Retos para la acción y el pensamiento social cristiano

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Lunes, 04 de Mayo de 2015

SEMINARIO SOBRE LA PRESENCIA DE LA IGLESIA EN LA ACCIÓN CARITATIVA Y SOCIAL
Madrid, 18 de marzo de 2015 

Sebastián Mora Rosado
Secretario General de Cáritas

SebastianMoraLa situación histórica que vivimos tiene una densidad y complejidad propia. La situación espiritual de nuestra época viene marcada por una profunda incertidumbre que envuelve cada pliegue de nuestra existencia personal y colectiva. Dicha incertidumbre no es una caracterización superficial o trivial sino que penetra lo profundo de nuestra existencia, creencias o valores colectivos. Aunque vivimos en un universo repleto de datos e información lejos de confrontarnos con un mundo trasparente nos movemos en una “sociedad invisible” (Innerarity) y en muchos aspectos imprevisible. Un mundo que hemos denominado como líquido (Bauman), de riesgo (Beck), difuso (Lefort) y un sinfín de adjetivos que nos conducen a la incertidumbre radical de nuestro vivir.

Hemos buscado la salida a esta paradójica incertidumbre en la incesante búsqueda de información y datos. Sin embargo, el incremento masivo de información ha supuesto, en cierta medida, un incremento masivo de ignorancia. “Más información o una acumulación de información por sí sola no es ninguna verdad. Le falta dirección, a saber, sentido”[1]. Por eso es necesario que busquemos en tiempos líquidos una hermenéutica sólida que nos enraíce en la historia.

Esta hermenéutica sólida hay que buscarla en la “salida misionera hacia las periferias existencias, sociales, culturales y religiosas” (Papa Francisco) y no en el autocentramiento y autoreferencialidad. Frente a un terreno humano oscuro, incierto, dinámico y peligroso corremos a escondernos en campamentos de certidumbres que nieguen todo lo externo, le resten importancia o lo consideren ajeno de lo “nuestro”. Lo que para algunos es terreno pantanoso (la vida y la muerte, la pluralidad en la verdad, la relación con los diversos credos religiosos, la relación entre verdad teológica y científica…) para otros es un escenario cargado de ideas claras y distintas que no necesitan de contraste, vitalidad y experiencia. Esta tentación es la que muchas veces hemos mostrado desde la Iglesia. Esta tentación, en palabras del Papa Francisco, “corre el peligro de caer como un castillo de naipes, de perder la frescura y el perfume del Evangelio”[2]

Otra tentación es la de domesticar las periferias descargándole de su potencial creativo y desestabilizador. En una bella metáfora el Papa habla de llevarse las fronteras a casa, como en un laboratorio. “Cuando insisto en la frontera de un modo especial, me refiero a la necesidad que tiene el hombre de cultura de estar inserto en el contexto en qué actúa y sobre el que reflexiona. Nos acecha siempre el peligro de vivir en un laboratorio, La nuestra no es una fe-laboratorio, sino una fe-camino, una fe histórica. Dios se ha revelado como historia, no como un compendio de verdades abstractas. Me dan miedo los laboratorios porque en el laboratorio se toman los problemas y se los lleva uno a su casa, fuera de su contexto, para domesticarlos, para darles un barniz. No hay que llevarse la frontera a casa, sino vivir en la frontera y ser audaces (…) Domesticar las fronteras significa limitarse a hablar desde una posición de lejanía, encerrarse en los laboratorios”[3].

Voy a proponer cinco retos que me parecen esenciales en estos momentos para buscar esta hermenéutica sólida en tiempos de incertidumbre y desconcierto. Retos que nos alejen del castillo de naipes y de los laboratorios. No están todos los retos que podamos vivir ni hago una caracterización exhaustiva sobre ellos. Tampoco los presento en un orden de prioridad. He tratado de usar un modelo expositivo más provocativo que analítico para poder incitar al diálogo.

1. El reto de la “permeabilidad”[4]

Que en la tradición y presente de la Iglesia hay un corpus amplio e intenso sobre la realidad social es indudable. Ahora bien, este corpus no ha permeado a  nuestras comunidades cristianas y a nuestra sociedad.

Si pensamos en nuestras comunidades eclesiales vemos como el pensamiento y compromiso social queda delimitado en unos cuantos “comandos especiales de la caridad” que desde una inmensa dedicación y agitación parecen los únicos soportes de la acción social de la Iglesia. Somos una Iglesia que ofrece sus manos misericordiosas al mundo de manera parcial y fragmentada. Hemos dedicado muchos años a pensar si estos “comandos especiales de la caridad” eran Iglesia, o tenían identidad eclesial, y nos hemos olvidado, o dedicado menor preocupación, pensar en la identidad social de la  Iglesia. Es decir, que el corazón de los pobres este en el centro del corazón de la Iglesia. Aquí hay un reto esencial al que nos llamaba Juan Pablo II y Benedicto XVI con su estilo personal e intelectual y que en estos momentos clama una y otra vez Francisco: “Una Iglesia pobre y para los pobres”.

Esta permeabilidad es aún menor en la sociedad. La Iglesia es valorada por su acción social, en especial las de sabor asistencialista, y no por su presencia en el mundo. La primera reflexión nos conduciría a acusar al “mundo” de falta de globalidad, de analfabetismo en la DSI o de anticlericalismo radical. Pero deberíamos preguntarnos por la imagen que damos de nosotros mismos. Permitidme una pequeña autocrítica provocadora. Estos años que han pasado la sociedad española la imagen que ha recibido de la Iglesia es su acción asistencial. Acción que ha valorado incluso en exceso a mi entender. ¿Qué más han recibido? ¿Qué posicionamiento claro y sencillo ha realizado la Iglesia? ¿Podemos acusar al mundo de analizarnos desde lo que presentamos? ¿O le pedimos que nos conozcan desde lo que silenciamos? Es evidente que en otros casos o ámbitos de la realidad no ocurre esta paradoja[5].

2. El reto de los juicios particulares

Hace tiempo escuche una frase de Chesterton que me iluminó mucho para entender  como nos posicionamos desde la Iglesia. Decía “la Iglesia puede y debe decir un rotundo no a la guerra. Ahora bien, nunca debería decir no a “una guerra particular””. Esta misma reflexión me la hacía un político español hace pocos días. Me decía que una cosa era que habláramos de la dignidad de las personas migrantes y otra bien distinta era denunciar las expulsiones sumarias en la valla. Creo que nos define muy bien. Hablamos muchas veces desde la barrera situados en el campo de la absoluta abstracción. Vivimos en un modelo ético abstracto y platónico. Hoy en la arena social la batalla por los valores no se juega en los grandes discursos sino en los ámbitos de la “ética aplicada”. Dice algún autor que vivimos en la “edad hermenéutica de la moral” (Moratalla) otros buscan “claves teológicas para el discernimiento ético” (Julio Martínez) porque en la arena de la cotidianeidad nos jugamos nuestra presencia y figura. Esto nos implica en una deliberación profunda desde los juicios particulares que preocupan, entienden y sufren las personas. Claro desde los juicios particulares nos comprometen, son limitados, parciales y, a veces, fáciles de desmontar y criticar. Pero una Iglesia en salida misionera hacia las periferias no puede renunciar al potencial encarnatorio de la visión particular sobre lo social. Hoy en día el “uso público de la razón” nos exige perfumarnos del potencial crítico y profético de las cuestiones particulares en lo social. No hay presencia pública sin lenguaje y posicionamiento concreto. Sin que esto tenga que suponer una pérdida de los valores fundamentales que nos sustentan.

Como dice Francisco en EG “en el diálogo con el Estado y con la sociedad, la Iglesia no tiene soluciones para todas las cuestiones particulares. Pero junto con las diversas fuerzas sociales, acompaña las propuestas que mejor respondan a la dignidad de la persona humana y al bien común. Al hacerlo, siempre propone con claridad los valores fundamentales de la existencia humana, para transmitir convicciones que luego puedan traducirse en acciones políticas” (EG 241)

3. El reto de la movilización de las personas excluidas y empobrecidas

Nuestro modelo de presencia en lo social no ha primado el horizonte de la participación de las personas empobrecidas. En España, con la excepción de la movilización de afectados por la hipoteca, no han existido movilizaciones importantes en la que los protagonistas sean los expulsados y expropiados.

Bastaría leer el discurso del Papa a los movimientos sociales reunidos en Roma para sentir un profundo bochorno y reconocer que debemos encarar con osadía este ámbito.

El “despotismo de la caridad” escuché decir un día. Ayuda para el pueblo sin el pueblo.

Una Iglesia que pierde el pulso de la movilización desde abajo y sólo se dedica a la incidencia desde arriba está perdiendo “perfume del evangelio”.

“No se puede abordar el escándalo de la pobreza promoviendo estrategias de contención que únicamente tranquilicen y conviertan a los pobres en seres domesticados e inofensivos. Qué triste ver cuando detrás de supuestas obras altruistas, se reduce al otro a la pasividad, se lo niega o peor, se esconden negocios y ambiciones personales: Jesús les diría hipócritas. Qué lindo es en cambio cuando vemos en movimiento a Pueblos, sobre todo, a sus miembros más pobres y a los jóvenes. Entonces sí se siente el viento de promesa que aviva la ilusión de un mundo mejor. Que ese viento se transforme en vendaval de esperanza. Ese es mi deseo”. (Discurso del Papa a los movimientos populares)

4. El reto de la “interdisciplinariedad ordenada” (Benedicto XVI)

En el ámbito de lo social no podemos renunciar a una profunda inmersión en los saberes temporales. Las ramas del saber sobre lo social son esenciales. Es cierto que podemos caer en el riesgo de construir un pensamiento positivista y cientifista pero estamos más cerca de la tentación contraria. A veces, desde la Iglesia hablamos con una tremenda falta de rigor sobre cuestiones de los saberes mundanos que nos hacen poco creíbles. No debemos tener una posición acrítica, sin duda, y sabemos y reconocemos que no se agota el pensar sobre lo humano en saberes temporales. Pero la sistemática expulsión del rigor interdisciplinar sobre el mundo debilita nuestro “uso público de la razón”.

5. Reto de la “profundidad”

La falta de mirada profunda y serena sobre la realidad. Eso que solemos llamar espiritualidad es una tarea pendiente. La superficialidad, la caída en el eslogan, la falta de sosiego y la caída en una permanente agitación no nos permiten alcanzar “sentido  y dirección”.

Nuestra sociedad necesita relatos de sentido que surja de lo hondo de lo humano. Relatos de resistencia y resiliencia, relatos de compasión y conmoción, relatos de sufrimientos y esperanzas compartidas.

En la Iglesia “experta en humanidad” muchas veces expulsamos la fuerza del relato, de la narración sobre lo humano. O contamos anécdotas personales que elevamos a categoría o construimos una catedral simbólica de conceptos abstractos. Las narraciones responden a las personas y sus circunstancias de manera profunda y encarnada.



[1] Chul Han, B. La sociedad de la transparencia. Herder, Barcelona, 2013. p 23

[2] Entrevista al Papa Francisco Revista Razón y Fe pag 19

[3] Entrevista al Papa Francisco, o.c. p 28-29

[4] En la primera versión lo denominaba “penetrabilidad” pero creo que “permeabilidad” expresa mejor la idea y es una palabra más amable

[5] Este documento fue escrito antes de la presentación de la Instrucción Pastoral “Iglesia, servidora de los pobres”.