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“Construir la casa sobre roca…” (Mt 7,24)

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Miércoles, 14 de Septiembre de 2011

Bases para una propuesta ética a la sociedad española

1. Punto de partida
Un árbol sano da frutos buenos, un árbol enfermo da frutos malos (Mt 7,17)

La participación en una mesa redonda permite a cada uno de sus miembros no sentirse obligado a agotar el tema propuesto, ni a tratarlo de una forma sistemática. Por eso hemos preferido abordar un aspecto concreto tomando como punto de partida el tema que se nos ha propuesto: ante todo nos ceñiremos a unas bases; destacaremos además la dimensión social y estructural; y nos detendremos especialmente en el contenido ético de estas bases. Pero este contenido ético queremos inspirarlo en el Evangelio: más precisamente, en algunos textos tomados del Sermón del Monte, que tanta luz nos suministra para tomar posición ante cualquier situación de la vida. Evidentemente no se trata de pensar que en el Evangelio, o en la Biblia en general, vayamos a encontrar la respuesta adecuada para afrontar todos los problemas con que la crisis presente nos abruma. Pero el Evangelio no solo sirve de norte al creyente: es capaz de cuestionar y de provocar también a toda persona sensible a la dimensión ética de la existencia.

Hemos comenzado citando un pasaje que la experiencia de cada día nos confirma: “Un árbol sano da frutos buenos, un árbol enfermo da frutos malos”. En el fondo esta sabia máxima nos hace comprender que, aunque a veces los acontecimientos nos desconcierten, nada ocurre sin una causa que lo explique. Traducido a nuestra crisis: lo que está ocurriendo no carece de explicación; de determinados presupuestos, de determinadas actitudes y comportamientos, de determinadas estructuras e instituciones, se ha llegado a la situación en que estamos. Los “frutos malos” revelan un “árbol enfermo”. Solo falta diagnosticar la enfermedad.

Por eso, de entrada hay que abogar por una doble actitud. Ante todo, hay que ser serios a la hora de analizar la realidad, ser respetuosos con ella, no simplificarla, ni distorsionarla desde presupuestos interesados. El diagnóstico exige la máxima objetividad, lo que implica atención a la complejidad. Y, junto a eso, se precisa audacia para criticar y denunciar, pero también creatividad para construir: si nos quedamos en lo primero, la crítica resulta estéril y frustrante; termina ahogándonos a todos en la amargura y la desesperanza.

2. 50 años de Mater et magistra: ¿qué aportación?
Tratad a los demás como queréis que os traten a vosotros (Mt 7,12)

La conmemoración de los 50 años de la publicación de Mater et magistra invita a volvernos a esa encíclica y buscar en ella alguna luz para los problemas de hoy. Y para ello es útil dirigir la mirada a la tercera parte de la encíclica (“Postura de la Iglesia ante los nuevos y más importantes problemas de nuestro tiempo”), en que se pasa revista a lo nuevo de aquel momento en relación con lo que era el mundo de León XIII (cuya encíclica Rerum novarum quiere Juan XXIII conmemorar al cumplirse los 70 años de su publicación).

Este es el párrafo introductorio de la citada parte tercera:

“El desarrollo histórico de la época actual demuestra, con evidencia cada vez mayor, que los preceptos de la justicia y de la equidad no deben regular solamente las relaciones entre los traba­jadores y los empresarios, sino además las que median entre los distintos sectores de la economía, entre las zonas de diverso nivel de riqueza en el interior de cada nación y, dentro del plano mun­dial, entre los países que se encuentran en diferente grado de desa­rrollo económico y social”[1].

Los problemas se desplazan, según Juan XXIII, desde los clásicos del mundo industrial (el enfrentamiento capital-trabajo) a esos otros ámbitos que se enumeran: todos tienen como factor común las desigualdades, que cada vez marcan más al mundo. Seis años después, Pablo VI se refiere a este pasaje de Juan XXIII con estas palabras:

“Hoy el hecho más importante del que todos deben tomar con­ciencia es el de que la cuestión social ha tomado una dimensión mundial”[2].

Esta universalización de la cuestión social se detecta en la década de 1960 como un hecho nuevo. Es más, se expresa en términos de interdependencia, una palabra que nos sitúa ya en la órbita de lo que hoy llamamos globalización. Véase cómo la describe Juan XXIII:

“Las relaciones entre los distintos países, por virtud de los adelantos científicos y técnicos, en todos los aspectos de la convi­vencia humana, se han estrechado mucho más en estos últimos años. Por ello, necesariamente, la interdependencia de los pue­blos se hace cada vez mayor.

Así, pues, los problemas más importantes del día en el ámbito científico y técnico, económico y social, político y cultural, por rebasar con frecuencia las posibilidades de un solo país, afec­tan necesariamente a muchas y algunas veces a todas las naciones.

Sucede por esto que los Estados aislados, aun cuando descuellan por su cultura y civilización, el número e inteligencia de sus ciudadanos, el progreso de sus sistemas económicos, la abun­dancia de recursos y la extensión territorial, no pueden, sin em­bargo, separados de los demás, resolver por sí mismos de manera adecuada sus problemas funda­mentales. Por consiguiente, las na­ciones, al hallarse necesitadas, las unas de ayudas complementa­rias y las otras de ulteriores perfeccionamientos, sólo podrán aten­der a su propia utilidad mirando simultáneamente al provecho de los demás”.[3]

El problema no se reduce a la explotación que padecen los países pobres a manos de los ricos: la interdependencia significa que también estos últimos dependen de aquellos. El argumento es muy realista: no se apela al altruismo, sino a la necesidad de entenderse y cooperar a nivel de gobiernos porque eso es necesario para unos y otros. Dos años después el mismo Juan XXIII en su encíclica sobre la paz hablará ya de la necesidad de una autoridad mundial que actúe sobre la comunidad de los pueblos, puesto que los gobiernos de los Estados son impotentes para abordar eficazmente los problemas de dimensión mundial[4].

Esta apelación a la cooperación como única salida posible en un mundo interdependiente es el precedente de la solidaridad, que tanta importancia tiene en la encíclica de Juan Pablo II sobre el desarrollo. Véase cómo relaciona él la interdependencia (en cuanto “hecho”) con la solidaridad (como la respuesta ética adecuada) y obsérvese cómo la solidaridad consiste en el fondo en un sentirse todos responsables de todos:

“Ante todo se trata de la interdependen­cia percibida como sistema determinante de relaciones en el mundo actual, en sus aspectos económico, cultural, político y religioso, y asumida como categoría moral. Cuando la interdependencia es recono­cida así, su correspon­diente respuesta, como actitud moral y social, y como “virtud”, es la solidaridad. Esta no es, pues, un sentimiento superficial por los males de tantas personas, cercanas o lejanas. Al contrario, es la determina­ción firme y perseverante de empeñarse por el bien co­mún; es decir, por el bien de todos y cada uno, para que todos seamos verdaderamen­te responsables de todos”[5].

Hemos querido recoger estos textos de Juan XXIII, Pablo VI y Juan Pablo II para destacar la continuidad que existe entre ellos: se trata de una línea de pensamiento que toma como base la creciente interdependencia de nuestro mundo y apunta dos líneas de solución, la solidaridad como principio de acción y la autoridad mundial como institución.

Desde la óptica evangélica que hemos querido adoptar creemos que el “Tratad a los demás como queréis que os traten a vosotros” (Mt 7,12) expresa con un lenguaje distinto lo que la solidaridad implica y lo que nuestro mundo interdependiente está necesitando. Porque el actuar de forma individual (personas o Estados), pensando solo en el provecho propio o en los propios intereses, por muy legítimos que estos sean, es la actitud que nos está llevando a este callejón sin salida en que parecemos estar.

3. ¿Otro mundo es posible?
Buscad el reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura (Mt 6,3)

El texto bíblico que hemos seleccionado aquí contiene una invitación (“buscad”) y una promesa (“se os dará”). El horizonte es la justicia propia del reino de Dios, esa utopía cristiana, que sabemos solo será realidad como don de Dios en los últimos tiempos. Pero como horizonte dinamiza ya desde ahora todos nuestros esfuerzos, nos sirve de marco de referencia para no resignarnos a este mundo tal como es, pero al mismo tiempo nos hace conscientes de que ese reino que soñamos nunca será realidad aquí en este mundo. Es difícil mantener un equilibrio que nos aparte de la resignación ante lo inevitable y de la frustración ante lo inútil de nuestros esfuerzos.

Nuestro mundo está muy lejos de ese reino de la justicia de Dios. ¿Es posible otro mundo? En algún sentido sí, pero hay que reconocer que es bastante improbable… Podemos compartir con muchos la insatisfacción ante la realidad que nos envuelve, pero, como cristianos, lo hacemos con un marco de referencia distinto. No solo manteniendo nuestra mirada fija en la utopía del reino, sino haciendo que esta actúe del algún modo sobre este mundo nuestro. ¿Hay alternativas?

Las alternativas se articulan siempre sobre una transformación más o menos radical de las estructuras. La Doctrina Social de la Iglesia ofrece una orientación diferente, que ha sido especialmente destacada por Juan Pablo II y que Benedicto XVI continúa. Tanto en su encíclica Sollicitudo rei socialis como en Centesimus annus, Juan Pablo II fija su atención en los sistemas éticos que están detrás de nuestras instituciones, en la medida que son compartidos por la sociedad de una forma bastante espontánea y no refleja.

El pasaje que la primera de esas dos encíclicas citadas aborda las estructuras de pecado es muy significativo al respecto. Para él un mundo marcado por el escandaloso contraste entre subdesarrollo e “hiperdesarrollo” no merece otro calificativo ético que el de “estructuras de pecado”. Pero Juan Pablo II se refiere con esta expresión, no a lo que solemos entender en primer término por “estructuras”, sino a ciertos hábitos que tenemos tan interiorizados que inspiran continuamente nuestro modo de actuar. Se entiende mejor cuando los concreta en estos dos: “el afán de ganancia exclusiva, por una parte; y por otra, la sed de poder, con el propósito de imponer a los demás la propia voluntad”[6]. Afán de ganancia y sed de poder, cuando se absolutizan (“a cualquier precio”, añade el texto), inspiran y justifican modos de comportamiento que tienen como resultado un mundo cada vez más desigual, donde vivimos al otro siempre como potencial adversario, que me disputa aquello a que yo aspiro. En esa dinámica competitiva es lógico que se imponga el más fuerte. La competencia es un terreno abonado para que triunfen los fuertes. Y eso ocurre a nivel de los individuos, pero también entre colectividades y pueblos. La competencia ha sido motor de progreso, nadie lo duda, pero también causa de muchas discriminaciones. Y todo ello tiene su origen, no en primer lugar en las instituciones y en las “estructuras”, sino en el corazón de las personas.

Por eso la alternativa hay que buscarla, no poniendo en primer lugar la transformación de las instituciones, sino cuestionando el sistema de valores que hay detrás. Con este enfoque Juan Pablo II remite el problema a todos, frente a la tendencia tan frecuente a denunciar como responsables de todo esto a las instancias de más poder en el ámbito económico o político o social. Sobre estas recae una responsabilidad mayor, sin duda; pero ellas lo tendrían más difícil si no se encontraran respaldadas por un sistema de valores que todos compartimos.

Esto no significa que Juan Pablo II desprecie la reforma a fondo de las instituciones, como se puede ver en los pasajes que siguen, donde propone reformas para el sistema internacional de comercio, para el sistema monetario y financiero mundial, para los intercambios de tecnologías, para las organizaciones interna­ciona­les[7]. Pero todo ello se dice después de haber propuesto como alternativa al sistema de valores denunciado otro que se articulase en torno a la solidaridad en el sentido en que ha quedado recogido más arriba.

En un contexto muy distinto encontramos un mensaje semejante en la encíclica que conmemora el centenario de Rerum novarum. El pasaje, más extenso, merece ser citado en  su totalidad:

“Volviendo ahora a la pregunta inicial ¿se puede decir quizá que, después del fracaso del comunismo, el sistema vencedor sea el capitalismo, y que hacia él estén dirigidos los esfuerzos de los países que tratan de reconstruir su economía y su sociedad? ¿Es quizá éste el modelo que es necesario proponer a los países del tercer mundo, que buscan la vía del verdadero progreso económico y civil?

La respuesta obviamente es compleja. Si por “capitalismo” se entiende un sistema económico  que reconoce el papel fundamental y positivo de la empresa, del mercado, de la propiedad privada y de la consiguiente responsabilidad para con los medios de producción, de la libre creatividad humana en el sector de la economía, la respuesta ciertamente es positiva, aunque quizá sería más apropiado hablar de “economía de empresa”, “economía de mercado” o simplemente de “economía libre”. Pero si por “ca­pitalismo” se entiende un sistema en el cual la libertad, en el ámbito económico, no está encuadrada en un sólido contexto jurídico que la ponga al servicio de la libertad humana integral y la considere como una particular dimensión de la misma, cuyo cen­tro es ético y religioso, entonces la respuesta es absolutamente negativa”[8].

La pregunta por la posibilidad de aceptar moralmente el capitalismo se hace urgente tras el fracaso del colectivismo. Juan Pablo II la responde con una distinción que sitúa nuevamente el núcleo del problema, no en las instituciones (la economía de mercado), sino en el sistema ético que las sustenta, en este caso una concepción sesgada de la libertad que absolutiza la libertad económica. Esta absolutización se convierte en obstáculo para el desarrollo integral de todos, y además reduce al ser humano a productor y consumidor, es decir, a “mercado”:

“Todo esto se puede resumir afirmando, una vez más, que la libertad económica es solamente un elemento de la libertad  humana. Cuando aquella se vuelve autónoma, es decir, cuando el hombre es considerado más como un productor o un consumidor de bienes que como un sujeto que produce y consume para vivir, entonces pierde su nece­saria relación con la persona humana y termina por alienarla y oprimirla”[9].

Resumiendo, la utopía cristiana nos permite, no solo afirmar que otro mundo es posible, sino añadir que solo es posible sobre supuestos diferentes, con el apoyo de otros valores, desde una antropología diferente.

4. ¿Qué concepción de la economía?
No acumuléis tesoros en la tierra, donde roen la polilla y la carcoma… (Mt 6,19)

El texto que hemos escogido para iluminar este apartado nos permite avanzar sobre la consideración con que concluía el apartado anterior: ¿cómo hacer que la economía esté al servicio de la persona? Si la persona queda reducida a productor y consumidor, es evidente que es ella la que se pone al servicio de la economía, y no al revés. Si queremos que la persona produzca y consuma para vivir, que la vida humana sea el criterio al que se subordine la actividad económica, es preciso hacer una crítica de ciertos presupuestos que están implícitos en ciertas ideas económicas hoy muy difundidas y compartidas, a veces casi con el carácter de “evidencias”.

El análisis económico convencional, el que se enseña en muchas instituciones universitarias y sirve de base a muchos comportamientos empresariales y políticos, se apoya en ciertos supuestos que hoy comienzan a ser cuestionados con rigor crítico. Nos interesa recorrerlos aquí, aunque sea someramente, porque implican una antropología, una concepción de la persona humana, muy empobrecedora. Y un análisis económico que presupone y favorece una visión tan pobre del ser humano no es inocuo, ni puede orillarse diciendo que son elucubraciones teóricas, como a veces se hace.

Entre los presupuestos de esa economía es conveniente mencionar al menos los siguientes [10]::

a) El enfoque metodológico es individualista. Se parte del individuo porque se considera que la actividad económica, como toda acción humana, es individual. Ahora bien, hay que reconocer que desde ahí se hace muy difícil llegar a los fenómenos sociales o comprender lo que sería el concepto de bien común (que no se logra concebir sino como la suma de bienes individuales). Esta insistencia en lo individual, que pudo ser explicable en el siglo XVIII cuando el liberalismo buscaba defender al individuo frente al poder, resulta hoy claramente insuficiente para analizar la sociedad y la economía.

b) El individuo se supone que actúa según criterios racionales de maximización, que es la forma adecuada de elegir cuando los medios son escasos: con unos determinados recursos, que no son ilimitados, obtener los resultados máximos (“cuanto más, mejor”). Es un procedimiento muy riguroso, pero bastante convencional, y que no es evidente que responda a la realidad: en ella actúan otros factores y otras motivaciones, como han puesto de relieve innumerables estudios sobre el comportamiento humano. En el fondo este planteamiento es consecuente con el individualismo antes mencionado; pero resulta pobre porque ignora que el ser humano depende de las relaciones con otros y de costumbres mucho más de lo que se podría derivar de esa visión individualista. La conducta más racional ¿es realmente la que alcanza los mejores resultados en términos cuantitativos, la mayor utilidad?

c) Porque lo que se pretende maximizar –se dice– es la utilidad. Pero ¿cómo se define la utilidad? ¿Desde la mera subjetividad de cada uno, o existen algunos parámetros objetivos que la determinan?

d) Este individuo racional se supone que actúa de acuerdo con la estricta lógica del mercado: según ella todo tiene un valor que se refleja en un precio, y todo se intercambia por algo cuyo valor es equivalente. Es decir, todo es mercancía, objeto de intercambio. Esta lógica explica de forma bastante adecuada el funcionamiento de un ámbito de la vida sociedad –el ámbito económico–: por consiguiente no podemos prescindir de ella, aunque no es evidente que siempre actuemos estrictamente de acuerdo con ella. Por eso no conviene absolutizarla.

e) Muy relacionado con esa concepción de la vida económica está la orientación que se da con frecuencia a la empresa. Tradicionalmente la empresa fue en primer lugar unidad de producción, con una estrecha vinculación a la economía real, la de producción de bienes y servicios. En la evolución reciente de la economía, en la que tan dominante se ha hecho la búsqueda de la ganancia en un plazo cuanto más breve mejor, la empresa tiende a ser considerada predominantemente como un patrimonio rentable: un conjunto de activos cuyo valor depende en cada momento del mercado (sobre todo, la bolsa). Tanto el producir algo útil para la sociedad como el dar empleo son aspectos de su actividad que quedan subordinados del todo a las exigencias de rentabilidad en el mercado. Y esta puede enfocarse de distintas formas: puede ponerse todo el acento en elevar la cotización de la acción en el mercado de valores (sobre el supuesto de que al accionista eso es lo único que le importa), dando así lugar a estrategias a corto plazo que con frecuencia ponen en peligro la estabilidad de la empresa a largo plazo; y puede, más radicalmente, venderse la empresa o desmontarse las instalaciones porque se presenta una buena oportunidad para hacer un gran negocio –a corto plazo, nuevamente– con su patrimonio sobre todo inmobiliario (compras, fusiones, absorciones de empresas están a la orden del día en nuestro tiempo). Estos procesos, hoy tan frecuentes, ponen de relieve hasta qué punto la actividad económica queda desnaturalizada y cuán importantes son los efectos negativos de todo ello para la producción de bienes y servicios.

f) Por último esta concepción de la economía suele considerar al Estado como un obstáculo o como problema. Hay que recordar aquí la consigna del presidente norteamericano Ronald Reagan en los años 1970: “El Estado no es la solución, el Estado es el problema”. Desgraciadamente esta consigna están en sintonía con hechos reales: la excesiva complejidad que ha alcanzado la maquinaria estatal, las ocasiones en que esa complejidad ha derivado en falta de control y en refugio para abusos… No podemos negar el Estado no responde con frecuencia a las funciones que tiene asignadas de velar por los intereses generales de la sociedad. Ahora bien, considerarlo siempre como obstáculo implica ignorar las condiciones básicas para una convivencia armónica y sometida a ciertas reglas del juego; e implica muchas veces legitimar actitudes y actividades que buscan eludir las obligaciones que tenemos con ciudadanos y como agentes económicos para con él, que son obligaciones para con la sociedad. En todo caso, no estaría de más que esta crisis del Estado, que no se puede negar, abriera un sincero debate sobre como redefinir las relaciones entre lo público y lo privado: que el Estado garantice ciertos derechos no implicaría que sea él quien los gestione directamente; si se encargase esa gestión a la iniciativa privada ¿en qué ocasiones lo podría hacer adecuadamente? ¿bajo qué condiciones y con qué controles públicos?

5. ¿Qué concepción de la persona humana?
Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto (Mt 5,48)

Hemos hecho un repaso a los presupuestos ideológicos y éticos que caracterizan a las ideas económicas dominantes: son planteamientos más bien teóricos, pero de consecuencias prácticas innegables, sobre todo cuando constatamos que están muy arraigadas en nuestros contemporáneos. Ahora conviene dar un paso más: detrás de estos presupuestos hay también una forma de entender la vida y a la persona humana.

Nos hemos referido a la lógica del intercambio, que regula el funcionamiento de la actividad económica. Ahora hay que añadir que dicha lógica, en una sociedad donde lo económico tiene tanta importancia, tiende a extralimitarse y a convertirse en la lógica que sirve para regular todos los ámbitos de la existencia humana. Entonces toda actividad humana se vive desde la lógica del intercambio mercantil: todo tiene un precio, todo se da a cambio de algo de valor equivalente. En una palabra, por este camino el ser humano termina por convertirse en mercancía, en objeto útil para el intercambio.

Este reduccionismo hace que otras dimensiones propias del ser humano queden anuladas. Concretamente dos: la de ciudadano y la de persona concreta e irrepetible[11].

Como ciudadano toda persona es sujeto de derechos. Estos derechos le son reconocidos por la sociedad, la cual le facilita además los medios para hacerlos realidad. En el caso de los derechos sociales (educación, asistencia sanitaria, etc.), el ciudadano recibe prestaciones por una vía distinta a la mercantil. Por ejemplo el derecho a la educación (gratuita hasta un cierto nivel) permite al niño ir a la escuela, no porque sus padres pagan ese servicio, sino porque tiene derecho a ello como persona. La política es el ámbito que funciona con esta lógica, que es distinta de la vigente en el dominio de la economía.

Pero además de productor/consumidor y de ciudadano toda persona es un ser irrepetible, sujeto de relaciones directas e intersubjetivas, capaz de la entrega gratuita. Todo ser humano funciona, no solo según la lógica del intercambio o la lógica del derecho dependiendo de los ámbitos en que se mueva, sino también desde la lógica del don: gracias a ella, como personas concretas irrepetibles (con nombre y apellidos) somos capaces de amar y de odiar, de entregarnos a un tú concreto. Nos estamos moviendo entonces lejos del ámbito económico, pero también del político.

No es fácil que estas tres lógicas se equilibren adecuadamente. Pero Este equilibrio es muy deseable: no solo garantiza que ninguna lógica invada indebidamente el ámbito de otra, sino que ayuda también a suavizar los excesos de cada una. Benedicto XVI se ha referido a ello en su última encíclica, en la que se presta una atención tan significativa a las categorías de don y gratuidad como específicas del ser humano:

“La caridad en la verdad pone al hombre ante la sorprendente experiencia del don. La gratuidad está en su vida de muchas maneras, aunque frecuentemente pasa desapercibida debido a una visión de la existencia que antepone a todo la productividad y la utilidad. El ser humano está hecho para el don, el cual manifiesta y desarrolla su dimensión trascendente”[12].

Benedicto XVI piensa que esta lógica del don puede complementar a las otras dos en la organización misma de la sociedad, y más concretamente de la economía, como una vía para mejorar el desarrollo y  contribuir a la salida de la crisis:

“Cuando la lógica del mercado y la lógica del Estado se ponen de acuerdo para mantener el monopolio de sus respectivos ámbitos de influencia, se debilita a la larga la solidaridad en las relaciones entre los ciudadanos, la participación y el sentido de pertenencia, que no se identifican con el ‘dar para tener’, propio de la lógica de la compraventa, ni con el ‘dar por deber’, propio de la lógica de las intervenciones públicas, que el Estado impone por ley. La victoria sobre el subdesarrollo requiere actuar no sólo en la mejora de las transacciones basadas en la compraventa, o en las transferencias de las estructuras asistenciales de carácter público, sino sobre todo en la apertura progresiva en el contexto mundial a formas de actividad económica caracterizada por ciertos márgenes de gratuidad y comunión. El binomio exclusivo mercado-Estado corroe la sociabilidad, mientras que las formas de economía solidaria, que encuentran su mejor terreno en la sociedad civil aunque no se reducen a ella, crean sociabilidad. El mercado de la gratuidad no existe y las actitudes gratuitas no se pueden prescribir por ley. Sin embargo, tanto el mercado como la política tienen necesidad de personas abiertas al don recíproco[13].

La gratuidad, el don recíproco, la solidaridad son más necesarios que nunca en la economía actual, no para sustituir al mercado o a la política, pero sí para complementarlos y corregir esa impotencia que manifiestan para abordar adecuadamente los problemas de nuestro mundo, sobre todo en sus dimesiones internacionales.

De la solidaridad ya hablamos antes recordando la propuesta de Juan Pablo II en su encíclica sobre el desarrollo de los pueblos. Allí se la presentaba como columna vertebral de un sistema de valores, que se contraponía a aquel otro presidido por el afán de ganancia y la sed de poder. Afán de ganancia y sed de poder vienen a converger en el principio de competitividad, tan importante en las relaciones sociales en nuestro mundo. La competitividad nos hace ver en el otro a un potencial enemigo y, en todo caso, un adversario que me disputa aquello a lo que yo aspiro. Sin duda la competitividad es un móvil que dinamiza eficazmente nuestras sociedades. Pero también favorece a los que tienen más recursos del tipo que sean: ellos serán en principio siempre los vencedores. Esto explica que en un mundo en que impera el principio de libertad, las desigualdades tienden a incrementarse. El mercado mundial crecientemente integrado lo confirma porque los datos disponibles apuntan a un incremento de las desigualdades en el mundo: esto ocurre entre países ricos y pobres, pero también dentro de los países más pobres e incluso dentro de las sociedades más desarrolladas.

Hablar entonces de solidaridad es solo reclamar algo que contrarreste los efectos de una economía guiada por la competitividad, donde el otro no sea solo adversario sino “hermano” con el que compartir objetivos y luchas: todos responsables de todos, como formulaba Juan Pablo II en el texto arriba citado.

Todo ello supone también revisar lo que es una ética de dimensiones humanas. Lo corriente es que identifiquemos la ética con un conjunto de normas, cuando no de prohibiciones. Pero esta es una visión empobrecida de la ética porque deja fuera lo que es el horizonte ético por excelencia, lo que ya Aristóteles colocaba como el fin de la ética, la felicidad entendida como plenitud humana y como realización de las aspiraciones más profundas del sujeto humano.

En el cristianismo esta ética como horizonte ideal está constituida por la manera de entender la vida de Jesús de Nazaret. No estamos en primer lugar ante un código de normas, sino ante un horizonte, el del Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto del Sermón del Monte. Este ideal, que nunca alcanzaremos pero siempre nos motivará e impulsará, debe encarnarse en la vida personal de todo creyente, también en sus actividades profesionales, mostrando con el testimonio de cada día que la solidaridad no debe reducirse a la vida privada o a ámbitos muy reducidos de esta, sino que es el complemento de la competitividad y contrarresta los efectos de esta haciendo más humana la convivencia a todos los niveles.

6. ¿Qué profesionales?
Guardaos de los falsos profetas que se acercan disfrazados de ovejas y por dentro son lobos rapaces (Mt 7,15)

Reconocemos que esta cita del Sermón del Monte, que sirve como epígrafe para el último apartado de nuestras reflexiones, puede parecer dura e injusta. No queremos convertirla en un juicio generalizado para todos los profesionales, concretamente del mundo económico y financiero. Pero, hecha esta salvedad, es obligado denunciar el comportamiento de muchos de ellos por su afán de lucro, insaciable y sin reparar en medios, por su falta de transparencia y su intención de ocultar lo inconfesable, por las vías escandalosas ideadas para ponerse a salvo de las quiebras que ellos han provocado, por el daño irreparable que han hecho a personas e instituciones… Y no basta ampararse en el “mientras suena la música, hay que seguir bailando”, con el que respondiera Lloyd Blankfein, director ejecutivo de Goldman Sachs, cuando le preguntaron cómo pudo la banca asumir tanto riesgo.

Son ellos los que han contribuido a la desnaturalización del negocio bancario: los bancos han olvidado su función esencial, la de ser intermediarios entre el ahorro y la actividad productiva, para dedicarse a trasladar el ahorro a las actividades especulativas[14]. De este modo han privado a la economía real del apoyo insustituible que significa el acceso al crédito. Es más, la salida de la crisis se está prolongando porque la atención a los mercados financieros y a sus exigencias, que tan incomprensibles resultan, están impidiendo favorecer la producción y el empleo con la financiación adecuada. Esta desnaturalización de la banca está teniendo, por tanto, consecuencias gravísimas que atentan contra la estabilidad, la justicia y la paz de los pueblos.

Lo sorprendente es que, coincidiendo con todo esto, asistamos a un cultivo cada vez más esmerado de la ética de los negocios (la Business ethics). Uno no puede evitar un sentimiento de decepción. Hace más de tres décadas que la ética de los negocios empezó a desarrollarse en Estados Unidos, precisamente a raíz de algunos escándalos que salpicaron a grandes empresa y al gobierno mismo del país. Desde entonces han nacido distintas revistas especializadas[15], han nacido asociaciones internacionales, se incluyen módulos de ética en muchos cursos de directivos y en general en los planes de estudio de las escuelas de negocio…

Pero todo este desarrollo, del que en principio habría que felicitarse, suscita también algunas reservas. La principal: ¿no será ese cultivo de la ética un mecanismo de autolegitimación, que busca más ganar la confianza del público en la institución empresarial que servirle de instancia crítica? Junto a esta sospecha la Business ethics tiene una limitación muy significativa en el enfoque que frecuentemente se le da, más centrado en la persona del directivo que en la institución, más centrado en el comportamiento individual que en la función que la empresa desempeña en la sociedad. Por este camino el ejecutivo y la empresa tienden a desentenderse del marco de la sociedad en que actúan: consideran esa realidad como un dato, sobre el que en nada pueden actuar, el marco inevitable de su actividad.

Todas estas limitaciones han querido ser corregidas con un nuevo enfoque, que hoy se desarrolla con fuerza: el de la responsabilidad social corporativa. Basados en el poder indiscutible que la empresa posee en la sociedad, se analizan los distintos colectivos afectados y la responsabilidad de la empresa (no del empresario o directivo solamente) hacia ellos.

Pero este avance indiscutible no ha logrado poner freno a los excesos que se han producido, por ejemplo, en el comportamiento de muchas instituciones financieras. ¿Cómo valorarían estos directivos, si es que lo hicieron alguna vez, los efectos de sus complicadas operaciones basadas en una sofisticada ingeniería financiera sobre la sociedad, la economía real, las empresas, los trabajadores, los consumidores, los ciudadanos en general? ¿Podrían alegar que ellos no eran capaces de calibrar el alcance de sus iniciativas? ¿Cabe escudarse en una moral de intenciones, ignorando los resultados? ¿Cabe decir que su responsabilidad era solo el ocuparse de los propietarios de los capitales al servicio de los cuales trabajaban?

Este apartado –y todas las reflexiones que anteceden– tiene que concluir con una llamada a los educadores, también a los que enseñan en las facultades de empresariales y en las escuelas de negocios. Ninguno de ellos puede escudarse en la pretendida objetividad de las ciencias que enseñan la dimensión ética es inherente a toda actividad humana, también a la económica y financiera. ¿No es responsabilidad de todo docente distanciarse alguna vez de eso que suelen llamarse leyes de la economía y preguntarse por los presupuestos implícitos en que se apoyan? ¿Cuáles son los fines últimos de la actividad económica y financiera? ¿Cómo se articulan con la visión de persona que queremos promover?

Conclusión

Una recomendación del reciente documento de Justicia y Paz sobre la crisis actual resume bien todo lo desarrollado en estas páginas:

“En dicho proceso, es necesario recuperar la primacía de lo espiritual y de la ética y, con ello, la primacía de la política – responsable del bien común – sobre la economía y las finanzas. Es necesario volver a llevar estas últimas al interno de los confines de su real vocación y de su función, incluida aquella social, en vista de sus evidentes responsabilidades hacia la sociedad, para dar vida a mercados e instituciones financieras que estén efectivamente al servicio de la persona, es decir, que sean capaces de responder a las exigencias del bien común y de la fraternidad universal, trascendiendo toda forma de monótono economicismo y de mercantilismo performativo”[16].

Subordinación de la economía y las finanzas a la política y a la ética. Eso sería poner las cosas en su sitio, recuperar la adecuada subordinación de medios (economía y finanzas) a fines. No a cualquier política ni a cualquier ética. Las reflexiones que preceden han querido contribuir a clarificar al servicio de qué política y de qué ética debe estar el mundo económico y financiero de hoy.

Ildefonso Camacho SJ
Facultad Teología de Granada



[1] Juan XXIII, encíclica Mater et magistra, n. 122.

[2] Pablo VI, encíclica Populorum progressio, n. 3.

[3] Juan XXIII, l.c., nn. 200-202.

[4] Es el tema del capítulo 4º de Pacem in terris, especialmente los nn. 130-141.

[5] Juan Pablo II,  encíclica Sollicitudo rei socialis, n. 38.

[6] L. c., n. 37.

[7] L. c., n. 43.

[8] Juan Pablo II,  encíclica Centesimus annus, n. 42.

[9] L. c., n. 39.

[10] Para lo que sigo me inspiro en: J. M. Barrenechea, “El análisis económico ortodoxo y sus límites”, en: J. F. Santacoloma – R. Aguado (coords.), Economía y humanismo cristiano. Una visión alternativa de la actividad económica. Universidad Deusto, Bilbao 2011, 25-48.

[11] Para este punto siguen siendo iluminadoras las páginas del capítulo 5º de: J. García Roca, Solidaridad y voluntariado, Sal Terrae, Santander 1994.

[12] Benedicto XVI, encíclica Caritas in veritate, n. 36.

[13] L. c., n. 39.

[14] Cf. J. Torres López, Contra la crisis, otra economía y otro modo de vivir, Ediciones HOAC, Madrid 2011, capítulo 2º.

[15] Citemos al menos tres de las más conocidas y que fueron pioneras: “Journal of Business Ethics” (publicada por Springer Verlag desde 1982), “Business Ethics Quarterly” (publicada por el “Philosophy Documentation Center” desde 1991) y “Business Ethics: An European Revue” (publicada por Wiley-Blackwell desde 1992).

[16] Consejo Pontificio Justicia y Paz, Por una reforma del sistema financiero y monetario internacional en la prospectiva de una autoridad pública con competencia universal (24 de octubre de 2011), n. 4.

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Colegio Mayor

Colegio Mayor Pío XII

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Pío XII

UPSAM

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Univ. Pontificia de Salamanca
Campus Madrid