La encíclica “Centesimus Annus”, que da su nombre a esta Fundación, se publicó en 1991, justo en el momento en que se debatía si el capitalismo era o no vencedor en la lucha entre ideologías y sistemas. Y Juan Pablo II habló muy claro: no es tan sencillo. Si el capitalismo no aporta una respuesta a la cuestión de la justicia y de la participación, entonces está preparando la vía a otras teorías y a la llegada de otra ideología nueva.

Por citar sus propias palabras, Juan Pablo II decía: “Temo que se pueda llegar a una ideología capitalista demasiado radical si se pierden de vista las premisas de un capitalismo encuadrado y definido”. Y sostengo – quizás de una manera algo provocatoria – que ¡es precisamente lo que ha ocurrido!

Todavía no hemos salido de esta trampa, la trampa de un capitalismo desenfrenado, que se podría analizar más intensamente, pero del que sólo quiero recordar aquí algunas claves: capitalismo financiero, economía real y economía financiera ya no están conectados. En la crisis de la deuda se oculta la idea de poder producir siempre más y tener siempre más; no es solo que las próximas generaciones tengan que pagar, sino suponer que habrá siempre tanta abundancia de todo que se seguirá yendo hacia adelante sin parar. Se trata de una ideología de progreso y de crecimiento que ha sido el fundamento de lo que hemos vivido con ritmo acelerado en los últimos veinte, treinta años. Y en estos momentos estamos intentando de alguna forma construir un taller de reparaciones, algo lícito pero que no resuelve de verdad el problema.

Recientemente hablé con un político muy importante al nivel europeo – no quiero citar el nombre – y le pregunté: ¿sabéis de verdad qué hacer en este momento? ¿Entendéis todo lo que estáis haciendo? Me contestó: la verdad es que no. Intentamos evitar algunos errores, pero tengo muchas aprensiones acerca del futuro, temo la aparición de tensiones sociales que podrían poner en peligro nuestra democracia. En este momento no se puede hablar de una solución. Se intenta poner parches, a veces justo donde duele, a veces también en sitios equivocados. De todas formas, pensando en los bancos, me parece claro que no siempre se alcanza la fundamental necesidad ética de conciliar obligaciones y responsabilidades, riesgos y garantías. Se trabajará en ese sentido, seguramente, pero veo muchas estrategias para rodear la dificultad y volver a la situación anterior.

Quería citar estos dos signos de los tiempos; se podrían citar otros, pero aquí estamos hablando de doctrina social de la Iglesia y, por consiguiente: la globalización acelerada, que no tiene marcha atrás, y el capitalismo desenfrenado, que puede y debe ser corregido.

Una nueva idea de progreso


¿Cuál es la conclusión a la que quiero llegar? Creo que podremos encontrar algo en “Caritas in veritate” : en el debate que tiene lugar actualmente en encuentros como éste hace falta abordar un cambio esencial.

Estoy contradiciendo en cierta medida lo que he dicho al principio, y no quiero ser un soñador, por eso me inclino a decir: veamos qué podemos cambiar paso a paso; no es posible cambiar de un solo golpe todo el sistema, crear un mundo nuevo… ¡Cierto, ya sabemos que así no va! Sin embargo en “Caritas in veritate” se nos pregunta: ¿no hay necesidad de una idea nueva de progreso? ¿No necesitamos un concepto de bienestar distinto?

Esta es en efecto la promesa de lo que en Alemania llamamos economía social de mercado, una forma de ver la economía y la sociedad fuertemente inspirada en la doctrina social de la Iglesia. No es lo mismo, pero una se inspira de la otra. La economía social de mercado se basa en un modelo de crecimiento en el que todos tienen una posibilidad material, un trabajo. Y ¿cómo se crean puestos de trabajo si no hay crecimiento? Es difícil contestar.

Los economistas solo pueden contestar: esto no es posible. Admiten que el trabajo se podría repartir de alguna forma, pero sin crecimiento no funciona. ¿De qué crecimiento estamos hablando? Este debate – aquí solo puedo esbozarlo – es muy relevante para la doctrina social de la Iglesia y tenemos que abordarlo. ¿Tenemos realmente idea de que pueda existir una economía que no se base solo en el crecimiento material? ¿Hay otras ideas de bienestar, de participación, de educación y de trabajo? ¿Podemos defender una idea nueva de progreso?

No estaría bien que la doctrina social de la Iglesia mirase para atrás y dijera que las cosas deben volver a ser como en el pasado; hace falta realmente una idea nueva de progreso, una idea para el futuro, un proyecto positivo, una contribución positiva. Creo que el momento es oportuno para hablar de ello. No tengo respuestas, solo puedo indicar las preguntas y alegrarme de que Benedicto se haya referido a ello en “Caritas in veritate”. Por ejemplo en la reflexión sobre la nueva determinación de las relaciones entre Estado, mercado y sociedad y también sobre la economía del don. Y me alegro también que haya empezado con la caridad, cosa que en un principio me preocupaba puesto que, como viejo estudioso de ética social, yo habría empezado con la justicia. Pero luego he entendido lo que quería decir: que todo empieza con un don, el de la vida. Y tomando este punto de partida para la doctrina social de la Iglesia, algo que en un principio no era lo que yo pensaba, se llega a un equilibrio diferente entre Estado, mercado y sociedad.

No existe economía sin mercados. Pero tenemos que cuestionar la importancia de éstos y si queremos una sociedad en la que todo esté basado exclusivamente en lo económico, come venimos experimentando en los últimos veinte años aproximadamente, en ese período en el que todo se viene midiendo con el criterio de la competitividad. En América incluso se desarrollaron teorías sobre una interpretación económica de la familia. Seguramente detrás de tales teorías habría a veces consideraciones inteligentes y no quiero desacreditarlas con un razonamiento moralista. Pero en su conjunto todo ello conduce a una sociedad  con las consecuencias que ahora estamos sufriendo. Y creo que nuestra crítica también tiene su sentido desde un punto de vista económico. Porque no tendría sentido que la doctrina social de la Iglesia sostuviese teorías económicamente irracionales, o que solo dirigiera al mundo llamados morales. Tenemos en cambio que debatir a nivel institucional, también en el ámbito económico, y tenemos muchos economistas que reflexionan en esta dirección. Tenemos que reunirnos con otros, no podemos seguir solo entre nosotros. Hay mucha gente desarrollando interesantes prospectivas al respecto.

Aún en la situación actual, la doctrina social representa para mi una prospectiva razonable, economicamente sostenible, y justa desde el punto de vista social. ¡Pone a la persona en el centro! Siempre es convincente partir de la persona, que también es pecadora, que comete errores, pero que es capaz de obrar el bien y, en fin de cuentas, que tiene una tendencia a elegir el bien.

La libertad invidivudal se realiza completamente cuando la persona elige el bien. De ahí que, en la situación actual, necesitemos un debate sobre el cambio de planteamiento que propone la doctrina social de la Iglesia, partiendo de un enfoque ético al nivel individual. En Alemania hemos redactado junto con la Iglesia evangélica un texto titulado “La democracia necesita la virtud”. De forma análoga querría afirmar que ¡la economía requiere la virtud! En los años y decenios recientes se ha infravalorado la ética individual. Se solía opinar que bastaba un buen sistema de incentivos; la persona se venía considerando como “homo economicus” que para actuar necesita incentivos. Basta leer los textos de muchos economistas. Naturalmente se añade siempre que sólo se trata de una construcción teórica, de una idea, pero esta idea se ha ido acercando siempre más a la realidad y hemos llegado a pensar que las personas realmente son así. Hace falta un cambio de planteamiento y, al mismo tiempo, una mirada a las instituciones. La doctrina social de la Iglesia siempre ha reflexionado sobre las instituciones: ¿qué aspecto deben tener unas instituciones y unas estructuras en las que la justicia y la participación progresen más y mejor?

Debe ser un movimiento que parte de abajo; recuerdo otra vez los tres pilares: no sirve una doctrina social de la Iglesia que venga presentada solo en los congresos, debatida solo por los estudiosos y enunciada solo por los Papas. La doctrina social de la Iglesia debe transformarse también en práctica política, y solo entonces es cuando tomará impulso. Nos corresponde ayudar en este sentido. Como obispos lo podemos hacer solo indirectamente, pero es indispensable para que se ponga en marcha un orden político que se inspire de este pensamiento en su dimensión institucional.

En mi opinión, es necesario – y lo digo un poco como provocación – que miremos más allá del capitalismo. Tenemos que pensar en el futuro. El momento es favorable. Esto no supone cambiar todo lo que sabemos sobre los mercados. Pero el capitalismo lleva a reducir toda la vida social a una sociedad de mercado y esto, no lo podemos aceptar, porque no es razonable. Es irracional porque conlleva una serie de consecuencias que son positivas para algunos, pero negativas para muchos. Sociedad de mercado y capitalismo no son la misma cosa.

Evangelio aplicado


La doctrina social de la Iglesia es para mi el Evangelio aplicado. Naturalmente, en un nivel avanzado de reflexión, y no podemos eludir  un debate intenso con todas las disciplinas científicas, especialmente con la economía. En Alemania había una tradición desde el siglo XIX, o sea desde que se creó la primera cátedra de doctrina social de la Iglesia, según la cual no podía ser nombrado profesor de ética social quien no tuviese también un doctorado de investigación en economía. El primer profesor de doctrina social de la Iglesia fue un sacerdote católico de mi diócesis natal, Paderborn: Franz Hitze. Él había obtenido primero un doctorado de investigación en economía y después había sido nombrado profesor de la facultad de ciencias políticas de Münster. Esta tradición indica claramente que tenemos que estar en el centro del debate de las disciplinas científicas. A veces esto me falta. Hablamos demasiado entre nosotros. Tenemos que buscar un diálogo con los grandes nombres de la economía.

El año pasado intentamos organizar un seminario para un diálogo de este tipo en Chicago, con economistas neoliberales procedentes de la tradición de la llamada Chicago School. Fue extraordinariamente interesante y ellos se mostraron abiertos, se podía debatir, no hemos llegado a una opinión única pero me pareció que la situación era favorable. Los economistas tampoco ya no tienen certezas como en el pasado.

Existen también divergencias muy grandes entre distintas teorías económicas. Ahí es donde podemos aportar algo. Me gustaría aquí expresar unas palabras de ánimo y una sincera invitación. ¡No debemos tener vergüenza de la doctrina social de la Iglesia! Al contrario, tenemos que mantenerla en línea con el cambio de los tiempos y traspasarla de verdad también a la práctica.

¿Cuál podría ser la gran misión? Durante un tiempo la formulábamos así: la economía social de mercado significaba el bienestar para todos. Pero esto hoy lo vemos en parte como un error. Bienestar para todos significa algo material, después de la guerra era comprensible, para salir adelante se necesitaba alcanzar el bienestar. Hoy lo formulamos de otra manera, como lo hemos hecho también en la comisión social de la conferencia episcopal: y decimos: posibilidad para todos. No podemos imponer a nadie su forma de vida. La esperanza es que haya una sociedad en la que no se considere negativamente la libertad, sino que se promueva la libertad responsable. Hacen falta personas que actúen de forma responsable, y para eso tenemos que ayudar. Todos deben tener una posibilidad mediante la educación, el trabajo y la familia. Estos son los ámbitos esenciales en los cuales las personas pueden aprender aquello que les hace sujetos de una sociedad libre. ¡Esa debe ser nuestra idea!

Yo lo defino como acceso dinámico a las posibilidades, que siempre haya una posibilidad para cada persona. Por esto es insoportable, económicamente irracional y moralmente reprobable que una sociedad acepte el 50% de desempleo juvenil. Esto es totalmente equivocado y contradice cualquier razón y cualquier tipo de ética sostenible a largo plazo.

Un acceso dinámico a las posibilidades – creo que ésta es la imagen que la doctrina social de la Iglesia podría presentar para la sociedad del futuro: ¡una oportunidad para todos, siempre! Para que todos puedan organizar su vida libremente y responsablemente, y para que todos puedan reconocer en su vida la gran oferta que debemos anunciar en el Evangelio: encontrar la plenitud de la verdad y de la vida.

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