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La cultura del encuentro y la tolerancia, un desafío social

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Julio L. Martínez, SJ Lunes, 12 de Septiembre de 2016

XXIII Curso de Doctrina Social de la Iglesia
Fundación Pablo VI, 12-14 de septiembre de 2016

Julio L. Martínez, S.J.
Universidad Pontificia de Comillas

CONFERENCIA

1.  Composición de lugar

Imagino que como los lectores llevo estos años viendo cómo el papa Francisco habla una y otra vez sobre "la cultura del encuentro", "capaz de hacer caer todos los muros, que todavía dividen el mundo..."[1]. En el inspirador discurso en el Congreso de los Estados Unidos dio una valiosa clave sobre cómo se ve en este momento de la historia del mundo desempeñando el ministerio papal: "Es mi deber construir puentes y ayudar lo más posible a que todos los hombres y mujeres puedan hacerlo"[2]. Ahí es donde ve un rasgo clave del ser cristiano, por eso, al regreso de México, a una pregunta de un periodista sobre el discurso anti-inmigrantes de Donald Trump, no vaciló al responder: "quien solo piensa en construir muros y no en construir puentes no es cristiano". El entonces candidato republicano y hoy Presidente electo se quejó de que un líder religioso pusiese en cuestión su fe, pero, por si acaso, añadió que no quería discutir con el papa.

A la vera de la cultura del encuentro crecen términos como diálogo, discernimiento, integración, construcción, y otros afines, o metáforas como la de los "puentes" frente a los  "muros". Algunos pueden pensar que debajo de esa expresión principal y del resto de las palabras no hay más que brindis al sol y voluntarismo idealista vacuo, cargado de ingenuidad y osadía, o lleno de utopía con pérdida del sentido de la realidad..., una frase que quiere animar con buena intención pero con escasa efectividad. Claro que hay mucha utopía, pero como canta Serrat "sin utopía la vida sería sólo un ensayo para la muerte", pero también hay realismo a raudales. Francisco insiste a tiempo y destiempo en que nuestro modo de estar en la vida y de pensar ha de dar prioridad a la realidad y no a las ideas, a las personas en sus situaciones concretas de vida y no a los clichés. Está haciendo una llamada de fondo a cambiar la mirada tomando en serio eso de que "la realidad es más importante que la idea", para no dejar que ideologías o abstracciones nos separen de la realidad o que los horizontes estrechos y los mezquinos intereses nos marquen la agenda. Está haciendo una llamada de fondo a cambiar de un centramiento subjetivista con connotaciones tecnocráticas (con resabios del paradigma cartesiano) que hoy ya no puede aspirar a la universalidad intersubjetiva, al haberse roto culturalmente la posibilidad de una verdad que no sea exclusivamente subjetiva.

Para actuar según estos propósitos no llega con buena voluntad, hay toda una conversión intelectual y espiritual de la máxima importancia que hacer (nada fácil) por los hábitos que todos tenemos de poner nuestras ideas por delante de la realidad de la que queremos hacernos cargo. Se trata de entrar en una dinámica de auténtica apertura a la realidad no abstracta sino concreta. De que nuestro pensar no pierda de vista lo humano. Es algo que afecta a todas nuestras relaciones y, por supuesto, a la compresión de lo social y a nuestro modo de ser, estar y actuar.

Estamos en tiempos donde se encuentran cada día tantas evidencias en contra del diálogo y el encuentro, que, aunque solo fuera por eso, proponerlos ya es de por sí un acto de trascendencia política y moral. Ahora bien, para que realmente tenga consistencia como tal acto humano, si uno lo propone ha de tener un marco conceptual donde fundarlo y ubicarlo. Yo he de reconocer que he aplicado la crítica y la sospecha a eso de la cultura del encuentro, no porque no me guste, al contrario, porque me gusta y me parece una propuesta potente, pero he creído intelectualmente decente y justo poner en duda si responde a una visión teológica y social con suficiente profundidad. En tal sentido, preparar el tema que me pidió Fernando Fuentes hace unos meses me ha permitido dedicarme a estudiarlo y a pensar cuál es la visión antropológica y social del papa con su correlativa teología pastoral, espiritual y moral que la alimenta y sostiene.

En mi búsqueda he tenido en cuenta sus documentos principales, a saber, la exhortación apostólica Evangelii gaudium (EG, 2013) –el texto primordial tal como mostraré—, la encíclica Laudato si´ (LS, 2015) y la exhortación postsinodal Amoris laetitia (AL, 2016), pero también distintos discursos donde el papa ha mostrado cómo entiende la política, la cultura, la acción social, la comunicación o la economía, tanto desde que fue elegido para el ministerio petrino como antes de ello. También he considerado varios diagnósticos y reflexiones[3] sobre las situaciones de crisis que estamos viviendo, sobre todo, aunque no exclusivamente, en Europa.

2. Diagnosticando la crisis

Durante décadas, después de la Segunda Guerra Mundial, parte del mundo, y particularmente Europa Occidental, vivió una época en la que la economía, la política y la sociedad parecían haber encontrado el engranaje adecuado para alcanzar un progreso y bienestar duradero que diera seguridad y certidumbre a los ciudadanos. La vida social aparecía como algo ordenado, previsible, controlable en función de unas variables perfectamente definidas: economía de mercado, estado social y democrático de derecho, pacto intergeneracional basado en el pleno empleo... Delegamos en los medios de comunicación la responsabilidad de informarnos, en los técnicos la de decir lo que pasa y en los políticos la de decidir sobre las cuestiones que nos afectan como sociedad.

En los últimos lustros asistimos a cambios muy profundos en todos los ámbitos: globalización económica y social, desigualdad creciente, multiculturalidad convulsa, envejecimiento demográfico, insostenibilidad medioambiental, redefinición del trabajo en una sociedad tecnologizada están trastocando el aparentemente orden sencillo de antaño y nos introducen directamente en la perplejidad. Captar e interpretar la complejidad creciente del mundo en el que vivimos hace necesario contar con conocimientos y herramientas multidisciplinares. Lo cuantitativo y lo económico se han convertido en referentes inexcusables del debate público, pero se echa de menos con frecuencia el rigor, la reflexión matizada y el sentido crítico.

Desde luego el papa Francisco no ha pensado solamente en Europa al escribir su contundente crítica desde la "ecología integral" al paradigma tecnocrático y al antropocentrismo desquiciado en su encíclica Laudato si´, pero le viene muy bien a ella, sobre todo cuando lo que dominan son los mercados (se ha acuñado la frase la "Europa de los mercaderes") y la tecnocracia que domina la economía y la política (LS, 109).

Sucumbir al poder de los "mercados" es perder el poder moral y político, si usurpan "(no sin la connivencia o, incluso, el respaldo y el patrocinio tácito o explícito de los impotentes y desventurados gobiernos estatales) la primera y la última palabra a la hora de negociar la línea que separa lo realista de lo poco realista. Los "mercados" son un nombre abreviado para designar a fuerzas anónimas, sin rostro ni domicilio fijo: fuerzas que nadie ha elegido y que nadie es capaz de limitar, controlar o guiar"[4].

Y confiar sólo en la técnica para resolver todos los problemas supone "esconder los verdaderos y más profundos problemas del sistema mundial" (LS, 111), visto que el avance tecno-científico no equivale necesariamente "a avance de la humanidad y de la historia" (LS, 113). Respecto de la tragedia de los refugiados, "el problema se ha tratado como una mera cuestión de administración, de eficacia en la gestión del cierre fronterizo. No se ha abordado como lo que es, una crisis humanitaria que requiere una fuerte sacudida de nuestra conciencia moral y el poner los medios, mediante acciones de política interior y exterior, para no romper tan flagrantemente con los valores que decimos sostener"[5]. Esta crítica de la tecnocracia no va en absoluto contra de un aprecio sincero a los grandes beneficios del progreso científico y tecnológico.

En Europa, y España aquí no es diferente, destacan hoy más las sombras que las luces, sombras de unas sociedades desorientadas, que a duras penas saben hacia dónde van, con instituciones medio deslegitimadas y en patente desequilibrio, hacia las que se da una clamorosa desafección de los ciudadanos, y donde hacen su "agosto" los populismos y oportunismos políticos de pelaje diverso. Nuestro país sí que ha aportado su dosis de peculiaridad durante meses con la incapacidad de los políticos para "dialogar, llegar a acuerdos y comprometerse con el futuro de España", las tres cosas que tan sensatamente pidió el Rey en su Mensaje de Navidad.

3.  Cuestionamientos en la raíz

Nuestra crisis moral y espiritual se palpa en la arrogancia y soberbia de un sentimiento de superioridad europea que existe junto a una autocrítica (muchas veces radical y acerba) y un escepticismo profundo que lleva a la duda existencial y a la confusión. También está presente en una defensa del pacifismo, pluralismo, multiculturalismo, solidaridad... con ausencia de respuestas políticas conjuntas. O en la contradicción entre una retórica a favor de los derechos humanos, por un lado, y las negaciones increíbles de ellos por visiones cortoplacistas o intereses estrechos, por otro. O en proclamas en pro del multiculturalismo, exigiendo, simultáneamente y sin el menor rubor, políticas y leyes de exclusión de las religiones de la vida pública, so capa de tolerancia[6].

La crisis de bastante intensidad se prolonga en el tiempo y señala en la dirección de un proyecto vital difícilmente sostenible por cuanto las sociedades europeas estarían viviendo de valores que ellas no sólo no producen ni alimentan, sino que incluso destruyen, a pesar de depender de ellos[7]. Por desgracia, empezamos a ver casi como escritas para nuestro momento palabras como aquellas de José Ortega y Gasset escritas en 1930, cuando faltaban apenas tres años para la llegada de Hitler al poder: "Esta es la cuestión: Europa se ha quedado sin moral (...) Ahora recoge Europa las penosas consecuencias de su conducta espiritual. Se ha embalado sin reservas por una pendiente de una cultura magnífica pero sin raíces"[8].

Al recibir el Premio Carlomagno, Francisco preguntó a los europeos qué ha sido de aquel proyecto construido por "Estados que no se unieron por imposición sino por la libre elección del bien común, renunciando para siempre a enfrentarse"[9], qué ha sido del proyecto europeo de "unidad en la diversidad y la libertad"[10]. ¿Podremos hacer frente de una manera digna a los desafíos tan duros y difíciles que nos golpean, los asociados a la crisis socio-económica-política y a la crisis institucional asociada, y esos fenómenos, en plena virulencia, que sirven como banco de prueba y cuestionamiento radical a la actual identidad y misión de Europa: el ataque yihadista a las libertades fundamentales y el drama humanitario de miles de refugiados e inmigrantes que, huyendo de la guerra, la violencia o la miseria, buscan desesperadamente llegar a Europa?

Son preguntas radicales a nuestro modo de vida y los valores que decimos defender y practicar. Podemos pasar de largo echando la culpa y haciendo responsables exclusivamente a los políticos, pero son preguntas que nos conciernen a todos.

4. Frente a la desmoralización: integrar, dialogar y construir

Acechan la desesperanza y la desmoralización, es decir, la pérdida de confianza en la empresa del quehacer colectivo. Por eso, si no queremos quedar atrapados por ellas, se vuelven tan importantes discursos como el papa Francisco en la recepción del Premio Carlomagmo, donde pidió recuperar la capacidad de integrar, la capacidad de dialogar y la capacidad de construir o generar una sociedad integrada y reconciliada. O la exhortación apostólica postsinodal Amoris laetitia sobre el amor en la familia, que no rehúye los problemas reales de la gente y enfatiza la necesidad de que la Iglesia y sus ministros comprendan, acompañen, integren y tengan los brazos abiertos a todos, especialmente a los que más sufren.

Parece que Europa necesita, como poco, un "suplemento de alma" como el político católico francés Robert Schuman pidió a mitad del siglo pasado, tomando la expresión de Henri Bergson. O quizás no sólo un "suplemento" sino un "alma entera", tal como expresó el Cardenal Lustiger[11]. Puesto que Europa "sin misión es una realidad imposible e impensable"[12].

Los padres de Europa buscaban un sistema para garantizar la convivencia en paz de pueblos durante siglos enfrentados en guerras sangrientas y discordias continuas. Era un proyecto ambicioso y realista, audaz y sin manual de instrucciones para seguir el camino, porque no tenía modelo previo que reproducir. No puede ser casual que los principales líderes que pusieron en marcha la comunidad europea (K. Adenauer, R. Schuman, A. de Gasperi, J. Monnet...) lo hicieran desde un explícito compromiso cristiano[13], incluso confesionalmente católico, con la intención de superar la violencia del pasado y ofrecer las bases de la reconciliación entre los pueblos del continente.

5. La Iglesia y el "alma" de Europa

La siguiente pregunta que me hago es la de si tiene algo valioso que aportar la Iglesia que peregrina en Europa al "alma" del continente. Yo creo que sí, y que ya aporta pero que puede hacer mucho más y, si puede, tiene obligación moral de hacerlo, porque esa es la gran necesidad de Europa y, desde luego, lo que la Iglesia puede aportar no lo puede hacer cualquiera.

Es cierto que las comunidades eclesiales en Europa forman parte del contexto general y, por tanto, se hallan también aquejadas de debilidades y envueltas en contradicciones y fatigas[14]. Síntomas como la escasez de vocaciones, las tremendas dificultades para trasmitir la fe a las nuevas generaciones, la desorientación de muchos fieles, el descenso enorme de la práctica religiosa entre los que se consideran cristianos, la falta de sintonía y diálogo entre distintos grupos dentro de la Iglesia, la quiebra de la moral tradicional con el surgimiento del individualismo y el consumismo que afecta a los creyentes, el no saber qué hacer con la "finitud y la culpabilidad" en los avatares de la vida, algunas reacciones "identitarias" que rozan el fundamentalismo y que ante el ataque yihadista se podrían intensificar.... Otro problema es que a las Iglesias europeas les cuesta mucho pasar de los documentos y declaraciones a la vida y a una pastoral coordinada, de acentos estratégicos comunes, con planes pastorales ocurrentes, simples y concretos[15].

Con tantos motivos para estar preocupados, los cristianos de Europa necesitamos de nuevo escuchar el Evangelio y que esa escucha se transforme en llamada a la conversión, en atención a los signos de los tiempos y en acciones decididas ante las nuevas situaciones de la experiencia humana. Necesitamos volver al "amor primero" (Ap 2,7)[16], y desde él, ser una Iglesia valiente, siendo débil y pequeña en una sociedad que mira con reticencias las injerencias que considera externas, pero que necesita desesperadamente fundamentos pre-políticos de solidaridad y de ciudadanía (J. Habermas), y necesita esperanza verdadera.

Ahí está la gran llamada del papa Francisco en nombre de Jesucristo a toda la Iglesia universal, siguiendo el impulso del Concilio Vaticano II[17], a una "conversión pastoral", a inaugurar "una nueva etapa evangelizadora marcada por la alegría" (EG, 18 y 25), a ser una "Iglesia en salida" (EG, 20).  Convencido como está de que "la Iglesia puede y debe ayudar al renacer de una Europa cansada, pero todavía rica en energías y potencialidades. Su tarea coincide con su misión: el anuncio del Evangelio, que hoy más que nunca se traduce principalmente en salir al encuentro de las heridas del hombre, llevando la presencia fuerte y sencilla de Jesús, su misericordia que consuela y anima"[18].

Tomando impulso e inspiración en el magisterio del papa, los obispos españoles quieren favorecer con el Plan Pastoral 2016-2020 una "transformación misionera" de Iglesias, parroquias y comunidades cristianas. "Tenemos que salir" de nuestras fronteras y de nuestras inercias para llevar la alegría del Evangelio a nuestros hermanos, pasando de "una pastoral de mera conservación a una pastoral misionera" (EG, 20). Deseamos aprender a vivir como una Iglesia que sale realmente de sí misma para ir al encuentro de los que se fueron o de los que nunca han venido y mostrarles el Dios misericordioso revelado en Jesucristo, que se disponga a ser "hospital de campaña tras una batalla" "curando heridas y dando calor a los corazones"[19]. "La alegría del Evangelio que llena la vida de la comunidad de los discípulos es una alegría misionera" (EG, 21) y "servidora de los pobres"[20].

6. La cultura del encuentro: visión teológica y pastoral

Bajo el nombre "cultura del encuentro" hay mucho más que una expresión biensonante pero de dudosa sustancialidad; hay una profunda visión teológica y pastoral del Papa Francisco que muchos obispos, entre ellos algunos españoles están tomando como leit-motiv de su ministerio[21].

El significado de "cultura del encuentro" requiere de una determinada hermenéutica para descubrir toda su hondura y todo su potencial, como ocurrió más de hace cincuenta años con la afirmación de Pablo VI en Ecclesiam suam (ES, 1964): "La Iglesia debe ir hacia el diálogo con el mundo en que le toca vivir. La Iglesia se hace palabra; la Iglesia se hace mensaje; la Iglesia se hace coloquio" (ES, 27).

Mientras creamos que el diálogo y el encuentro forman sólo parte del ámbito de la metodología (en este caso de la evangelización), no alcanzaremos nunca a entender su valor. Decir que la Iglesia es diálogo de salvación no es decir sólo que la Iglesia necesite del dialogo para encontrar al hombre de hoy, sino que en sí misma, en su más profunda esencia, es diálogo, diálogo de Dios con el hombre y del hombre con Dios, y diálogo entre los hombres, entre todos los hombres. Y hablar de cultura del encuentro, como básico identificativo cultural de la fe cristiana, no es sólo decir que en el diálogo entre la fe y la cultura de hoy hay que propiciar el encuentro, sino que la fe sólo se hace cultura si está es, en sí misma, cultura del encuentro, cultura que abraza toda cultura, cultura que sirve al encuentro de todos los hombres y que busca el encuentro entre todas sus tradiciones y movimientos culturales y sociales. Es la inculturación de la fe cristiana que se funda en el misterio de la Encarnación: la fe se hace necesariamente cultura concreta y alienta el encuentro entre culturas, pero no es absorbida nunca por ellas. Ahí está precisamente el fundamento del "discurso pastoral", especialidad del papa Francisco íntimamente vinculada a la cultura del diálogo y encuentro, que es el que "se incultura para evangelizar, se abaja y se hace pobre (cf. 2 Cor 8,9) para que el otro, a partir de su cultura, elija qué integrar de lo que se propone... Es el hacerse todo a todos (Cf. 1 Cor 9,19-29)"[22].

En este "discurso pastoral" entra decisivamente "la teología –no sólo la teología pastoral– que en diálogo con otras ciencias y experiencias humanas, tiene gran importancia para pensar cómo hacer llegar la propuesta del Evangelio a la diversidad de contextos culturales y de destinatarios. La Iglesia, empeñada en la evangelización, aprecia y alienta el carisma de los teólogos y su esfuerzo por la investigación teológica, que promueve el diálogo con el mundo de las culturas y de las ciencias. Convoco a los teólogos a cumplir este servicio como parte de la misión salvífica de la Iglesia. Pero es necesario que, para tal propósito, lleven en el corazón la finalidad evangelizadora de la Iglesia y también de la teología, y no se contenten con una teología de escritorio" (EG, 133).

Así, pues, diálogo y encuentro, para la Iglesia, son su modo de ser y estar en el mundo. Por eso las tintas no se cargan en la denuncia de la cultura secularista y relativista, sino en la misericordia, en una cura al desdibujamiento del ser humano cuando no se reconoce llamado a amar; en una cura al desencanto, la desesperanza, la desilusión, acompañando a las personas concretos en sus necesidades concretas y en sus alegrías y sufrimientos concretos; y de una cura a la desorientación, para que todos descubramos que nuestra trayectoria vital no es la de un "vagabundo", que no sabe dónde ir, sino la de un "peregrino", que tiene una meta a la que llegar. Es la cura de la ética del "cuidado" frente a la lógica tecnocrática del "descarte", a las que el papa les da tantísima importancia.

En el fondo espiritual de esa cultura del encuentro y sus implicaciones tal como la piensa y presenta el papa Francisco es un despliegue teológico pastoral del misterio de la Encarnación. Yo creo que en el modo cómo lo presenta Bergoglio tiene una enorme importancia la Contemplación de la Encarnación de los Ejercicios Espirituales ignacianos, donde pedimos "mirar cómo mira" al mundo la Trinidad Santa. Estamos llamados a asumir el dinamismo trinitario, saliendo de nosotros mismos "para vivir en comunión con Dios, con los otros y con todas las criaturas" (LS, 240), compartiendo la misión de Cristo.

La mirada de las tres personas es una mirada "que se involucra". La Trinidad mira todo "toda la planicie o redondez del mundo y a todos los hombres", y hace su diagnóstico y su plan pastoral. "Viendo" cómo los hombres se pierden la Vida plena "se determina en su eternidad que la segunda Persona se haga hombre para salvar al género humano" (Ejercicios Espirituales, 102). Esa mirada universal se vuelve concreta inmediatamente (EE 103). Se hace diálogo y encuentro. La dinámica es la misma que en el lavatorio de los pies: la conciencia lúcida y omnicomprensiva del Señor (sabiendo que el Padre había puesto todo en sus manos) lo lleva a ceñirse la toalla y lavar los pies a sus discípulos. La visión más alta lleva a la acción más humilde, situada y concreta.

La pastoral de la cultura del encuentro tiene el modo de la "universalidad concreta"[23]: en cuanto universal tiene la fuerza de un mensaje dirigido a todos; en cuanto concreta, es posible recoger el fruto y traducirlo en y a otras realidades, teniendo sin embargo cuidado de no sustraer las cosas de sus contextos.

7. Un marco conceptual para ubicar la cultura del encuentro

En Evangelii gaudium encontramos el marco conceptual fundamental que luego el papa ha ido aplicando aspectos diversos: la crisis socio-ambiental, el matrimonio y la familia, la crisis de Europa, la concepción de la política en distintos contextos (Bolivia, Estados Unidos...), el mundo de la comunicación, la crisis de los refugiados o las migraciones, la juventud, etc., etc. Es enormemente estimulante conocer el fondo de su visión y ver con qué capacidad narrativa la despliega, con qué fuerza le ha ido diciendo a la gente muchas cosas sobre sus situaciones vitales y sus posibilidades de respuesta.

Creo que el marco de la cultura del encuentro y del diálogo que propone el papa Francisco se puede trazar con los cuatro principios –"el tiempo es superior al espacio", "la unidad prevalece sobre el conflicto", "la realidad es más importante que la idea" y "el todo superior a la parte"— "destinados a orientar el desarrollo de la convivencia social y la construcción de un pueblo donde las diferencias se armonizan en  un proyecto común" (EG, 221). Bajo la rúbrica de cada uno de los principios me permitiré introducir los reflexiones de mi propia cosecha como desarrollo del tema de este artículo.

7.1. El tiempo es superior al espacio

El primero afirma que "el tiempo es superior al espacio" (EG, 222-225), es decir, que, aunque hay que trabajar por resultados, tienen más importancia los procesos y las acciones que generan dinamismos duraderos que los fogonazos, los caminos bien hechos que los atajos. Lo más genuinamente humano surge de un entramado de decisiones. Entre las grandes y las pequeñas decisiones hay intermedias, lo importante es que entre todas va construyéndose la persona que somos. El "coraje del bien" (Le Senne) para ser libre está directamente relacionado con la experiencia, es decir, con lo que uno hace con lo que le pasa, no simplemente lo que a uno le pasa. Pues –como escribió Aristóteles en su Ética a Nicómaco—"lo que hay que hacer después de haberlo aprendido, lo aprendemos haciéndolo" (EN, II, 1, 103b). Y se va haciendo en procesos, a fuego lento, no a base de fogonazos, pues "una golondrina no hace verano, ni un solo día, y así tampoco hace venturoso y feliz un solo día o un poco tiempo" (EN, I, 7, 1098a).

La importancia de "hacer memoria"

Frente a la tendencia actual de obtener rápidamente resultados inmediatos sobre arenas movedizas que pueden producir "un rédito fácil, rápido y efímero, pero no construyen plenitud humana" (EG, 224), se hace una llamada a "hacer memoria", a tomar un poco de distancia del presente para escuchar la voz de nuestros antepasados" (EG, 108) para no cometer los mismos errores del pasado y para apostar por los logros que nos ayudaron a superar las encrucijadas históricas. Nunca se le olvidan al papa las referencias a la memoria para construir el futuro, porque sabe experiencialmente que al "re-cord-ar" (pasar por el corazón) recibimos luz y energía para luchar por lo bueno.  El "alma" y también la "misión" piden a gritos memoria[24]. Sin memoria no hay esperanza y se pierde el "alma" y se diluye la "misión" incapacitándonos para acometer proyectos solidarios que implican costes y sacrificios.

En España la etapa difícil pero exitosa de la Transición debería jugar un papel de horizonte de posibilidad y estímulo ante nuestra crisis política e institucional. En aquella encrucijada de nuestra reciente historia hicieron política del bien común, no aritméticas baratas pensando en el interés particular de algún líder. Por eso no solamente es preocupante sino también triste que algunos siembren todo tipo de dudas y sospechas (muchas de ellas fabricadas frívola e irresponsablemente) sobre los valores que se pusieron en juego en aquellos procesos tan complicados y tan llenos de esperanza. Como cualquier obra humana tuvo ambigüedades e imperfecciones pero fue un gran logro colectivo liderado por personas de altura de miras y capacidad de mirar al bien mayor y más universal.

Participar es responsabilizarse y requiere tiempo

Este principio de la superioridad del tiempo sobre el espacio convoca a la gran cuestión de la participación como una de las claves para dar consistencia y viabilidad a la cultura del encuentro y el diálogo, pues esa cultura sólo será posible "si todos participamos en su elaboración y construcción. La situación actual no permite meros observadores de las luchas ajenas"[25].

La participación política de la que aquí hablo no se circunscribe, desde luego, al voto; pide actitudes y hábitos cívicos de disposición a conocer, compartir y contribuir en multitud de oportunidades que la vida social ofrece. Por eso requiere tiempo. Claro que la participación para ser efectiva necesita de liderazgo y esto habla de élites pero también reclama compromiso de las bases de la sociedad para los acuerdos de fondo sobre las grandes cuestiones donde se juega el futuro (educación, pensiones, modelo territorial, lucha contra la pobreza, retos de la digitalización, etc.). Por eso casi todos los problemas finalmente señalan a la necesidad de educación de los niños y jóvenes y a la sensibilización y movilización de la ciudadanía. Prácticas de transparencia en el gobierno a todos los niveles, rendimiento de cuentas, evaluación, escucha de la diversidad de pareceres, respuesta a las preguntas, publicidad de las deliberaciones, comunicación pública y constante, formación y la implementación de métodos de participación masiva son exigencias de las cuales cada vez hay más conciencia para garantizar el buen gobierno.

De lo que se trata es de reivindicar y dignificar la política; recuperar el significado más noble y real de la política como servicio y participación, porque en definitiva "la comunidad política se constituye para servir a la sociedad civil, de la cual deriva"[26]. Eso sí, en la regeneración de la política, la llamada a la participación, a mi juicio, no debe ir contra la representación. Aún más, sin valorar la representación dudo mucho que estemos buscando sinceramente la regeneración.

¿Participación vs. representación?

En efecto, se torna ciertamente difícil imaginar el ejercicio de la democracia en el mundo moderno sin remitirse a instituciones representativas. Pero, a su vez, la realidad de la representación sobre la que se asienta el gobierno y las instituciones parlamentarias (sede de la soberanía popular, elegidas por sufragio universal, en elecciones libres, periódicas y competitivas), está afectada por algunos problemas, unos nuevos y otros añejos, que permiten hablar de crisis o, cuando menos, de la necesidad de transformaciones generalizadas, que ataquen las distorsiones que dañan la función de representación de los parlamentos y demás instituciones sustentadas en la representación.

No deja de ser una obviedad que la representación política requiere una relación entre representantes y representados, para lo cual se hace necesario un cierto mantenimiento de canales de relación más allá de la ocasión de solicitar el voto en los procesos electorales como candidatos de un partido. Creo que no es exagerado decir que ni siquiera se da una relación significativa en tiempo de elecciones. Los partidos buscan manejar eso de que "la creación de imagen es creación de poder"[27] y para ello necesitan personas conocidas por el gran público (y el conocimiento lo marca, sobre todo, las apariciones en TV o en las redes) para encabezar las listas, con lo cual ni siquiera necesitarán pisar el suelo de la provincia por la que optan a representar a los ciudadanos.

Con razón se puede hablar más de tecnocracia y partitocracia para nombrar este sistema en el que el político actúa bajo imperativos básicamente técnicos alejados de la voluntad de los agentes sociales. Y el déficit de "democracia participativa" o "deliberativa" está siendo aprovechado con bastante facilidad por populismos que administran con eficacia la dimensión emocional de las consecuencias negativas de las crisis. Pulsar las teclas antisistema les ha dado excelente resultado a los partidarios del Brexit y también a Donald Trump. Son dos ejemplos muy similares de política antisistema, populista, xenófoba y proteccionista/nacionalista que han sabido conectar con las emociones primarias de mucha gente, utilizando miedos, resentimientos y odios, haciendo promesas ilusorias y despreciando casi cualquier análisis serio de los problemas. Son ejemplos de lo opuesto a la participación que demanda una política acorde a la cultura del encuentro.

Los partidos tendrán que corregir el exceso de rigidez, exigir menos lealtades incondicionales, renunciar al sentido de élite frente pueblo, y permeabilizar sus fronteras con espacios públicos de decisión que atraviesen partidos y se abran a otros colectivos sociales. Pero el problema es muy de fondo, no meramente de líderes o de sistema electoral, sino de aceptar las transformaciones que vienen requeridas por los cambios culturales que nos afectan. Cualquier intento de crear un renovado sentido de cohesión social deberá partir del reconocimiento de que el individualismo, la diversidad y el escepticismo forman parte de nuestro actual patrimonio cultural. La gente busca organizaciones menos rígidas y más abiertas en las que reconocerse: organizaciones de lazos débiles que se acomoden a las identidades parciales de quienes han nacido y crecido con ellas.

Participación en la sociedad de la comunicación digital

No hay participación sin posibilidades de comunicación, y hoy esta se da a través de canales y redes que han alcanzado niveles inauditos de desarrollo, y piden de nuestra parte el esfuerzo de conexión. Las dificultades reales y las zonas oscuras no deberían impedirnos reconocer las mejoras cualitativas que aportan las redes sociales, las nuevas posibilidades para una gobernanza participativa, la cultura digital, la expresión de la diversidad, o, en general la movilidad de bienes o de personas, uno de los signos de nuestro tiempo. Junto a las inmensas posibilidades para la creación de un denso tejido relacional, con posibilidades enormes de relación, hay grandes distorsiones intrapersonales y sociales a muchos niveles, hay una gran ambivalencia, y no solamente en el uso que se haga de los distintos medios. Efectivamente no basta pasar por las "calles" digitales, es decir, estar conectados: es necesario que la conexión vaya acompañada de un verdadero encuentro, y éste es casi imposible sin tiempo y sin capacidad de silencio para escuchar. Estar interconectados por sí mismo no nos resuelve el reto de la comunicación que continúa siendo "una conquista más humana que tecnológica"[28]. La cultura del encuentro reclama prácticas de buen uso de los medios tecnológicos junto al cultivo de la relación humana. Aquí hay muchísimo por hacer sobre todo en términos educativos.

La (des)implicación de los jóvenes

Una de las cuestiones capitales es la de devolver a los jóvenes la esperanza y la motivación para que se sientan implicados en construir un mundo mejor. Francisco está muy preocupado con esto: "No podemos pensar el mañana sin ofrecerles una participación real como autores de cambio y transformación. No podemos imaginar Europa sin hacerles partícipes y protagonistas de este sueño (...) Pero ¿cómo podemos hacerles partícipes de esta construcción si les privamos del trabajo, de empleo digno que les permita desarrollarse a través de sus manos, su inteligencia y sus energías?"[29].

El resultado del referéndum británico sobre la permanencia o no en la Unión Europea muestra a la perfección la pasividad de los jóvenes en los asuntos que ya ahora les conciernen, pero cuyas consecuencias van a sufrir en el futuro. Únicamente votaron el 40% de los menores de treinta años y de ellos, un 77% votó a favor de seguir en la Unión, pero ya sabemos que el resultado fue el Brexit, es decir, la salida y, consecuentemente, la solución contra el sentir mayoritario de los jóvenes que no se sintieron motivados para votar, pero se revuelven contra lo que les marca el resultado.

7.2. La unidad prevalece sobre el conflicto

El segundo principio dice que "la unidad prevalece sobre el conflicto" (EG, 226-230), es decir, que aunque el conflicto ha de ser asumido, porque forma parte de la vida y de las relaciones humanas, tampoco podemos permitirnos quedar atrapados en él. Es preciso transformarlo en entendimiento mutuo, buscando lo que nos une en la diversidad, armonizando las diferencias, sin caer en la ruptura y la incomunicación ni en el sincretismo.

La democracia, diversidad y gestión del pluralismo

El pluralismo que es condición de posibilidad de la democracia, no puede ser cualquier tipo de pluralismo. No puede ser un pluralismo que tiene que ver más con la confusión y el vacío que con la riqueza de la diversidad. O un pluralismo de "puntos de vista opuestos e incomponibles que es signo de la desintegración, de la falta de sentido y de la incapacidad de síntesis. La diversidad, en cambio, es expresión de la riqueza y de la plenitud, que es tan grande que no se puede reunir bajo un único concepto ni verbalizar en única frase... Toda vida verdadera se mueve en medio de tensiones... allí donde cesa la tensión, reina la muerte. Con más razón, cuando se trata de Dios, de la verdad absoluta y de la plenitud de la vida, tan solo es posible una pluriformidad de posiciones recíprocamente complementarias, pues la desemejanza de cualquier enunciado es siempre mayor que la semejanza"[30]. El pluralismo que favorece una cultura del encuentro es e pluribus unum, y el que la imposibilita es e pluribus disunctio.

El papa Francisco aboga por "un sano pluralismo, que de verdad respete a los diferentes y los valore como tales, y que no implique una privatización de las religiones, con la pretensión de reducirlas al silencio y a la marginalidad del recinto cerrados de los templos, sinagogas o mezquitas... Eso a la larga fomentaría más el resentimiento que la tolerancia y la paz" (EG, 255). Es imposible –a su entender—imaginar un futuro para la sociedad sin una vigorosa contribución de las energías morales en una democracia que evite el riesgo de quedar cerrada en la pura lógica de la representación de los intereses constituidos.

Precisamente cuando la política resulta más necesaria, nos encontramos con que muchas formas convencionales de ejercerla han perdido credibilidad social. Vemos cómo abusos y corrupciones han creado una crisis de legitimidad y confianza y cómo el comportamiento político ha dado demasiadas muestras de formalismos vacíos, juegos partidistas y respuestas tecnocráticas, y ha carecido de sentido de cuerpo social y de liderazgos de servicio público. Todos esos factores han permitido y agravado la crisis poniendo muy difícil que la sociedad haga frente al deterioro de la vida económica y pública.

Es un hecho que la clase política y los partidos políticos han llegado a convertirse en el tercer problema más importante para los españoles, sólo por detrás del paro y de la corrupción y el fraude. Los casi once meses sin Gobierno han ahondado más esa valoración: un desastre de "vetocracia" que, amparada en reglamentos y sumas de votos, ha  desgastado aún más a la democracia.

Reconciliar es "establecer relaciones justas con Dios, con el prójimo y con la creación": "puentes en medio de las divisiones de un mundo fragmentado"[31]

Este principio de la unidad sobre el conflicto llama a la reconciliación, en medio de un mundo roto; el mundo de la globalización que "divide tanto como une, divide en el acto de unir" (Z. Bauman). Ante tanta fractura, sin duda la indignación tiene su papel como un despertador de las conciencias y expresión del malestar social. Pero una visión solamente negativa o conflictivista de la sociedad es a todas luces insuficiente y dañina. Hay muchos aspectos que agradecer y estimar positivamente. Allí donde hay conflictos o divisiones, hacen falta procesos de reencuentro y reconciliación, y ojalá la Iglesia se ponga al servicio de facilitar espacios y procesos orientados a ello. La pregunta aquí es si los cristianos podemos desempeñar un papel de reconciliadores en las heridas de la sociedad y en los conflictos de la vida pública. No deberíamos olvidar aquellas estremecedoras palabras del apóstol Pablo: "Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo y nos encargó a nosotros la palabra de la reconciliación" (2 Cor 5,19). La reconciliación es, pues, una misión que nos encomienda el Señor.

Ante los presentes y futuros desacuerdos graves que se produzcan –pues somos sociedades dinámicas en las que la participación ciudadana crece- necesitamos labrar una cultura pública que sepa encauzarlos adecuadamente. Es importante profundizar en la experiencia de desacuerdo sin ruptura de la comunión y en las discrepancias legítimas sin dejar de buscar juntos el bien común. Esa experiencia la tenemos en las comunidades cristianas (aunque probablemente sin ser muy conscientes de ello), donde celebramos juntos la misma fe, siendo de opiniones políticas e ideologías diversas.

Es clave que pese a las discusiones y diferencias no se rompan los puentes de encuentro y diálogo sino que la convivencia se proteja como el bien más valioso, por encima de cualquier idea o creencia. A tal efecto hay que evitar caricaturizar a los adversarios, estigmatizar al oponente, reducirle a prejuicios que acaban causando menosprecio, odio y violencia. Hay que hacer un especial esfuerzo por comprender los motivos, intenciones y experiencias del otro y tratar de hacer la mejor interpretación posible ("salvar la proposición del prójimo"), para que lo que nos separa no impida que crezca más lo que nos une. A este respecto la reciente campaña presidencial norteamericana ha sido de una agresividad espantosa y muy lesiva que dejará herida la concordia cívica.

Eso sí, las diferencias siempre deben darse en el respeto a un marco común de reglas de juego (el Derecho común)  que, cuando los desacuerdos son irreconciliables, nos defiende de caer en la incivilidad y la barbarie. En ese terreno común podremos ir trabajando por nuevos acuerdos, aplicando la ascesis, la humildad y la sinceridad. A veces alcanzar consensos no es fácil ni siquiera posible, pero cultivar actitudes de diálogo y aspirar al acuerdo, siempre merece la pena. Desde las más tempranas edades será algo que tendríamos que educar.

La fuerza pacífica de la integración

Este principio también me lleva a pensar en la integración social ante la llegada masiva de inmigrantes y refugiados a Europa. Integración habla de procesos graduales y multifactoriales: trabajo, educación, vivienda, participación social y política, cultura, religión.... La población inmigrante va efectivamente integrándose si va accediendo a los derechos básicos y correspondiendo a sus deberes ciudadanos. Las mejores definiciones de la Unión Europea hablan de ella como procesos de doble sentido basados en los derechos recíprocos y las obligaciones correspondientes de los nacionales de terceros países y de la sociedad de acogida. Y el papa Francisco pide que no nos dejemos "intimidar por los números, más bien mirar a las personas, sus rostros, escuchar sus historias mientras luchamos por asegurarles nuestra mejor respuesta a su situación... Cuidémonos de una tentación contemporánea: descartar todo lo que nos moleste... Tratemos a los demás con la misma pasión y compasión con la que queremos ser tratados. Busquemos para los demás las mismas posibilidades que deseamos para nosotros. Acompañemos el crecimiento de los otros como queremos ser acompañados..."[32].

Sin negar la complejidad, este sentido de integración acorde con la cultura del encuentro reclama articular desde una estimación positiva de la diversidad una política de actuaciones coherente con esta visión. Hacia esa alternativa se inclina la Iglesia y por ahí ha ido estos últimos lustros, aunque sin gran sistematización, el modo español (¿modelo mediterráneo?) de tratar la diversidad inmigratoria. Más como integración plural del conjunto de la sociedad –en la que todos hacen un esfuerzo por resituarse y crear algo nuevo— que como llamada a renuncias unilaterales de los que vienen. Aparte del cierto fracaso en los modelos de nuestros vecinos, conviene saber que el modelo francés sería inaplicable en España por nuestra diversidad cultural vivida y constitucionalmente reconocida. Y tampoco funcionaría el modelo inglés, por canalizar las demandas mediante la interlocución política de las minorías étnicas.

Esta apuesta por el diálogo y la integración intercultural precisa, al menos, de respeto mutuo, aprendizaje recíproco y definición de un espacio común y obligatorio de valores de convivencia y libertades que dé cabida a todas las opciones respetuosas con el derecho a la vida y la dignidad de las personas[33].

Una especial preocupación hoy en Europa: la islamofobia

Evidentemente no todos los programas identitarios son igualmente viables en una sociedad que respeta la diversidad. Hay identidades que enriquecen la comunidad plural y hay "identidades asesinas". Algunas son permeables mientras otras se afirman en la negación de lo diferente. Creerse en posesión de la "verdad" minusvalorando o despreciando la libertad de las personas es caldo de cultivo para toda suerte de fundamentalismos sean religiosos, políticos o ideológicos, que pueden derivar en imposición y odo hacia el diferente y en casos extremos incluso se vuelve mortífero.

Ante el terrorismo yihadista en suelo europeo, ojalá que no perdamos la capacidad para distinguir el Islam de esa gran manipulación "nada religiosa, porque rechaza a Dios, relegándolo a mero pretexto ideológico"[34] y que mantengamos la cabeza fría para no interpretar como venganza islámica la locura de un joven que se lía a tiros en un tren. Los atentados no sólo buscan que cunda el pánico en el conjunto de la población, sino que se estigmatice a los musulmanes dentro de Europa, que se considere a cualquier musulmán como potencial terrorista y que se restrinja su libertad religiosa, obligándoles a elegir entre vivir en Europa o pertenecer al Islam.

Desgraciadamente están puestas las condiciones para que el odio generalizado hacia los musulmanes que viven entre nosotros y que hay políticos que no tienen ni van a tener ningún escrúpulo en aprovecharse de la coyuntura para sacar rédito electoral. Pienso con Jaume Flaquer, SJ, que "necesitamos políticos inteligentes y ciudadanos sensatos para no seguir el juego de esas falsas dicotomías" y que "a la comunidad musulmana se le exigirá no solamente la condena inequívoca de los atentados terroristas (que ya viene haciendo por más que la prensa se haga poco eco de ello) sino una implicación activa en la lucha contra esa lacra: tanto a nivel ideológico como en la cooperación activa con los servicios de inteligencia"[35].

Valiosas pautas para la cultura del encuentro en esta dura materia las dio Francisco en su memorable discurso en el Congreso de Estados Unidos: "Ninguna religión es inmune a diversas formas de aberración individual o de extremismo ideológico... Combatir la violencia perpetrada en nombre de una religión, ideología o un sistema económico, y al mismo tiempo, proteger la libertad de las religiones, de las ideas, de las personas requiere un delicado equilibrio en el que tenemos que trabajar... [Está la tentación de]l reduccionismo simplista que divide la realidad en buenos y malos... Sabemos que en el afán de querer librarnos del enemigo exterior podemos caer en la tentación de ir alimentando el enemigo interior. Copiar el odio y la violencia del tirano y del asesino es la mejor manera de ocupar su lugar... Nuestra respuesta, en cambio, es de esperanza y de reconciliación, de paz y de justicia. Se nos pide tener el coraje y usar nuestra inteligencia para resolver las crisis geopolíticas y económicas que abundan hoy... pensarnos en relación con otros, saliendo de la lógica del enemigo pasar a la lógica de la reciproca subsidiaridad, dando lo mejor de nosotros...". Y es que los muros no son solamente físicos sino que se acaban metiendo en nuestras mentes y corazones.

La familia, energía y escuela de ciudadanía

Formar personas de reconciliación y deseosas de encuentro comienza en las relaciones familiares que están a la base de toda la sociedad, como energía de ciudanía (san Juan XXIII) o escuela de ciudadanía (san Juan Pablo II). Aunque de especial atención para el pensamiento católico, la familia es, por supuesto, patrimonio de toda la humanidad. ¿Dónde si no en la familia podremos buscar y recibir el espíritu de fraternidad, la solidaridad intergeneracional, de la ética del cuidado, la inclusión de los más débiles y dependientes, la acogida de la vida, el amor incondicional o la sabiduría de los misterios de la vida y sus límites? Sin familias que vivan valores de esos que conforman el espíritu de familia no hay sociedad humana ni democracia sostenible.

En España es voz común que las familias actúan espontáneamente como "salvavidas" de muchos en las crisis, por eso es la única institución que no sólo ha mantenido los niveles de valoración de la población española sino que han aumentado. Cientos de miles de hogares han vivido apoyados sólo en la pensión de los abuelos, aunque las familias no solamente proporcionan soporte económico, dan apoyo emocional (de modo natural, sin contratos ni condiciones) a los millones de personas desempleadas y sus hogares. Sin las familias la sociedad española se hubiera colapsado social y políticamente. Eso no quiere decir –ni mucho menos—que las familias sean perfectas o que carezcan de tensiones o fragilidades. Las tienen y en gran medida, pero los vínculos del amor familiar en la mayoría de los casos se ponen por encima de tensiones y conflictos. Parece obvio que si queremos reconstruir la sociedad es preciso fortalecer las familias en su solidaridad interna y en su participación social. Es preciso encontrarnos distintas ideologías y confesiones para establecer un gran consenso para el reconocimiento, protección y promoción de las familias. Aquí la Iglesia tiene un gran servicio que hacer al conjunto de la sociedad, pero no sustituyendo el apoyo que tiene que venir de los poderes públicos.

Aquí la tarea es múltiple, pero quiero apuntar la necesidad de replantear lo que ha sido y ya previsiblemente ya no será el Estado de Bienestar. Está surgiendo toda una reflexión sobre la "Sociedad de los Cuidados" que "busca hacer posible y sostenible un modelo global que realice un desarrollo económico y tecnológico fortalecido por la escala humana, las comunidades vitales y la plena participación social"[36]. En ese modelo que pone el foco en el "cuidado", se le asigna a la familia un papel central e indispensable.

7.3. La realidad es más importante que la idea

El tercer principio es "la realidad es más importante que la idea" (EG, 231-232) y llama a  no quedarse en los purismos angélicos o en el intelectualismo que nos separa de la realidad. Dos tareas/terapias vienen de este principio y conectan íntimamente con la cultura del encuentro: diálogo y discernimiento. Y junto a ellas varias apuestas: la interdisciplinariedad, la crítica del paradigma tecnocrático o el irrenunciable papel de la verdad en la política. Veamos.

La tarea/terapia del diálogo

Dialogar significa "estar convencidos de que el otro tiene algo bueno que decir, acoger su punto de vista, sus propuestas. Dialogar no significa renunciar a las propias ideas y tradiciones, sino a la pretensión de que sean únicas y absolutas"[37]. "En el diálogo siempre es posible acercarse a la verdad, que es don de Dios, y enriquecerse recíprocamente..., sin caer, obviamente en el relativismo. Y para dialogar es necesario bajar las defensas y abrir las puertas..."[38].

Como más arriba expliqué, creo que la llamada al diálogo no es solo por la bondad del método, sino por cómo es la realidad y cómo podemos aprehenderla: todas las cosas están entrelazadas y solamente haciendo confluir visiones, perspectivas, intereses, etc., desvelamos y afrontamos adecuadamente los problemas.

Interdisciplinariedad

Por eso es cada vez más necesaria una formación interdisciplinar (diálogo entre disciplinas) y transdisciplinar (en apertura a la sociedad y las organizaciones que trabajan a pie de obra). La realidad se debe estudiar por "parcelas", pero ella misma no está "parcelada", y por eso tras el estudio disciplinar la interdisciplinariedad se vuelve imprescindible como cauce de respeto a una realidad compleja.

La crítica del paradigma tecnocrático

El tan traído y llevado paradigma tecnocrático, aludido al comienzo de este artículo, no se refiere a la aplicación de métodos técnicos a la solución de problemas definidos ni critica que algunos expertos pongan sus conocimientos y experiencia al servicio de la sociedad en la acción política (los "tecnócratas con corazón"[39]), sino a un ethos penetrante, una visión del mundo que pone la tecno-ciencia al servicio de intereses (generalmente camuflados como neutrales) en los cuales priman factores como la mera utilidad, la eficacia o la funcionalidad.

Cuando una élite se sirve de la racionalidad científico-técnica para sus fines, puede acabar convirtiendo la realidad, también al ser humano, en objeto de experimentación o negocio bajo criterios puramente marcados por la eficacia o la rentabilidad. Muchas decisiones políticas, tanto en el ámbito económico como ante dramas humanos como el de los refugiados, no son ajenas a ese modo tecnocrático de proceder. Resguardándose bajo aparentes razones técnicas, se privan de dimensión moral algunos aspectos en los que se está jugando con la vida de las personas. Así parece que la injusticia y la alienación quisieran ser escondidas con la máscara de decisiones puramente técnicas que quieren sustraerse de ser pensadas ni discernidas.

Cuando exigimos a la política que no se subordine a la economía y que busque el bien común poniendo a las personas en el centro, reclamamos un humanismo que cultive una dimensión ética (no cosmética) de la vida y la profesión, un horizonte sapiencial donde los análisis y las decisiones, así como los logros científicos y tecnológicos, estén acompañados por valores filosóficos y éticos. Eso se aleja de todo especialismo estrecho y contraproducente, que va bien con la tecnocracia, pero no con la búsqueda de la sabiduría y el bien común.

La tarea/terapia de discernir

Discernir requiere conocer la materia, recopilar buenos datos, sopesar razones y buscar recta y humildemente lo bueno; todo para decidir. Pero en absoluto es dar un cheque en blanco al relativismo ni al hacer la propia voluntad. Para los creyentes, supone traspasar la superficie de las cosas y las apariencias para atender amorosamente a lo que Dios espera de uno en sus circunstancias. Requiere, consecuentemente, un talante de apertura a la complejidad y ambigüedad de lo real, en todo. Pide no separar fácilmente puros e impuros, buenos y malos, y no blindarse en rigideces, tópicos, complacencias narcisistas o condenas catastrofistas, que acaban siendo "doctrina sin vida". "Con inteligencia humilde y abierta, buscar y encontrar a Dios en todas las cosas (...), en todos los campos del saber, del arte, de la ciencia, de la vida política, social y económica se necesita estudio, sensibilidad, experiencia (...) y se requiere mantener abiertos mente y corazón, evitando la enfermedad espiritual de la autorreferencialidad"[40].

El discernir al que aquí nos referimos no permite separarse nunca de la "humildad, reserva, amor a la Iglesia y a su enseñanza, en la búsqueda sincera de la voluntad de Dios..." (AL, 300). Se trata de "formar las conciencias no de sustituirlas" (AL, 37) dictándoles desde arriba y desde fuera de la propia experiencia personal lo que toca hacer. Es poner la conciencia moral en el centro como "primero de todos los vicarios de Cristo" para cada uno (Newman), porque sin ella no hay libertad y, consiguientemente, no hay búsqueda del bien y la verdad; y porque para la ética no bastan la objetividad y la corrección moral de los actos. La verdad moral se va alcanzando a través del discernimiento y la deliberación; con la intersubjetividad del acompañamiento, el diálogo y el encuentro, donde se alcanza esa franja desde la que se aplican prácticamente los principios a las distintas situaciones de la vida concreta ("todo principio general tiene necesidad de ser inculturado si quiere ser observado y aplicado" y "no todas las discusiones doctrinales, morales o pastorales deben ser resueltas con intervenciones del Magisterio", AL, 3).

Libertad y verdad en la política

Una auténtica democracia no es sólo el resultado de un respeto formal a las reglas, sino que es el fruto de la aceptación convencida de los valores que inspiran los procedimientos democráticos: la dignidad de toda persona humana, el respeto por los derechos humanos y la asunción del bien común como fin y criterio regulador de la vida política. "Una democracia sin valores se convierte con facilidad en un totalitarismo visible o encubierto, como demuestra la historia" (CA, 46). Las bases de estos valores no pueden estar en las opiniones provisionales o cambiantes de la mayoría, sino en una búsqueda dialógica de la verdad respetuosa con el pluralismo y las diferencias.

No descubro nada nuevo si digo que hoy es casi tabú hablar de la verdad. Molesta mucho en la contienda política o en la elaboración de las leyes. Hoy acaso molesta más que en otras épocas, pero los que en serio la buscan siempre han resultado incómodos. Pilato y su pregunta "¿qué es la verdad?" lanzada contra Jesús en el Pretorio, es el prototipo del pragmatismo superficial y escéptico de todas las épocas. Él no ha sido el único que ha dejado al margen esta cuestión como inconveniente para sus ambiciones de poder, pero ha quedado como paradigma de ello.

Cae derrotada la sensibilidad por buscar la verdad cuando se da por correcto lo que Fedro dijo a Sócrates: que el valor de un buen discurso reside en su eficacia persuasiva, y para ello lo que vale es lo que parece verdadero (la imagen) y no lo que realmente lo sea. Por eso no importa engañar (hacer parecer justo lo injusto o bueno lo malo), con tal de que ello resulte persuasivo convincente. Renunciar a la posibilidad de conocer la verdad lleva a un uso puramente formalista de las palabras y los conceptos, y desemboca en una insoportable superficialidad de juicios y etiquetas.

Hay una asombrosa similitud entre lo que Fedro le respondió a Sócrates y lo que casi veinte siglos más tarde planteó Maquiavelo, poniendo en la imagen y la apariencia de las palabras y obras del príncipe la clave de un correcto manejo de la política y el poder. O entre lo que escribió Maquiavelo y muchas cosas que lamentablemente han estado pasando y que hemos contemplado atónitos en tantos casos de corrupción y falta de honestidad y veracidad de muchos, a todos los niveles de la vida personal y social. Ahí entran también algunos de los tactismos políticos y la teatralidad estratégicamente planeada de la autoproclamada "nueva política", donde parece importar más la imagen proyectada que el servicio al bien común.

Pero a fin de cuentas lo realmente grave es que si la verdad no cuenta nada, no hay verdadera libertad y tampoco es posible la justicia; sin criterios comunes más allá de las opiniones cambiantes y de las concentraciones de poder, ¿qué justicia puede haber? No ha sido posible la justicia en las gran­des dictaduras que se han sostenido en la mentira ideológica ni en las sociedades donde el relativismo se adueña de la situación. Si renunciamos a la verdad, perdemos la libertad y la justicia, y solo nos queda pragmatismo y el triunfo de los fuertes, el pragmatismo y el descarte de los débiles.

La ruptura del vínculo entre libertad y verdad se halla, a mi juicio, entre las fuentes de las tensiones que recorren la crisis moral y espiritual que corroe a Europa, y cuyas consecuencias son perceptibles a distintos niveles de la vida, por ejemplo, en la inexplicable incapacidad para afrontar el drama humano de los refugiados o en el auge los populismos que tan hábilmente aprovechan las angustias y los miedos de la gente.

Integridad personal e institucional

Que nadie se engañe: No hay ni podrá haber política honesta o desempeño profesional honesto sin personas honestas que las ejerzan. Regenerar la vida pública requiere que las personas regeneremos nuestra vida personal y nuestros modos de estar y participar en la vida profesional, comunitaria y cívica. La democracia solo es sostenible si la cultura que la alienta fomenta personas abiertas, comunitarias, solidarias, participativas, capaces de salir de sí mismas y de mirar por la construcción del bien común. Son precisos buenos cultivos de virtudes personales y cívicas para cimentar y nutrir una democracia sostenible. Y el desarrollo de esas virtudes necesita de una labor profunda de formación en las familias, los centros educativos (desde la infancia hasta la educación superior), las instituciones sociales y empresariales, también se precisa la colaboración de los medios de comunicación, un papel mucho más extenso de asociaciones y colectivos ciudadanos, así como el mundo de la cultura y, cómo no, de las religiones.

Pero no basta con personas honestas, hace falta instituciones con "alma" sana y procedimientos que impidan la pérdida del rumbo correcto. Ese "alma", que existe en las organizaciones de modo análogo a las personas, está conformada por valores, principios, intenciones, aspectos identitarios y referencias de sentido que le guían para cumplir su misión y determinar sus decisiones y su modo de funcionar. No se plasma solamente en los códigos de conducta sino también en las tradiciones y referencias del marco normativo y prudencial desde el cual en una empresa o en una universidad se discierne y elige. No merece la pena trabajar en una organización que tenga ese marco éticamente dañado, en un lugar donde la realización de fraudes, de corruptelas o nepotismos sean moneda corriente; donde la propaganda venda muy bien pero detrás no haya sustancia ni verdad. No me refiero a las tensiones que existen en todas las organizaciones, incluso la más excelentes, sino a la falta de verdad en la urdimbre de sentido de la institución.

En este punto, para poner las cosas en su justo término y no acabar cayendo en purismos angélicos que más que ánimo provoquen lo contrario, conviene tener en cuenta la ley de la gradualidad de la que habla el papa Francisco respecto de la familia y el matrimonio, pero que legítimamente puede ser aplicada a otras realidades: "Contemplar la plenitud que todavía no alcanzamos, nos permite relativizar el recorrido histórico que estamos haciendo como familias, para dejar de exigir a las relaciones interpersonales una perfección, una pureza de intenciones y una coherencia que sólo podremos encontrar en el Reino definitivo... Lo que se nos promete es siempre más. No desesperemos por nuestros límites, pero tampoco renunciemos a buscar la plenitud de amor y de comunión que se nos ha prometido" (AL, 325).

7.4. El todo es superior a la parte

Y el cuarto principio que da el Papa Francisco afirma que "el todo es superior a la parte" (EG, 234-237), es decir, que sin tener visión y compromiso con lo común uno no puede realmente ser libre ni feliz. Hace falta prestar atención a lo común para no caer en la mezquindad cotidiana, para evitar tanto el universalismo abstracto como el localismo folclórico y ermitaño. Aquí radica la razón de ser de la política que "responde a la necesidad imperiosa de convivir para construir juntos el bien común posible, el de una comunidad que resigna intereses particulares para poder compartir, con justicia y paz, sus bienes, sus intereses, su vida social. No subestimo la dificultad que esto conlleva, pero les aliento en este esfuerzo"[41]. Resulta urgente rehabilitar la política pues una sociedad que la menosprecia se pone en peligro. Resulta urgente rehabilitarla y replantearse en todos los ámbitos (educación, familia, economía, ecología, cultura, sanidad, protección social, justicia...) una relación activa entre la política y la vida cotidiana de los ciudadanos[42].

La lógica del bien común

El conjunto de condiciones para una convivencia de todos en libertad es lo que constituye el bien común, que es responsabilidad de todos, pero de manera más directa de quienes ejercen legítimamente el poder político. Empieza por no sucumbir a la tentación de apropiarse de bienes o dinero que son de todos, pero sigue en la búsqueda de las relaciones, alianzas y colaboraciones que más beneficien al "común", y también en que la ciudadanía cuide de los recursos, instalaciones o medios... Las condiciones para una convivencia digna pasan por la garantía de libertades y derechos, el favorecimiento de las relaciones fundamentales (con Dios, con uno mismo, con los demás –desde el matrimonio y familia hasta las de la sociedad mundial— y con la creación) y la satisfacción de las necesidades básicas de salud, energía, agua, alimentos, espacios urbanos o naturales, educación, cultura o información.... Libertades, relaciones y necesidades conforman la urdimbre del respeto a la dignidad humana y, por consiguiente, los elementos que integran el bien común que las comunidades necesitan tener garantizados. Para ello hacen falta el conjunto de instituciones que estructuren jurídica, civil, política y culturalmente la vida social.

El interés por el bien común no se conforma con el principio utilitarista del "mayor bien (o bienestar) para el mayor número", sino que va más allá: requiere no olvidarse de nadie (la centralidad y valor de cada persona), reconocer y cuidar a las minorías y los bienes de su comunidad, como parte valiosa de la diversidad de la sociedad de todos. Y, en un mundo en el que "hay tantas inequidades y cada vez son más las personas descartables, privadas de derechos humanos básicos", esforzarse por el bien común significa tomar decisiones solidarias basadas en "una opción preferencial por los más pobres" (LS, 158) con las vertientes tanto intrageneracional como intergeneracional. En el paradigma de "la ecología integral" que propugna el papa Francisco "es indispensable integrar el valor del trabajo" (LS, 124); "dejar de invertir en las personas para obtener un mayor rédito inmediato es muy mal negocio para la sociedad" (LS, 128).

Aspirar al bien común y trabajar por él es para la Doctrina Social de la Iglesia "exigencia de justicia y caridad... Se ama al prójimo tanto más eficazmente, cuanto más se trabaja por un bien común que responda también a sus necesidades reales. Todo cristiano está llamado a esta caridad, según su vocación y sus posibilidades de incidir en la polis. Ésta es la vía institucional —también política, podríamos decir— de la caridad, no menos cualificada e incisiva de lo que pueda ser la caridad que encuentra directamente al prójimo fuera de las mediaciones institucionales de la polis" (CV, 7). En la mejor tradición del pensamiento social cristiano, el papa Francisco no escatima elogios al ejercicio de la política: "La política, tan denigrada, es una altísima vocación, es una de las formas más preciosas de la caridad, porque busca el bien común. Tenemos que convencernos de que la caridad no es sólo el principio de las micro-relaciones, como en las amistades, la familia, el pequeño grupo, sino también de las macro-relaciones, como las relaciones sociales, económicas y políticas" (EG, 205, donde cita CV, 2).

Esta importancia de la política justifica, por supuesto, la necesidad de tener "políticos a quienes les duela de verdad la sociedad, el pueblo, la vida de los pobres. Es imperioso que los gobernantes y los poderes financieros levanten la mirada y amplíen sus perspectivas, que procuren que haya trabajo digno, educación y cuidado de la salud para todos los ciudadanos. ¿Y por qué no acudir a Dios para que inspire sus planes? Estoy convencido de que a partir de una apertura a la trascendencia podría formarse una nueva mentalidad política y económica que ayudaría a superar la dicotomía absoluta entre la economía y el bien común social" (EG, 205). Pero el llamamiento no se queda en los políticos profesionales sino que llama igualmente a la responsabilidad de todo ciudadano hacia el bien común, aunque no sienta una vocación a la actividad estrictamente política. Si los miembros de una sociedad solo se consideran sujetos particulares con responsabilidades en la esfera privada, si se desentienden de los intereses generales e incluso ven en el Estado un obstáculo que hay que procurar sortear, difícilmente se podrá hablar de ciudadanía y se producirá una ruptura inevitable entre la sociedad y el Estado. El "privatismo ciudadano" no construye bien común.

Hemos de aclarar que en una sociedad plural de personas libres la política no debe pretender organizar la vida de todos, sino crear las condiciones para que cada uno pueda en libertad hacer realidad sus aspiraciones legítimas. Por eso el Concilio Vaticano II distinguió, en la declaración Dignitatis humanae sobre la libertad religiosa, dentro del bien común una parcela que sí corresponde al Estado cuidar y proteger; a esa parte del bien común se la denomina "orden público"[43]. Si la responsabilidad del bien común es del conjunto de la sociedad con toda la riqueza y diversidad de comunidades e instituciones, la responsabilidad por el orden público corresponde fundamentalmente al Estado.

Dentro de esa esencial distinción, el aprecio por lo público no significa que todo sea de titularidad pública o que las condiciones del bien común hayan de ser cuidadas y favorecidas solamente por las administraciones públicas. En la vida pública desembocan también las organizaciones de la sociedad civil que no contribuyen menos al bien general que las de titularidad estatal. La participación de las organizaciones ciudadanas y el tercer sector es deseable siempre que se asegure que dichas organizaciones tienen como interés superior el cumplimiento de ese servicio y que lo hacen con calidad y respeto de la ley y las reglas de juego comunes ("orden público").

Autorreferencialidad

Hablando del todo y la parte, una de las grandes preocupaciones del papa es la enfermedad de la autorreferencialidad (ya aludida más arriba), prima-hermana del individualismo imperante. Advierte que desconfiemos de toda "espiritualidad del bienestar sin comunidad", toda "teología de la prosperidad sin compromisos fraternos" y de "las experiencias subjetivas sin rostros" (EG, 90). Las percepciones superficiales y egocéntricas de la realidad hacen casi imposible sentir compasión por el sufrimiento de otros, e impiden a las personas conectar con la realidad, en un proceso de deshumanización que puede ser gradual y silencioso pero es muy real (A. Nicolás, SJ).

Para adelgazar el "ego" necesitamos ejercicios que nos hagan experimentar nuestras cualidades pero también nuestros límites, nuestras virtudes pero también nuestros defectos. Necesitamos una experiencia personal que nos reubique continuamente. Se trata de experimentar y sentir que necesitamos de los demás..., pues "no somos islas sino partes del conjunto" (John Donne). Entre los ejercicios de gimnasia para adelgazar el ego están también los servicios humildes y cotidianos..., las tareas que nadie ve, donde no hay lucimiento y sí entrega callada, y cosas que nos acercan a los sufrientes y a los pobres. El voluntariado tiene aquí su papel significativo.

Celebrar y cuidar la laicidad positiva

Entre creyentes y no creyentes hay un terreno fértil de coincidencias sobre valores que dignifican la vida y hacen crecer el respeto a lo diferente y la articulación de lo distinto en un marco de convivencia pacífica y justa. Es un terreno común que sólo puede darse en el seno de un Estado aconfesional y laico, donde las diversas cosmovisiones pueden convivir en armonía sin renunciar a su identidad. El Estado laico da espacio a las religiones estimándolas factores constructivos de la vida social. Eso sí: laicidad no es laicismo, o no es laicismo neutralista y excluyente, por ser más precisos. Este tergiversa la laicidad y contiene una dosis más o menos alta, según modos y circunstancias, de comportamiento beligerante o marginador respecto a la religión.

En este debate se hace absolutamente necesario distinguir entre "laicidad del Estado" y "sociedad laica". El Estado laico se sitúa como garante de la libertad y al servicio de una sociedad plural en el ámbito religioso, mientras que, por contra, la sociedad "laica" implicaría la negación social del hecho religioso o, al menos, dificultaría el derecho a vivir la fe en sus dimensiones públicas. La laicidad del Estado no exige en absoluto que la sociedad sea laica. Esa confusión se da en no pocos políticos de nuestra querida tierra.

Pensando en la sociedad española, resulta a mi parecer necesario mantener vivo el espíritu constitucional de "laicidad positiva", tal como la denomina el Tribunal Constitucional. En efecto, nuestra Constitución no postula, ni en el espíritu ni en la letra, la exclusión del hecho religioso en la vida social y pública o su reducción al ámbito exclusivo de las conciencias, sino que juzga que las creencias, las convicciones y los valores tienen repercusión en la esfera social y, aceptando por supuesto las reglas de la convivencia plural, construyen como el que más una sociedad abierta y libre. Cuando vemos reformas constitucionales en lontananza, sería un gravísimo error político dilapidar este gran patrimonio de "laicidad positiva". En contextos cercanos al nuestro ya querrían disponer del enfoque constitucional español para afrontar los desafíos del presente.

Sabido es que la comprensión positiva de la laicidad se articula en nuestra Constitución mediante dos principios ubicados en el artículo 16.3: el primero lo refleja la frase de "ninguna confesión tendrá carácter estatal", e implica tanto la separación de las entidades religiosas y el Estado, como la neutralidad de los poderes públicos ante el acto de fe, la cual no significa indiferencia y mucho menos desprecio ante el fenómeno religioso. El segundo principio –el de cooperación— ordena a los poderes públicos "tener en cuenta las creencias religiosas presentes en la sociedad y mantener relaciones de cooperación con la Iglesia católica y las demás confesiones". A tenor de la significación histórica del catolicismo y su reconocimiento como religión mayoritaria de los españoles, se especifica una especial colaboración del Estado con la Iglesia católica. Esta afirmación constitucional no va –ni debe ir— en detrimento de nada ni de nadie.

Nuestro propio modo de "cooperación" con "separación" y "neutralidad" se ha encauzado a través de los Acuerdos entre la Santa Sede y el Estado Español (1979), y de los Acuerdos con los Judíos, Protestantes y Musulmanes (1992). No quieren comportar privilegios para estas confesiones, sino constituir instrumentos jurídicos en plena armonía con la libertad religiosa. Sobre ese marco, por supuesto, habrán de ir haciéndose los desarrollos y modulaciones pertinentes a tenor de cómo evolucione el paisaje religioso.

En un momento confuso e incierto como el que vivimos, es una gran suerte contar con un marco constitucional como el español y un marco doctrinal como el conciliar. Son exitosos esfuerzos guiados por el "personalismo jurídico" que nos permiten apuestas consistentes a favor de la cultura del diálogo y el encuentro.

8. La cultura del encuentro al interior de la Iglesia

Ni que decir tiene que el pluralismo no sólo es un hecho indisputable de la sociedad, sino también una realidad intraeclesial. Esto tiene que ver con la cuestión delicada de cómo nos relacionamos entre católicos que pertenecemos a tradiciones o grupos diversos y también con otra que pregunta ¿quién habla por la Iglesia y en qué temas se percibe que habla la Iglesia, cuando su voz se expresa públicamente?

Estoy convencido de que, para que la Iglesia sea capaz del discernimiento evangélico para da razón de su esperanza de palabra y obra, resulta necesario que existan lugares en donde los cristianos de opciones distintas podamos encontrarnos y explicarnos en torno a las cuestiones que preocupan a la sociedad y a la Iglesia en tanto en cuanto vive en ella. Asimismo, creo que la práctica de diálogo dentro de la Iglesia debemos tomarla como una obligación moral y como condición de posibilidad para la participación de los católicos en foros o debates con diferentes visiones morales, a fin de que valores y principios inspirados y afincados en el Evangelio puedan entrar en genuino diálogo con otras maneras de ver, vivir y articular la experiencia humana.

Es obvio que el reconocimiento efectivo del pluralismo de voces de las comunidades eclesiales y la articulación de canales de diálogo para que estas voces diversas sean efectivamente escuchadas por parte de los pastores no implica poner fuera de juego el necesario rol de la autoridad y del Magisterio eclesial. Antes al contrario: tanto el diálogo como la autoridad son necesarios para generar y sostener la comunión eclesial.

Para enfocar correctamente estas cosas a mí siempre me ayuda volver a Octogesima adveniens de Pablo VI: "Incumbe a las comunidades cristianas analizar con objetividad la situación propia de su país, esclarecerla mediante la luz de la Palabra inalterable del Evangelio, deducir principios de reflexión, normas de juicio y directrices de acción según las enseñanzas sociales de la Iglesia..." (OA, 4). Se trata del discernimiento de las comunidades en distintos contextos en los que hay que elegir cómo actuar conjugando principios, valores y carácter moral. La fe vivida eclesialmente debe animar al discernimiento, a la luz de la razón y de la revelación, de todo lo que es verdadero y auténtico, para asumirlo, valorarlo críticamente y proponerlo en una comunicación abierta.

9. Conclusión

En fin, el marco de la visión social sobre la que reposa la cultura del diálogo y del encuentro lo proporcionan esos cuatro principios que constituyen una contribución valiosa del magisterio del papa argentino: "el tiempo es superior al espacio", "la unidad prevalece sobre el conflicto", "la realidad es más importante que la idea" y "el todo superior a la parte". Estos principios nos invitan a estar atentos a la realidad y a ampliar la mirada para reconocer el mayor bien y actuar en consecuencia. No es posible vivir con ilusión en lo cotidiano sin horizontes grandes –incluso infinitos— que nos motiven y movilicen, pero al mismo tiempo solo es posible tener proyectos grandes y llevarlos a cabo actuando sobre cosas mínimas y cotidianas, aparentemente insignificantes.

A todos los niveles, empezando por la política, necesitamos una cura de sana cultura del encuentro, en la triple capacidad en que la articuló el papa en su memorable discurso en la recepción del Premio Carlomagno: la capacidad de integrar, la capacidad de dialogar y la capacidad de construir una sociedad reconciliada.

Entre las convicciones que sostienen estas llamadas está la de que encontramos a Dios en el mundo, al que Él ama y nosotros también queremos amar, y para que ese encuentro sea evangélico naturalmente tenemos que discernir cómo usar los bienes de este mundo correctamente, para elegir bien según la voluntad de Dios. No se elige tocando superficial y tangencialmente la realidad, sino yendo a la profundidad donde se unen la concreción máxima y la máxima universalidad.

Monseñor Blázquez lo expresó así hace unos meses: "La alegría y el gozo del Evangelio iluminan el magisterio del papa Francisco. No es con una mirada oscura y triste, sino gozosa y esperanzada por la salvación que proclama el Evangelio y comunica el encuentro con Jesucristo, impregnada por la misericordia de Dios, con la que contempla el papa la humanidad en la hora presente. Esta alegría es compatible con las pruebas, ya que para los discípulos de Jesús crucificado y resucitado la cruz y la luz se armonizan en su existencia marcada por la Pascua (cf. 1 Pe 1,6-9; 4, 12-14)"[44].


[1] FRANCISCO, Angelus, 9 de noviembre de 2014.

[2] FRANCISCO, Discurso ante el Congreso de los Estados Unidos de América (24/9/2015).

[3] Como no podría ser de otro modo, por el cercano tema y la autoría compartida, este artículo es complementario del firmado por F. Vidal y yo mismo en este mismo número de Corintios XIII con el título "Compromiso con la cultura política del encuentro".

[4] Z. BAUMAN-L. DONSKIS, Ceguera moral. La pérdida de sensibilidad en la modernidad líquida, Paidós, Barcelona 2015, 230.

[5] F. VALLESPÍN, "Fronteras", El País (14 de agosto de 2015).

[6] No me refiero aquí a la utilización de símbolos religiosos con motivos intolerantes o violentos.

[7] E. BUENO DE LA FUENTE, "La aportación de la Iglesia a la unidad de Europa", Corintios XIII 111 2004) 115-145, en p. 122.

[8] J. ORTEGA Y GASSET, La rebelión de las masas, Alianza, Madrid 1981, 198, 200.

[9] FRANCISCO, Discurso en la recepción del Premio Carlomagno (6/5/2016).

[10] Un proyecto que no existió solo tras la II Guerra Mundial: "Europa acogió tendencias dispares, aunó cuerpo-espíritu, porque la urgencia de la misión, de la transmisión de la Verdad que hacía posible la unidad, posibilitaba que sobreviniesen posiciones plurales. A la luz de la experiencia alejandrina y asiática se pueden aplicar con luminosidad a Europa estos términos: unidad, pluralidad y misión..." E. ROMERO POSE, Raíces cristianas de Europa. Del Camino de Santiago a Benedicto XVI, San Pablo, Madrid 2006, 28.

[11] Card. J. M. LUSTIGER, "La Europa de las bienaventuranzas", Corintios XIII 111 (2004) 269-284, en p. 270.

[12] E. ROMERO POSE, o.c., 28.

[13] Las doce estrellas amarillas dispuestas en círculo sobre fondo azul de la bandera de Europa tuvieron originalmente una inspiración bíblica, aunque en la explicación oficial a la que se puede acceder sólo se diga que representan los ideales de unidad, solidaridad y armonía entre los pueblos de Europa y que no tienen nada que ver con el número de los países. Malévolamente podríamos pensar que, de no suprimirse la referencia al significado original, estaríamos recordando lo de "las raíces cristianas de Europa" que no se quiso poner en el preámbulo de la nonata Constitución.

[14] Sigo aquí a J. J. GARRIDO, "La Iglesia y la nueva realidad europea. Reflexiones desde la Ecclesia in Europa", Corintios XIII 111 (2004) 11-47.

[15] J. P. RIVERO, "Las Iglesias particulares y su apertura a Europa", Corintios XIII 111 (2004) 189-217, en p. 205.

[16] JUAN PABLO II, Exhortación apostólica posinodal Ecclesia in Europa (28 de junio de 2003) n. 23.

[17] Cf. Francisco, Misericordiae Vultus,  n. 4.

[18] FRANCISCO, Discurso en la recepción del Premio Carlomagno.

[19] Entrevista al papa Francisco del P. Antonio Spadaro, SJ, L'Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, Año XLV, n. 39 (2.333), viernes 27 de septiembre de 2013.

[20] CONFERENCIA EPISCOPAL ESPAÑOLA, Instrucción Pastoral La Iglesia, servidora de los pobres (24 de abril de 2015).

[21] Por ejemplo, D. Carlos Osoro mencionó este término nueve veces en la homilía de su primera misa como arzobispo de Madrid.

[22] D. FARES, "El papa Francisco y la política", Revista Criterio 2424 (2016) www.revistacriterio.com.ar (acceso 16 agosto 2016).

[23] Ibidem.

[24] En eso insistió mucho el papa en discurso de recepción del Premio Carlomagno, hablando de la necesidad de "una transfusión de memoria", tomando prestada la frase del escritor Elie Wiesel, superviviente de los campos de exterminio nazis.

[25] FRANCISCO, Discurso en la recepción del Premio Carlomagno.

[26] Compendio de Doctrina Social de la Iglesia, n. 417.

[27] M.  CASTELS, La era de la información II, Madrid 2001, p. 512.

[28] FRANCISCO, Mensaje para la 48º Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales (23/1/2014).

[29] FRANCISCO, Discurso en la recepción del Premio Carlomagno.

[30] W. KASPER, La teología, a debate. Claves de la ciencia de la fe, Sal Terrae, Cantabria 2016, 88-89.

[31] Estas expresiones entrecomilladas son de la CONGREGACIÓN GENERAL XXXV de la COMPAÑÍA DE JESÚS (2008), Decreto 3, n.17.

[32] FRANCISCO, Discurso ante el Congreso de los Estados Unidos de América (24.09.2015).

[33] Hemos de ser conscientes de que una consideración más matizada de la dimensión religiosa y de sus posibilidades, por supuesto, no es solo responsabilidad de los poderes públicos. También los líderes religiosos y las diversas confesiones asumen aquí una gran responsabilidad. Porque si la religión es y va a ser importante, también es importante que las religiones demuestren su capacidad de contribuir al consenso público, al diálogo, a la convivencia de la diversidad. Cf. J. L. MARTÍNEZ, Libertad religiosa y dignidad humana, San Pablo- Comillas, Madrid 2009, 39-44.

[34] Así lo dijo el papa Francisco tras el atentado al semanario Charlie Hebdo.

[35] J. FLAQUER, Islam. La media luna... creciente, Cristianisme i Justícia, Barcelona 2016, 28.

[36] Ibid., 40 ss.

[37] FRANCISCO, Mensaje en la 48ª Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales.

[38] FRANCISCO, Discurso a la Comunidad de los Escritores de "La Civiltà Cattolica" (14/6/2013).

[39] Así se titula un artículo de la profesora Salomé Adroher en ABC 5/5/2016, que siendo Catedrática de Derecho y especialista en temas de familia y menores, durante cuatro años y medio (2012-2016) ha sido Directora General de Familia y Menores del Gobierno de España.

[40] Ibidem.

[41] FRANCISCO, Discurso ante el Congreso de los Estados Unidos de América (24/9/2015).

[42] D. FARES, "El papa Francisco y la política", Criterio 2424 (2016) www.revistacriterio.com.ar  (acceso  16/8/2016).

[43] He tratado extensamente este tema en: J. L. MARTINEZ, Consenso público y moral social, Universidad Pontificia Comillas, Madrid 2002.

[44] Discurso Inaugural en la Plenaria de la Conferencia Episcopal Española de D. Ricardo Blázquez, Cardenal-Arzobispo de Valladolid, Presidente de la Conferencia Episcopal, Madrid 18 de abril de 2016, 8-9.

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