Presencia de la Iglesia en la Acción Caritativa y Social

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Lunes, 04 de Mayo de 2015

SEMINARIO SOBRE LA PRESENCIA DE LA IGLESIA EN LA ACCIÓN CARITATIVA Y SOCIAL
Madrid, 18 de marzo de 2015 

José Luis Saborido Cursach, S.J.
Área de Justicia y Solidaridad. CONFER

Es muy difícil, en tan breve espacio de tiempo, dar con las claves de todo lo que se nos pide. Personalmente, para empezar, debería ofrecer una primera visión de la situación de la Vida Consagrada en España, para lo que habría personas más capacitadas para ello.

Situación general de la Vida Consagrada española

La Vida Consagrada en España es una vida más bien envejecida, progresivamente reducida en número, a pesar de los 44.000 religiosos y religiosas y los 14.000 misioneros existentes y en proceso de reestructuración en la mayoría de las Congregaciones. En contraste con ello, se mantiene una gran energía física, espiritual y misionera, incluso en las personas más mayores, a quienes normalmente cuesta retirarse de la vida activa apostólica, dentro de una mentalidad que suele ser más bien conservadora, en paralelo con lo que ocurre en el conjunto de la Iglesia española. Todo un “grueso” de personas jubiladas participan activamente en la atención a personas vulnerables en centros propios o ajenos. Es notable la actual convergencia de religiosos y laicos en lo que llamamos “misión compartida”. Existe actualmente una cierta sensación de que la Vida Consagrada, tal como hemos vivido y seguimos viviendo hasta ahora, necesita descubrir unos nuevos paradigmas. Y un buen número de Superiores Mayores y Consejos Generales y Provinciales abogan por la búsqueda de nuevos caminos de intercongregacionalidad, comunidades de inclusión, proyectos comunitarios ecológicos integrales, etc.

La evangelización en España

Supuesto este panorama, ¿cómo valorar la dimensión pública y eclesial de la acción social de la Iglesia y cómo afrontar, desde nuestra sensibilidad de Vida Consagrada, la respuesta a los retos sociales y pastorales de la evangelización en la nueva situación eclesial, política y social en la que nos encontramos?

Tres son los retos que, a mi modo de ver, tiene la evangelización en España: el primer anuncio, la personalización de la fe y el testimonio.

Hoy ya no vivimos en un régimen de “cristiandad”, en el que la, sencillamente, se heredaba. Hoy decimos que la fe ya no se hereda, sino que se propone como oferta libre y respetuosa. Esto exige una transformación radical de lo que llamamos “catequesis” y afrontar decididamente el problema y el reto del “primer anuncio” de la fe. El catecismo y la clase de religión no son suficientes.

El testimonio

Es aquí donde entra de lleno el tema que hoy nos proponemos, aunque todos los temas están interrelacionados.

Hemos hablado de desaparición del “régimen de cristiandad”. Pero éste, en España tiene acentos particulares, los del nacional-catolicismo, como una omnipresencia total y poderosa de la Iglesia como institución, que impregnó todos los ámbitos de la sociedad civil y política, en una completa alianza del trono y el altar. En este contexto tenemos que hacer notar el ancestral anticlericalismo español a lo largo de nuestra historia. Este es un dato que no podemos dar por olvidado porque ese pasado sigue siendo un condicionante de nuestro presente y nuestro futuro.

De ahí que la presencia pública de la Iglesia en nuestra sociedad, incluso desde el testimonio de su compromiso social, ha de ir con pies de plomo y estar avalado, sobre todo, por una acción social totalmente libre de intereses y dobles intenciones más que por muchas palabras y discursos. Es urgente hacer desaparecer de la Iglesia todo tipo de imagen de Iglesia de poder. El sacerdocio ministerial no es un ámbito de poder sino de servicio (EG 104).

El campo de la acción social es tal vez, en estos momentos, el gran capital adquirido por Caritas en estos tiempos de crisis. Un capital que se ha venido dando, no sólo por su asistencia a los miles de personas concretas caídas en desgracia y vulnerabilizadas –que desborda las previsiones de la asistencia social de la Administración- sino por su denuncia de las causas estructurales, sistémicas y políticas de la permanente precarización de la sociedad, ganándose la enemiga de algunos de los poderes políticos. En ese trabajo asistencial la Vida Consagrada ha estado muy presente. Pero muchas veces la acción de Caritas –o de otras organizaciones y comisiones- no logra identificarse con la acción de la Iglesia, cuya imagen visible ante la sociedad, son los obispos o no logran la audiencia y publicidad necesaria.

Muchos de los documentos que emanan de las diversas comisiones de la Conferencia Episcopal tendrían mucha más fuerza si fuesen admitidos, corroborados, firmados y emitidos por la misma Conferencia Episcopal y sus Medios de Comunicación: la condena de los CIES, de la corrupción, de las expulsiones de inmigrantes “en caliente”, los radicales recortes en la Cooperación al Desarrollo, el desmantelamiento del Estado de Bienestar y los derechos sociales, la llamada “ley mordaza”, el fraude y la evasión fiscal, temas todos ellos denunciados por los organismos de la Iglesia, pero sin la presencia explícita y decidida de la Conferencia Episcopal y los Medios de Comunicación de la Iglesia.

Muchas veces se busca que el lenguaje eclesiástico sea equilibrado y prudente, lo que realmente contrasta con el lenguaje claro y contundente de la Doctrina Social de Iglesia, sobre todo de Juan Pablo II, Benedicto XVI y el papa Francisco en sus diferentes encíclicas y exhortaciones apostólicas de corte social.

Un testimonio limpio de segundas intenciones

También en este contexto, desde la sensibilidad de la Vida Consagrada, creemos que la Iglesia ha de dar un testimonio claro de estar a favor de toda vida, sin segundas intenciones proselitistas ni mecenazgos o compañeros de camino, sobre todo en el campo de la política y del empresariado, discutibles en un momento de tanta mentira, doble moral y corrupción social.

Si la Iglesia quiere ser testimonio creíble del evangelio, en el actual “mercado” de ofertas de sentido y frente al anticlericalismo, debería renunciar a muchos privilegios adquiridos que, por muy legítimos que pudieran ser, pueden seguir empañando el testimonio de gratuidad del evangelio y de la intencionalidad evangelizadora. En estos momentos, donde los problemas de la fiscalidad repercuten tan fuertemente en la desigualdad y la pobreza, ¿no sería un gran testimonio eclesial, entre otras cosas, la renuncia a nuestras exenciones impositivas, por legítimo que pueda parecernos? ¿No deberíamos adelantarnos muchas veces a lo que otros, en la sociedad, pueden echarnos en cara justa o injustamente? ¿No deberíamos ser nosotros mismos quienes, desde un espíritu de servicio, igualdad y ecumenismo, planteásemos una revisión de los acuerdos Iglesia-Estado?

Aportaciones críticas de la Vida Consagrada

La Vida Consagrada tiene un enorme “peso social” en la sociedad. Ella debería aportar a la Iglesia la dimensión carismática propia de su particular modo de vida y formar parte también de la presencia pública de la Iglesia en la sociedad. La Vida Consagrada tiene algunos “capitales evangelizadores” en respuesta a los retos pastorales y sociales.

La Vida Consagrada se caracteriza, en primer lugar, por la dimensión profética que significan los tres votos de pobreza, castidad y obediencia y su modo de vida comunitario. Pero no basta con hacer profesión de los tres votos, sino que es necesario hacerlos operativos y darles nuevos cauces en el contexto de la vida y de la sociedad actual. De ahí el esfuerzo de todas las Congregaciones, en sus capítulos, por redescubrir las fuentes de cada carisma específico traduciéndolo a las nuevas coordenadas sociológicas.

La espiritualidad

La Vida Consagrada puede ser un testimonio profético y una llamada permanente hacia la dimensión trascendente de la vida. La espiritualidad, la vida interior y la contemplación puede ser uno de los grandes “capitales” evangelizadores, en una época de desierto y de sed espiritual al mismo tiempo, así como de confusión ante el tan variado mercado de ofertas de sentido. Y debiera serlo también la Iglesia. La espiritualidad y la misericordia suelen estar bien avenidas, pero no así la espiritualidad y la justicia y es necesario esforzarnos por unificar ambas cosas -misericordia, justicia, cuidado de la tierra y espiritualidad- como las dos caras de un único modo integral de vida. En este sentido es grande el reto que se ofrece, a la Vida Religiosa y a los cristianos, desde el punto de vista de la ecología y el consumo sostenible. Todavía somos herederos de una espiritualidad más bien espiritualista e individualista, con bastantes elementos de sola devoción y poca Biblia. En esto parece incluso que se está dando un llamativo retroceso.

El camino de la espiritualidad, la interioridad, la oración y el acompañamiento personal forma parte de la necesidad de personalización de la fe sociológica, a la que antes he aludido. Quizás por ahí van los caminos “proféticos” de buena parte de la vida consagrada joven, más atenta a lo espiritual que a lo social. Pero no deberían ser caminos contrapuestos, sino confluyentes. Hubo un tiempo en que a los mayores se nos achacaba falta de espiritualidad, volcados en la militancia. Hoy en día puede ocurrir lo contrario y es necesario recuperar la espiritualidad de la justicia en la vida Consagrada joven y en los seminaristas, buscando la unidad. Se echa en falta, en el conjunto de la vida eclesial, en la Vida Consagrada joven y en los seminario, un conocimiento y una seria formación en la Doctrina Social de la Iglesia y una criteriología de la vida política, social y económica basada en sus principios a la hora de juzgar las diversas situaciones del acontecer diario. A veces los criterios son más los del seguimiento ciego e ideológico y partidista a determinados líderes y opciones que creen identificarse directamente con el sentir de la Iglesia, sin un verdadero discernimiento sobre ello.

El servicio asistencial

La Vida Consagrada tiene una opción clara y decidida, en todos sus quehaceres, tareas, misiones y criterios, por los últimos, los vulnerables, los ninguneados de la vida, en la amplitud de la palabra vida, que incluye la biológica y la social. Una implicación decidida por las “fronteras” de la vida (o las “periferias” como las llama el papa Francisco). En este caso, se colocan en primer lugar los inmigrantes y las víctimas de los recortes sociales (parados y familias, jóvenes, desahuciados, sin techo, etc.).

Pero esta opción clara por los últimos debe armonizar lo asistencial y lo político. La dimensión política de la acción asistencial de toda la Iglesia, incluidos los religiosos, es todavía una asignatura pendiente y urgente para hacerse creíble. Por eso es necesario cuidar muy bien la calidad del inevitable y urgente trabajo asistencial para unirlo siempre a la denuncia de la injusticia y la transformación de las estructuras.

Mostaza, levadura y sal

La Vida Consagrada, como presencia pública de Iglesia en la sociedad, debe evitar caer en los parámetros de una Iglesia triunfalista y de poder, una vida espectáculo en ceremonias, en acciones incluso de tipo social y en sus monumentos. Más bien debería ser una Iglesia más propia de la levadura en la masa y de la sal en la tierra  Humildad, sencillez y sobriedad, que a veces es lo opuesto de tantas “obras” como hemos heredado y aún poseemos… ¿Cómo deshacerse de tanta riqueza –sobre todo cultural- sin correr el riesgo de que se pierda?

Ojala estemos dispuestos a asumir la inevitable cruz de la incomprensión, la difamación o el desprestigio, sin causa para ello por nuestra parte, si damos pasos realmente decididos a favor de “una Iglesia pobre y de los pobres” (EG 198).

El ánimo de esta comunicación no es tanto la validez o no de mis afirmaciones, sino el deseo de poner sobre la mesa algunos aspectos que, desde la Vida Consagrada, nos parecen que pueden plantearse y dialogarse entre todos.

José Luis Saborido Cursach, S.J.