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Presencia de la Iglesia en la Acción Caritativa y Social

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Lunes, 04 de Mayo de 2015

SEMINARIO SOBRE LA PRESENCIA DE LA IGLESIA EN LA ACCIÓN CARITATIVA Y SOCIAL
Madrid, 18 de marzo de 2015 

José Luis Segovia Bernabé.
Director del Instituto de Pastoral (UPSAM)

JoseLuisSegoviaBernabeBuenos días amigas, amigos y hermanitos mayores obispos. Se me ha pedido una intervención provocativa y corta. Lo segundo es más fácil, porque es cuestión de reloj y caracteres; lo primero es más complicado porque requiere, a mi juicio, asumir humildemente que mucho de lo que se cuestiona no se práctica en primera persona singular y que, por tanto, antes que una invitación a la corrección ajena debe ser un propósito de enmienda personal. Apunta lo quiero decir el Papa Francisco: “Recordémoslo bien todos: no se puede anunciar el evangelio de Jesús sin el testimonio concreto de la vida (…). La incoherencia de los fieles y de los pastores, entre lo que dicen y lo que hacen, entre su palabra y su forma de ida, socava la credibilidad de la Iglesia” (Francisco, Homilía en San Pablo Extramuros 14.04.2013).

Dos grandes desafíos

 “Los grandes retos de nuestra época son Dios y el hambre” (P. Casaldáliga)

Tratando de aplicar el método inductivo de la Teología pastoral, que parte siempre de la realidad como ámbito de la manifestación/silencio de Dios,  señalaré que DOS son las grandes tragedias que asolan nuestro mundo y la realidad en la que nos movemos:

  • La ausencia de Dios, la opacidad en que parece desenvolverse hoy su misterio, la falta de preguntas en muchos de nuestros contemporáneos y la insignificancia de mediaciones provocativas que despierten el sentimiento trascendente de un ser humano autosuficiente y aburrido, pero también enormemente solo y en muchos casos sufriente y, en todo caso, con hambre de felicidad.
  • La desigualdad y la injusticia: eso que el Papa, en lenguaje latinoamericano, llama la inequidad, que es la suma de ambas variables, especialmente intensas y extensas con motivo de la crisis económica 2007-2008, pero, no lo olvidemos, ya presentes de manera espectacular con carácter previo a la misma y por ello mismo detonante del incremento de vulnerabilidad personal y social (Cf. VII Informe FOESSA). Se trata de un sufrimiento especialmente provocativo por “evitable”.

Creo que los dos fenómenos están intrínsecamente unidos y reclaman una respuesta unitaria de una Iglesia que quiera ser evangélicamente significativa. Sin esa relación de permanente circularidad referencial, que descarte tanto el silencio vergonzante acerca del sentido religioso como el proselitismo, creo que cualquier acción que se desarrolle será insuficientemente cristiana. Oferta de sentido religioso y anhelo de justicia se reclaman y apuntan a la trascendencia. (Cf. “Conocer a Dios es practicar la justicia” Jer, 23,16). Ambas deben estar presentes con la oferta de máximos morales en la plaza pública porque contribuyen a subir los listones éticos y democráticos de una sociedad (aunque luego se consensuen –en sentido habermasiano, no como “negociación-trapicheo” los mínimos éticos concordados). Ejemplos de la Eucaristía de Jorge en la Plaza de España de Madrid por los muertos de Sida, el perdón al enemigo entre víctimas del terrorismo y ex etarras…

Los hechos. Tres niveles de intervención de diferente consideración

Empiezo partiendo de un hecho. La presencia de la Iglesia en el terreno asistencial es, creo, más imponente y significativa que en ningún otro momento de la historia de la Iglesia española. Miles de abnegados voluntarios en las Cáritas parroquiales, en proyectos asistenciales entregan lo mejor de sí mismos y visibilizan la caridad cristiana y con ella son la mano larga del buen Dios para con situaciones de penuria y sufrimiento. Creo que podemos sentirnos legítimamente orgullosos de lo que se está haciendo en este terreno, aunque sean mejorables algunos modos para personalizar y humanizar la ayuda y evitar la “asfixia de generosidad” que reduce al pobre a objeto de una ayuda que humilla (cf. DCE 34).

En el terreno promocional, hemos dado pasos, pero nuestra acción es mucho menos significativa. En parte también porque es subsidiaria de la que compete a las autoridades por mandato del art. 9 de la Constitución española: corresponde a los poderes públicos promover las condiciones para que la libertad y la igualdad del individuo y de los grupos en que se integran sean efectivas, removiendo los obstáculos que impidan o dificulten su plenitud y facilitar la participación de los ciudadanos en la vida  política, económico, cultural y social. Sin perjuicio de que el Estado no siempre cumpla y, a veces, no remueva sino que ponga diques (no acceso a la salud a ciudadanos sin papeles, etc. etc.), debemos reconocer que como Iglesia nos queda bastante más por hacer, siempre desde el ejercicio de un subsidiariedad (ascendente y descendente; ojo: las dos cosas).

En el terreno de la transformación del mundo según el sueño de Dios, de la incidencia en las causas estructurales de la pobreza, del posicionamiento inequívoco en favor de las víctimas de la injusticia, en el de optar y tomar partido “descarado e inequívoco” por los perdedores, fracasados, crucificados, criticados…  Creo que no solo no destacamos sino que socialmente no tenemos la relevancia que visibilizamos en la asistencia personal humanitaria. Con Gaudium et spes 30, habría que darle a nuestra intervención un sesgo más social, más de caridad política, de fibra profética de la que estamos más ayunos. Contamos con la fuerza del evangelio y en este momento con un multiplicador y visibilizador mediático de primer orden como es el Papa Francisco. Deben ayudarnos los medios de comunicación propios que… ¡a veces funcionan como letal “fuego amigo”!

El discernimiento samaritano. Personal y estructural

Para el juicio de las tres dimensiones, no encuentro relato más iluminador que el del buen Samaritano. Atenderé a la imponente cascada de verbos que utiliza Lucas con expresiva plasticidad y que visibilizan la ética de la acogida, el cuidado y la solidaridad propios de la acción social de la Iglesia. El relato es todo un tratado de Teología de la Caridad.  Sus verbos ayudan a perfilar esta virtud teologal en su dimensión personal y en la política. Tomo solo unos pocos.

Iba de viaje de Jerusalén a Jericó: las sorpresas las recibimos en el camino, viviendo, “en salida” (EG 17,20, 24,46), manchándose, asumiendo que nos podemos equivocar…  No hay sustos si nos quedamos en casa, estancados, “autorreferenciales” (EG 8, 94, 95) si no acompañamos la marcha de la gente… “Prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias seguridades” (EG 49).

Sintió lástima: la compasión, junto con la indignación, ese grito de “¡no hay derecho!” son los que nos han sacado de las cavernas de la barbarie. Compasión e indignación se deben retroalimentar para no caer en el asistencialismo sin más o en una ideología sin alma ni corazón.

Se acercó: la aproximación nos hace próximos, no se puede delegar todo… hay que tocar carne… La Caridad no es solo cosa de Cáritas, ni de los agentes de pastoral social… “Tocar carne” dice el Papa Francisco con una expresión que no admite equívocos (como casi todo lo que dice este hombre).

Le curó con aceite y vino: hay que saber hacer las cosas… No le curó una infección con barro o con un ungüento porque era una herida que requería cura aséptica. La importancia del “how-know”, de las técnicas, las herramientas, la “transdisciplinariedad” (Max Neef) que ayuda en lo instrumental y aplicativo contextual.

Lo montó en su propia cabalgadura: no en la ajena. Se bajó él para que subiera la víctima… ojo a eso. Ser solidario es jugar contra los propios intereses, apuntarse al bando de los perdedores, criticados y crucificados…

Lo llevó al mesón: le asegura lo fundamental: un lugar en qué dormir y comida… Los derechos humanos de 1ª y sobre todo  2ª generación (económicos, sociales y culturales, en peligro con el desmontaje del Estado del Bienestar y la implantación de filtros selectivos como “la progresiva implantación” o criterios “meritocráticos” o “contables”… No son derechos de “merecimiento”…

Cuidó de él. N.B léase el texto cuidadosamente y se descubrirá que durmió con él toda la noche para cuidarlo con esmero… No lo hizo vicariamente…

Al día siguiente pagó al mesonero y le pidió que siguiera cuidando de él. No todo lo puede hacer él. Es necesario que haya estructuras de atención y asistencia continuada. Las leyes, las instituciones, los derechos, las políticas sociales, el estado social, los mecanismos del bienestar (aunque necesariamente repensados en clave de sistema mundo y sostenibilidad) son expresivos de la caridad política. La sola atención samaritana sin mesoneros y sin mejorar la seguridad en las vías es inútil.

Y a mi vuelta… Cristo es el buen Samaritano… El que ha de volver al fin de los tiempos. La reserva escatológica que hará la caridad y la justicia completas.

Pasando a la acción

De todo ello saco algunas consecuencias prácticas:

1º) ¡Por Dios!, no se trata de citar muchas veces al Papa Francisco y a la Evangelii Gaudium, ni tomar el nombre de los pobres en vano y así cubrir el expediente… A ver qué hacéis con el próximo documento de la CEE… No podemos hacer de la enseñanza social de la Iglesia un compilatorio de citas retóricas. Podemos actuar como el necio que se quedaba mirando el dedo que apuntaba la luna. Para ello antes de programar es preciso revisar… ¿Dónde están nuestras lagunas teologales, no las formales, ni metodológicas? ¿Cuáles son las conversiones personales y eclesiales que precisamos? ¿Cuáles han sido las debilidades y contradicciones de nuestra acción caritativa? Sin tratar de responder a esas preguntas, haremos una sucesión de planificaciones sin atender a lo sustancial y meteremos citas y citas de los pobres sin dejarnos tocar, como dice el Papa, por ellos y por su carne y sin que nos afecten las gravísimos y gravosas consecuencias de la vuelta al Evangelio sin glosa. Se trata de que los pobres no tanto se “cuelen” en nuestros documentos como en nuestros bolsillos, en nuestro corazón y en nuestra agenda. Que nos quiten el sueño ellos, no la disputas y chismorreos estériles de sacristía. Si no, será música celestial o lamentablemente ni eso.

2º) Lo que nos pide no el Papa, sino el Evangelio y a ello nos presiona amorosamente el Espíritu de Dios es volver “al Amor primero”, a la simplicidad evangélica, a la santidad de vida, a la vuelta a los origines de la Iglesia que, como me gusta repetir, supone ponernos a los pies de la cruz y de los crucificados, fijos los ojos en El, siendo uno para que el mundo crea. Las tres cosas innegociables: al ladito de los injusticiados (porque si nuestro lugar existencial es otro no estamos en onda con el Evangelio); fijos los ojos en el Señor (para no dejarnos abducir por reduccionismos ideológicos); siendo uno, porque si no ni nueva ni novísima evangelización cumplirá el requisito “para que el mundo crea”.

3º) Además cultivemos algunas actitudes que simplemente enuncio: MÍSTICA (vs. activismo), CONVICCIÓN (vs. tiempos líquidos), AUDACIA (vs. cobardía mediocre), PASIÓN (vs. resignación), TERNURA (vs. la sola indignación), COHERENCIA (vs. fragmentación) y… HUMOR (¡el antídoto universal!).  Se trata de volver a lo teologal, al evangelio sin glosa, a la experiencia de Dios a la intemperie, a la disponibilidad para dejar que el Señor haga nuevas todas las cosas.

 ¡Ah! Además de denuncias… hay que hacer “¡renuncias” (como dice Vicente Altaba). Hay que abrir portillos a lo teologal y dejar que, con la coherencia, se cuele la esperanza. No es coherente ni suscita esperanza alguna hacer los depósitos e inversiones en bancos que desahucian familias y prescindir de la banca ética, por poner un ejemplo, o forzar los derechos propios cuando se trata, sobre todo, de salvaguardar los ajenos. (Hay recordar la olvidada GS 76.5: “No pone, sin embargo, su esperanza en privilegios dados por el poder civil; más aún, renunciará al ejercicio de ciertos derechos legítimamente adquiridos tan pronto como conste que su uso puede empañar la pureza de su testimonio o las nuevas condiciones de vida exijan otra disposición”… Ufff… Lo que nos cuesta…).

4º) Se trata de aprender “otra forma de hacer las cosas”. Supone asumir que el evangelio es un bofetón a nuestra mediocridad para que tengamos la audacia y el coraje, fruto siempre de la docilidad a la gracia, de salir de ella.  Se trata de no actuar “como si los pobres no existieran” (EG 80).Y se puede. Y de este modo, resulta más significativa que su contraria y, sobre todo, más creíble porque no es contradictoria.

Dos ejemplos, de cuya buena intención no dudo un ápice. 1º).- Estamos diciendo que queremos la menor cárcel posible para los reos y que apostamos por la “justicia reconciliatoria (Compendio de la DSI 403) y vamos le pedimos una pila de años al ladrón del Códice Calixtino (y encima sale en todos los telediarios)... No sea así entre vosotros… Si te roban los chavales en casa la tarjeta; le das dos tortas, le denuncias si no queda más remedio (por aquello de recuperar los sustraído con la firma falsificada), pero luego se le defiende y se procura que no vaya a la cárcel, porque hacemos las cosas “de otro modo” (sobre todo cuando es “entre nosotros”) y porque sostenemos que la cárcel es mala, rompe familias y atendemos aquello de Pablo 1 Cor 6: “antes de llevar a un hermano ante los tribunales paganos, ¿no es mejor dejarse robar?, ¿no es mejor sufrir la injusticia?…” 2º).- Los protocolos de abusos sexuales realizados por clérigos de la CEE… Leámoslos con detenimiento. ¿Están pensados desde la defensa y la asistencia a las víctimas o desde la protección del buen nombre y el patrimonio de la  Iglesia? Se me dirá que hay que cubrir las dos cosas… De acuerdo… Pero ¿la letra pequeña hacia donde bascula…? En cristiano, las víctimas las primeras… incluso antes que nuestros “derechos”.

5º) La Pastoral social de la Iglesia ha formar bloque compacto y coherente con el resto de pack de la presencia social  de la Iglesia, de lo que dice y hace en otros ordenes… No puede ser el solo el “rostro amable” de la Iglesia, el corazón de ella, y en las demás dimensiones ser antipática o indiferente… Tiene que traducirse en el catecismo que trabajan los niños y las plegarias de la celebración… donde se visibilice que el amor no es una idea, sino que se traduce en rechazo a la exclusión de la precariedad laboral, de las devoluciones en caliente o afirmación del derecho a la vida como algo personalmente indisponible.

  1. Debe haber coherencia en todas las dimensiones de la acción eclesial, impostando lo social el resto de ellas.

     
  2. Debe buscarse la superación de los cristianos pro-vida y los cristianos pro-salud-para todos. Es una forma de hablar, pero nos entendemos todos… En general, representan compartimentos estancos.

     
  3. Es preciso dejar que los pobres y sus urgencias nos convoquen y aglutinen. Creo que esta es un imponente componente del potencial evangelizador de los pobres. Nos evangelizan supone que nos hacen ser uno, que nos dejamos de chorradas y pérdidas aburridas de tiempo y nos centramos en lo esencial con lo que empezábamos: Dios y el hambre. Cada uno desde su “pedrada” particular o carisma, pero sin echarle los perros al otro… Más que en “coordinaciones” imposibles (con todo, somos tan “particulares”), cada vez creo más en la generación de sinergias donde simplemente se trace un objetivo común y líneas rojas.

     
  4. Es volver al cristianismo primitivo: Dodd: al suscitar la “envidia”: mirad qué distintos son y cómo se quieren, con que mimo tratan a los vulnerables, cómo cuidan de sus huérfanos y viejos y…¡los de los demás! El magisterio de la caridad que enseña por contacto y por contagio (Buber).

6º) Finalmente, en las tres dimensiones mentadas en primer término, hay que:

 a) Mejorar las acogidas mediante el encuentro no funcional (los despachos de Caritas no pueden ser los servicios sociales bis). Es la mano larga de Dios que quiere más mesas camillas con flores que mesa separadora de despacho con ordenador y toma acelerada de notas sin encuentro de miradas (ni de nada). Hay que cuidar otros espacios de encuentro (p.e. los “café con sentido”, donde no se renuncia a visibilizar la fe), la visita a las casas (vuelta a los orígenes) o el café en el bar, donde descubramos juntos no solo lo que piden sino lo que pueden aportar (son muy sugerentes dinámicas del “banco del tiempo” introducidas en lo asistencial, o la creación grupos de autoayuda). Se trata de cumplir el “imperativo de escuchar el clamor de los pobres” (EG 193) y además establecer relaciones de bidireccionalidad horizontal con ellos: amistad (sic) (EG 198), complicidad alianza con sus cosas y sus causas. Cuidado con “tecnologizar” la caridad: las personas se acompañan (como tanto insiste Cáritas): solo la electricidad o los números se “derivan”.

b) Introducirnos en una educación imprescindible para la promoción y la denuncia social (no es momento de desarrollar herramientas como las “hojas de derechos humanos” ahora retomadas por Cuarto Mundo, etc.): hemos de saber traducir las necesidades de las personas en derechos vulnerados y agotar todas las vías para reclamar esos derechos…”Cada cristiano y cada comunidad están llamados a ser instrumentos de Dios para la liberación y promoción de los pobres, de manera que puedan integrarse plenamente en la sociedad” (EG 179: Un capítulo lo dedica la EG a la Inclusión social de los pobres). Se trata de que nos experimenten como cómplices y aliados de su causa, no como si fuéramos un Mercadona. Esa complicidad solo se logra aunando: encuentro personal, cultura de los derechos, ponerse a tiro de ellos y lucha por la justicia compartida…

c) En ese último sentido, con Francisco: “No se puede abordar el escándalo de la pobreza promoviendo estrategias de contención que únicamente tranquilicen y conviertan a los pobres en seres domesticados e inofensivos...”[1]El protagonismo de los pobres. No solo son objeto sino sujeto… No solo portadores de necesidades sino también de posibilidades. Por eso no se puede “sofocar”, “silenciar” o “tranquilizar” a los pobres (EG 218). El ejemplo de las Madres Unidas y en Lucha contra la droga: primero víctimas vergonzantes, después víctimas sin vergüenza: les transformó el dolor propio, la muerte y, sobre todo el dolor de quienes –perdidos sus hijos para siempre- habrían podido serlo. Su propio lenguaje, estrategia…

d) Trabajo en red, con quienes no son de los “nuestros” pero expulsan demonios y, por tanto, son aliento de un Espíritu que no se agota en las fronteras eclesiales.

Nada de esto nos saldrá gratis. Que Dios nos ayude a ser capaces de pagar el precio de una gracia que, como diría Bonhoeffer,  siempre es cara.



[1] Papa Francisco encentro movimientos populares, 28.10.2014