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La llamada de la Palabra (A)

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Lunes, 18 de Noviembre de 2013

HOMILÍAS CON LA DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA
Ciclo A

Edita: CENTRE DE PASTORAL LITÚRGICA. Nàpols, 346. 08025 Barcelona

 

Autor 

TaltavullAngladaSebastià Taltavull Anglada (Ciutadella de Menorca, 1948) es obispo auxiliar de Barcelona desde el año 2009. Después de llevar a cabo una amplia labor en diversos ámbitos de la pastoral en su diócesis de Menorca, desde 2005 ha sido director del Secretariado de la Comisión de Pastoral de la Conferencia Episcopal Española, comisión de la que ahora es presidente. Es autor de diversas publicaciones sobre todo de temas de pastoral y catequesis.

Prólogo

Es un motivo de gozo poder ofrecer este subsidio litúrgico publicado en la página web del Pontificio Consejo «Justicia y Paz», semana tras semana a lo largo de los tres ciclos correspondientes al Año litúrgico y ahora editado por el Centre de Pastoral Litúrgica de Barcelona, al que agradecemos mucho su difusión. Y nos alegra, sobre todo, por la estrecha relación que tiene la doctrina social de la Iglesia con la Palabra de Dios proclamada en la celebración de la Eucaristía de los domingos y fiestas. Con palabras del Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia y haciéndonos eco de las enseñanzas del beato Juan Pablo 11, hay que decir que «la doctrina social tiene de por sí el valor de un instrumento de evangelización y se desarrolla en el encuentro siempre renovado entre el mensaje evangélico y la historia humana. Por eso, esta doctrina es un camino peculiar para el ejercicio del ministerio de la Palabra y de la función profética de la Iglesia» (CDSI 67). He ahí su justificación.

LlamadadelapalabraAEs un motivo de gozo poder ofrecer este subsidio litúrgico publicado en la página web del Pontificio Consejo «Justicia y Paz», semana tras semana a lo largo de los tres ciclos correspondientes al Año litúrgico y ahora editado por el Centre de Pastoral Litúrgica de Barcelona, al que agradecemos mucho su difusión. Y nos alegra, sobre todo, por la estrecha relación que tiene la doctrina social de la Iglesia con la Palabra de Dios proclamada en la celebración de la Eucaristía de los domingos y fiestas. Con palabras del Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia y haciéndonos eco de las enseñanzas del beato Juan Pablo 11, hay que decir que «la doctrina social tiene de por sí el valor de un instrumento de evangelización y se desarrolla en el encuentro siempre renovado entre el mensaje evangélico y la historia humana. Por eso, esta doctrina es un camino peculiar para el ejercicio del ministerio de la Palabra y de la función profética de la Iglesia» (CDSI 67). He ahí su justificación.

Así, pues, la Palabra de Dios que se proclama y se medita en la asamblea eucarística de cada domingo, puede contar con una inmejorable ayuda cuando esta misma Palabra se encarna en la realidad de cada día y tiene muy presentes, como decía el Concilio Vaticano II, los «gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres y mujeres de nuestro tiempo» (cf. Gaudium et spes 1). Es esta realidad, la de nuestros pueblos y ciudades, la de las naciones de la tierra, la de la globalización entera, la que necesita de un anuncio valiente y lúcido de una Palabra que, como sucedió en los discípulos de Emaús, transmita aquel ardor apostólico que se contagia, se hace anuncio y puede transformar las personas y las estructuras de la sociedad.

El Sínodo de los Obispos sobre la nueva evangelización para la transmisión de la fe ha insistido mucho en reconocer en el mundo de hoy nuevas oportunidades para la evangelización. En su Mensaje al Pueblo de Dios dice que «toda obra del hombre es un espacio en el que, mediante el trabajo, él se hace cooperador de la creación divina. Al mundo de la economía y del trabajo queremos recordar cómo de la luz del Evangelio surgen algunas llamadas urgentes: liberar el trabajo de aquellas condiciones que no pocas veces lo transforman en un peso insoportable con una perspectiva incierta, amenazada a menudo por el desempleo, especialmente entre los jóvenes; poner a la persona humana en el centro del desarrollo económico; y pensar este mismo desarrollo como una ocasión de crecimiento de la humanidad en justicia y unidad. El hombre, a través del trabajo con el que transforma el mundo, está llamado también a salvaguardar el rostro que Dios ha querido dar a su creación, también por responsabilidad hacia las generaciones venideras» (núm.1 O).

Menciona otros aspectos que nos invitan a profundizar aún más en la dimensión social de la fe, y dice: «El Evangelio ilumina también las situaciones de sufrimiento en la enfermedad. En ellas, los cristianos están llamados a mostrar la cercanía de la Iglesia hacia los enfermos y discapacitados, y gratitud a quienes, con profesionalidad y humanidad, trabajan por su salud. Un ámbito en el que la luz del Evangelio puede y debe iluminar los pasos de la humanidad es el de la vida política, a la cual se le pide un compromiso de cuidado desinteresado y transparente por el bien común, en el pleno respeto de la dignidad de la persona humana desde su concepción hasta su fin natural, de la familia fundada sobre el matrimonio de un hombre y una mujer, de la libertad educativa, en la promoción de la libertad religiosa, en la eliminación de las injusticias, desigualdades, discriminaciones, violencia, racismo, hambre y guerra. Un testimonio límpido se les pide a los cristianos que, en el ejercicio de la política, viven el precepto de la caridad» (ibíd.)

Nuestro objetivo quiere ayudar a lo que en el Año de la fe se ha insistido tanto: «descubrir de nuevo el gusto de alimentarnos con la Palabra de Dios, transmitida fielmente por la Iglesia, y el Pan de la vida, ofrecido como sustento a todos los que son sus discípulos» (cf. Jn 6, 51). La doctrina social forma parte de esta fiel transmisión. «Con su amor, Jesucristo atrae hacia sí a los hombres de cada generación: en todo tiempo, convoca a la Iglesia y le confía el anuncio del Evangelio, con un mandato que es siempre nuevo.

Por eso, también hoyes necesario un compromiso eclesial más convencido en favor de una nueva evangelización para redescubrir la alegría de creer y volver a encontrar el entusiasmo de comunicar la fe. El compromiso misionero de los creyentes saca fuerza y vigor del descubrimiento cotidiano de su amor, que nunca puede faltar. La fe, en efecto, crece cuando se vive como experiencia de un amor que se recibe y se comunica como experiencia de gracia y gozo. Nos hace fecundos, porque ensancha el corazón en la esperanza y permite dar un testimonio fecundo: en efecto, abre el corazón y la mente de los que escuchan para acoger la invitación del Señor a aceptar su Palabra para ser sus discípulos» (Porta fidei 7).

El papa Francisco, en la encíclica La luz de la fe, ha acentuado su dimensión social y como expresión del amor, bien para todos. Dice que «precisamente por su conexión con el amor (cf. Gal 5,6), la luz de la fe se pone al servicio concreto de la justicia, del derecho y de la paz. La fe nace del encuentro con el amor originario de Dios, en el que se manifiesta el sentido y la bondad de nuestra vida, que es iluminada en la medida en que entra en el dinamismo desplegado por este amor, en cuanto que se hace camino y ejercicio hacia la plenitud del amor. La luz de la fe permite valorar la riqueza de las relaciones humanas, su capacidad de mantenerse, de ser fiables, de enriquecer la vida común [ ... ] Sí, la fe es un bien para todos, es un bien común; su luz no luce solo dentro de la Iglesia ni sirve únicamente para construir una ciudad eterna en el más allá; nos ayuda a edificar nuestras sociedades, para que avancen hacia el futuro con esperanza» (Lumen fidei 51).

Con esta mirada hacia el bien común, la doctrina social de la Iglesia contempla la persona y la sociedad a la luz del Evangelio; por ello, afirma que «la fe ilumina la vida en sociedad; poniendo todos los acontecimientos en relación con el origen y el destino de todo en el Padre que nos ama, los ilumina con una luz creativa en cada nuevo momento de la historia» (Ibíd., 55). De esta forma, la riqueza espiritual que la liturgia dominical ofrece mediante la Palabra de Dios proclamada y meditada en la asamblea cristiana, encuentra su inconfundible complemento en el mensaje social que la Iglesia dirige a los fieles cristianos católicos, también a los de otras confesiones y religiones, y a toda persona de buena voluntad, cada vez que con su Palabra trata de iluminar su pensamiento y acción. Por ello, el interés por publicar estas homilías proviene de una voluntad de acercar la Palabra de Dios a los creyentes y a todos para que la lleven a su propia realidad social, tan necesitada de calidad evangélica.

Las guías para las homilías que ofrecemos han sido preparadas por Mons. Sebastià Taltavull Anglada, en la actualidad Obispo Auxiliar de Barcelona y Presidente de la Comisión de Pastoral de la Conferencia Episcopal Española, quien, semana tras semana y a lo largo de los tres años correspondientes a los ciclos litúrgicos, ha llevado a cabo la redacción de estos subsidios con reflexiones basadas en las lecturas de la Sagrada Escritura de los domingos y solemnidades del año litúrgico, y en las lecturas del Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, con el objetivo de apoyar a los sacerdotes en su misión de dar a conocer, también en la predicación, la dimensión social del Evangelio. Deseo expresar mi vivo agradecimiento a Monseñor Taltavull Anglada en nombre mío y también en nombre de todos los sacerdotes y de cuantos utilizarán este subsidio litúrgico, que facilita muchísimo la comprensión y la aplicación de la doctrina social de la Iglesia a la pastoral homilética. Mons. Taltavull, como biblista y sociólogo, nos ofrece esta excelente síntesis que yo auspiciaba durante la elaboración del Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia para que la misma llegara a los pastores y, a través de ellos, a los fieles.

Una publicación como esta, pues, nos hace ver aún más la necesidad de profundizar en la enorme riqueza de pensamiento y claves de actuación moral que nos proporciona la doctrina social, la cual, iluminada por la Palabra de Dios, viene a ser como la carta de ruta que nos señala en cada situación que vivimos cual debe ser la mejor forma de actuar en cristiano. Dice el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia que «la transformación del mundo se presenta también como una instancia fundamental de nuestro tiempo. A esta exigencia, la doctrina social de la Iglesia quiere ofrecer respuestas que los signos de los tiempos reclaman, indicando ante todo en el amor recíproco entre los hombres, bajo la mirada de Dios, el instrumento más potente de cambio a nivel personal y social» (CDSI 55).

Con la mirada fija en su fundamento, la doctrina social dice que «Jesucristo revela que Dios es Amor (1 Jn 4,8) y nos enseña que la ley fundamental de la persona humana, y por tanto de la transformación del mundo, es el mandamiento del amor. Esta ley está llamada a convertirse en medida y regla última de todas las dinámicas conforme a las que se desarrollan las relaciones humanas. En síntesis, es el mismo misterio de Dios, el Amor trinitario, que funda el significado y el valor de la persona, de la sociabilidad y del actuar del hombre en el mundo, en cuanto que ha sido revelado y participado a la humanidad, por medio de Jesucristo, en su Espíritu» (CDSI 54).

Con estas palabras y con tantos gestos llenos de humanidad y evangelio nos lo recuerda el papa Francisco cuando nos dice que «en la fe, don de Dios, virtud sobrenatural infusa por él, reconocemos que se nos ha dado un gran Amor, que se nos ha dirigido una Palabra buena, y que, si acogemos esta Palabra, que es Jesucristo, Palabra encarnada, el Espíritu Santo nos transforma, ilumina nuestro camino hacia el futuro, y da alas a nuestra esperanza para recorrerlo con alegría. Fe, esperanza y caridad, en admirable urdimbre, constituyen el dinamismo de la existencia cristiana hacia la comunión plena con Dios. ¿Cuál es la ruta que la fe nos descubre? ¿De dónde procede su luz poderosa que permite iluminar el camino de una vida lograda y fecunda, llena de fruto?» (Lumen fidei 7).

+ Cardenal Renato Raffaele Martina
Presidente Emérito del Pontificio Consejo «Justicia y Paz»



La homilía, tocar a la puerta del corazón

En nuestras celebraciones litúrgicas, cuando acompañamos a los fieles con nuestras palabras y gestos, a quien queremos que se acerquen y se encuentren con Él, es a Jesucristo, Palabra de Dios, encarnado en la realidad humana y social en la que nos movemos cada día y en el corazón de cada persona, hijo e hija de Dios. Por ello, cuando el Cardenal Renato Raffaele Martina, Presidente del Pontificio Consejo «Justicia y Paz», me pidió que redactara para su publicación en la página web del Pontificio Consejo la homilía de cada uno de los domingos y fiestas, lo acepté como un servicio a la comunidad eclesial en orden a ofrecer una reflexión desde la Palabra de Dios comunicada en el contexto de la celebración eucarística, como se me pedía, y contando con la Doctrina Social de la Iglesia. Para mí, constituía toda una nueva experiencia pastoral que requería una puesta a punto semanal y con la mirada de fe que supone estar atento a la realidad, tal como se nos presenta en la vida diaria de cada uno de nosotros, en las comunidades cristianas de nuestras ciudades y pueblos.

Redactar una homilía no siempre resulta fácil cuando los destinatarios presentan tanta diversidad y se hace difícil la concreción. Sin embargo, con esta publicación, no se trata de ofrecer un texto que tiene que ser leído de forma íntegra y seguida, sino de unas reflexiones que quieren iluminar con la Palabra de Dios el caminar de los cristianos domingo tras domingo y fiesta tras fiesta a lo largo del año litúrgico y, en el caso que nos ocupa, teniendo muy presente la dimensión que nos ofrece la Doctrina Social de la Iglesia y, de forma especial, su Compendio y el Magisterio de las encíclicas sociales más recientes. El esfuerzo de concreción, unido a un tiempo intenso de estudio, oración y análisis de la realidad, lo tiene que hacer cada «pastor» plenamente integrado en su comunidad de fe. Si vive en medio de las «ovejas» y si a ellas se debe hasta dar la vida, como Jesús, hará que la palabra que comunica sea expresión de lo que vive, haciéndola creíble mediante el testimonio de su coherencia.

La enorme riqueza de contenido y experiencia que nos está regalando el Año de la fe y la que seguirá ofreciendo, junto a su dimensión social, nos dan pie a afirmar que no podemos renunciar en ningún momento a redescubrir el gusto por la Palabra de Dios y a ser lúcidos para que esta misma Palabra, que es viva, llega al corazón y es eficaz, transforme también la realidad social en la que estamos inmersos y quede impregnada de Evangelio. Más, si esta Palabra la hacemos llegar al corazón de los jóvenes, de corazón a corazón, sin miedo ni prejuicios, solo con la limpieza que Jesús nos pide en las bienaventuranzas, estaremos presentes en uno de los nuevos escenarios de evangelización. Solo así captarán en nuestra predicación que el mensaje que intentamos transmitir viene de Jesús, y que todo lo que decimos y hacemos proviene de aquella pobreza y humildad que nos hace servidores del Pueblo de Dios. El papa Francisco así lo ha manifestado al llegar a Brasil para la Jornada Mundial de la Juventud: «he aprendido que para tener acceso al pueblo hay que entrar por el portal de su inmenso corazón; permítanme que llame suavemente a esa puerta[ ... ] No tengo oro ni plata, pero traigo conmigo lo más valioso que se me ha dado: Jesucristo». Todo un ejemplo de comunicación para que aprendamos a acercarnos a la gente y hablarles al corazón.

Benedicto XVI nos enseña que «la homilía es parte de la acción litúrgica y tiene el cometido de favorecer una mejor comprensión y eficacia de la Palabra de Dios en la vida de los fieles» (cf. Sacramentum caritatis 46) y «constituye una actualización del mensaje bíblico, de modo que se lleve a los fieles a descubrir la presencia y la eficacia de la Palabra de Dios en el hoy de la propia vida. La homilía debe apuntar a la comprensión del misterio que se celebra, invitar a la misión, disponiendo la asamblea a la profesión de fe, a la oración. [ ... ] Debe quedar claro a los fieles que lo que interesa al predicador es mostrar a Cristo, que tiene que ser el centro de la homilía. Por eso se requiere que los predicadores tengan familiaridad y trato asiduo con el texto sagrado; que se preparen para la homilía con la meditación y la oración, para que prediquen con convicción y pasión» (Verbum Domini 59).

Digo en el título de esta presentación que la homilía es «tocar a la puerta del corazón», porque lo que hoy más necesita nuestra generación es una palabra de ánimo que genere confianza. En la homilía que el papa Francisco pronunció en el santuario de Nuestra Señora de Aparecida, durante la JMJ, señaló tres sencillas actitudes con el fin de ayudarnos a todos, Pastores del Pueblo de Dios, padres y educadores, y transmitir a los jóvenes los valores que los hagan artífices de una nación y de un mundo más justo, solidario y fraterno: mantener la esperanza, dejarse sorprender por Dios y vivir con alegría. Creo que este es el cometido de toda homilía y de todo acto de comunicación humana que llega al corazón. La razón es que «Dios camina a nuestro lado -lo dice el mismo papa Francisco- y en ningún momento nos abandona. Nunca perdamos la esperanza. Jamás la apaguemos en nuestro corazón. Seamos luces de esperanza. Tengamos una visión positiva de la realidad». Al invitarnos a alentar la generosidad de los jóvenes, nos pide que les ayudemos a ser protagonistas de la construcción de un mundo mejor: son un motor poderoso para la Iglesia y la sociedad. «Ellos no solo necesitan cosas. Necesitan sobretodo que se les propongan esos valores inmateriales que son el corazón espiritual de un pueblo, la memoria de un pueblo: espiritualidad, generosidad, solidaridad, perseverancia, fraternidad, alegría; son valores que encuentran sus raíces más profundas en la fe cristiana».

Para que todo ello sea posible hace falta que el predicador que comunica la Palabra de Dios sea el primero en dejarse interpelar por ella. Ciertamente que se puede y hay que contar con un texto escrito que evidencie la preparación y sea expresión de inquietud pastoral, oración y estudio, pero, como exhorta la Asamblea sinodal y queda recogido en la exhortación apostólica Verbum Domini, hay que tener siempre presentes estas preguntas: «Qué dicen las lecturas proclamadas? ¿Qué me dicen a mí personalmente? ¿Qué debo decir a la comunidad, teniendo en cuenta su situación concreta? Ya lo advierte san Agustín al decir que «pierde tiempo predicando exteriormente la Palabra de Dios quien no es oyente de ella en su interior». En la encíclica Lumen fidei, el papa Francisco incide en ello cuando dice que «Quien cree ve; ve con una luz que ilumina todo el trayecto del camino, porque llega a nosotros desde Cristo resucitado, estrella de la mañana que no conoce ocaso» (núm. 1).

Aplicado a la gozosa e irrenunciable tarea de preparar la homilía, pensando en las personas a las que nos dirigimos y conociendo las circunstancias en las que viven y desarrollan su actividad humana y social, «es urgente recuperar el carácter luminoso propio de la fe, pues cuando su llama se apaga, todas las otras luces acaban languideciendo. Y es que la característica propia de la luz de la fe es la capacidad de iluminar toda la existencia del hombre. Porque una luz tan potente no puede provenir de nosotros mismos; ha de venir de una fuente más primordial, tiene que venir, en definitiva, de Dios. La fe nace del encuentro con el Dios vivo, que nos llama y nos revela su amor, un amor que nos precede y en el que nos podemos apoyar para estar seguros y construir la vida. Transformados por este amor, recibimos ojos nuevos, experimentamos que en él hay una gran promesa de plenitud y se nos abre la mirada al futuro» (núm. 4). Esa mirada es la que nos facilita la esperanza cristiana y es la que nos prepara para dar razón de ella en cualquier momento. Este es el motivo por el cual, ofreciendo la Palabra de Dios y proponiendo la Doctrina Social de la Iglesia, la homilía, entre muchos otros aspectos, es razón y propuesta de esperanza.

El ciclo A del Año litúrgico, al que corresponde esta publicación, presenta sobretodo el evangelio de san Mateo, profundamente enraizado en la vida de la Iglesia, ya que esta comunidad naciente lo confiesa y proclama a Jesús como Mesías, Hijo de Dios resucitado. Los primeros cristianos viven de la confianza que les da la cercanía de Jesús y de la fuerza que experimentan al tener que enfrentarse con todo tipo de dificultades. Tendremos que usar la misma pedagogía del evangelista a la hora de verificar el cumplimiento de todo lo que se había anunciado sobre Jesús. También hoy hemos de dar pronta respuesta a cuantos nos piden razón de la esperanza que hemos puesto en Él. A Él le llamarán «Señor», título con el que confiesan su fe y manifiestan su adhesión incondicional. Es un Evangelio de diálogo con la tradición judía que le precede y, de ahí, su consistencia doctrinal y su originalidad en dar el paso cristiano. El «antes se os dijo» y el «ahora yo os digo» ya es una prueba evidente de la autoridad de Jesús, de la novedad con que aparece y de la radicalidad que exige. Un Evangelio que contiene aquellos textos más que conocidos por su dimensión social y de futuro: las bienaventuranzas y Mateo 25. El papa Francisco ha hecho esta insinuación personalizada en su encuentro con los jóvenes de la JMJ después de preguntarse ¿qué tenemos que hacer? Ha dicho: «Mira, lee las bienaventuranzas que te van a venir bien. Y si queréis saber qué cosa práctica tenéis que hacer, lee Mateo 25, que es el protocolo con el cual nos van a juzgar. Con esas dos cosas tienen el programa de acción: las bienaventuranzas y Mateo 25. No necesitan leer otra cosa. Se lo pido de corazón». A la hora de dirigirnos a una comunidad que ha escuchado la Palabra de Dios, hoyes muy necesario que este lenguaje llegue al corazón por la fuerte carga de sentido que conlleva. La Doctrina Social de la Iglesia hace permanentemente esta lectura.

Uno de los aspectos más peculiares del evangelio de Mateo es la presentación que hace de las enseñanzas de Jesús sobre el comportamiento cristiano. La búsqueda y el discernimiento de la voluntad de Dios será uno de los temas estrella. Todo lo que podamos aprovechar de esta enseñanza para nuestra predicación –palabra y cercanía- no dudemos en hacerlo. Jesús habla con toda claridad para que nos paremos ante su llamada y tomemos en serio lo que nos encomienda. Sus últimas palabras revelan la urgencia de lo que nos dice que hagamos: «Id, pues, y haced mis discípulos a todos los habitantes del mundo; bautizad los en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo y enseñadles a cumplir todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estaré con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo» (Mt 28,19-20). Esta es la misión.

Y para realizarla, «en unidad con la fe y la caridad, la esperanza nos proyecta hacia un futuro cierto, que se sitúa en una perspectiva diversa de las propuestas ilusorias de los ídolos del mundo, pero que da un impulso y una fuerza nueva para vivir cada día. No nos dejemos robar la esperanza, no permitamos que la banal icen con soluciones y propuestas inmediatas que obstruyen el camino, que «fragmentan» el tiempo, transformándolo en espacio. El tiempo es siempre superior al espacio. El espacio cristaliza los procesos; el tiempo, en cambio, proyecta hacia el futuro e impulsa a caminar con esperanza» (Lurnen fidei 57).

+ Sebastià Taltavull Anglada
Obispo Auxiliar de Barcelona

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