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La educación según el Concilio Vaticano II

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Lunes, 10 de Septiembre de 2012


XX Curso de Doctrina Social de la Iglesia
Fundación Pablo VI, 10-12 de septiembre de 2012 


Fichero de audio [mp3 - 17,72]

S.E. Mons. Jean-Louis Bruguès
Secretario de la Congregación para la Educación Católica (Vaticano)

CONFERENCIA: "LA EDUCACIÓN SEGÚN EL CONCILIO VATICANO II"

Acabamos de celebrar la apertura del Concilio Vaticano II. Para participar en la conmemoración y reflexionar con vosotros sobre las implicaciones sociales de este inmenso acontecimiento de la Iglesia, habia sido invitado el Secretario de la Congregación para la Educación Católica. Se le había incluso propuesto el título de la conferencia: «Significado y actualidad de la Declaración Gravissimum educationis ».

Mientras tanto, el Secretario ha pasado a ser Archivero-Bibliotecario de la Iglesia romana. Para quienes no captasen bien el sentido de esta nueva función, sugiero traducirla por Ministerio de Investigación de la Iglesia Católica.

Este reciente nombramiento sin embargo no me ha hecho perder la experiencia adquirida en la Congregación durante casi cinco años. Durante la preparación de esta conferencia, he intentado por lo tanto evaluar el lugar que ocupó el tema de la educación en el Concilio. A primera vista, parece ocupar un lugar muy reducido. En una conferencia anterior, me centré en detectar “tendencias fuertes”, hablando como los economistas, las cuales habían irrigado los trabajos de los padres conciliares, y que irrigarán también nuestro propio futuro, si consideramos que la aplicación del concilio aún no se ha realizado plenamente. Estas tendencias son seis: el gusto por la Palabra de Dios, el diálogo con las demás religiones, el acercamiento a nuestros hermanos separados, una benevolencia crítica hacia el mundo contemporáneo, la valorización del papel de los laicos (digo bien valorización y no, como a menudo escucho, revalorización del papel de los laicos ya que éste nunca había sido exaltado hasta tal punto a lo largo de los siglos pasados), y por último la búsqueda de la comunión entre las Iglesias locales y la colegialidad entre sus pastores. Por desgracia, hay que constatar que no aparece el tema de la educación.

Cada una de esas tendencias fuertes ha sido retomada por uno o varios textos fundadores del concilio. El gusto de la Palabra de Dios, por ejemplo, impregna cada párrafo de la constitución dogmática Dei Verbum; la benevolencia crítica hacia el mundo contemporáneo es un tema subyacente del conjunto de la constitución pastoral Gaudium et spes. En cambio, sólo encontramos dos pequeños textos que tratan de forma explícita el tema de la educación: la Declaración Gravissimum educationis momentum, sobre la educación cristiana en general, y el decreto sobre la formación de los sacerdotes Optatam totius Ecclesiae renovationem, ambos firmados por Pablo VI el 28 de octubre de 1965. Digamos enseguida que estos dos textos nunca han sido considerados de primera importancia. ¿Eso significa que el tema de la educación era un asunto secundario para los padres conciliares?

Mis actividades en la Congregación para la Educación Católica, al contrario, me han convencido de que la preocupación educativa se encontraba muy presente en cada uno de los grandes textos, y que el Vaticano II en su conjunto bien podría ser denominado un concilio de la educación. Así, este pequeño texto de Gravissimum educationis, mal construido y redactado con prisas, nos introduce directamente en lo que el Papa Benedicto XVI llama la emergencia educativa. Notemos - entre paréntesis - que esta idea según la cual el sistema educativo debería ser replanteado globalmente, muy presente en el magisterio actual, también empieza a escucharse en los discursos de los hombres políticos. Para limitarme al ejemplo de vuestros vecinos, los franceses, bien me he percatado de que, si la crisis económica ocupa el primer puesto entre las preocupaciones de los socialistas recién llegados al poder (y eso era inevitable…), la idea de una «refundación de la enseñanza» viene inmediatamente después.

El plan que les propongo incluye por lo tanto cinco partes:

1.-  La recolección de las aguas
2 .- La educación de la persona
3 .- Las comunidades educativas
4 .- Los desarrollos ulteriores del texto conciliar
5 .- La enseñanza superior

I.- La recolección de las aguas

Este título algo misterioso hace simplemente referencia a esas fuentes altas, que a menudo encontramos en España, país donde el agua es tan valiosa. Su forma es piramidal: en la cúspide, la pileta más pequeña; el agua que de ahí se escapa cae a una segunda pileta, más amplia y situada debajo, luego una tercera, hasta la pileta más baja y más amplia, donde van quienes desean aprovisionarse de agua. La imagen nos hace entender que Gravissimum educationis no ha sido un meteoro en el cielo de la Iglesia: recoge los frutos de una larga tradición.

Desde hace mucho tiempo, en efecto, desde sus orígenes tal vez, la Iglesia ha prestado mucha atención hacia la formación de los jóvenes. Ha encomendado esta tarea a sus mejores fieles; ha elevado a sus altares un número impresionante de ellos. Basta con mencionar aquí los nombres más conocidos de Juan Eudes y Juan Bosco, de Angela Merici y de Pedro Canisius, o también de Juan Battista de La Salle a cuyos discípulos debo mucho personalmente… Después de los fundadores de las órdenes religiosas, estos son sin duda la corporación más honrada en la Iglesia. Actuando de esta manera, la Iglesia no satisface una mera necesidad de supervivencia, no se preocupa ante todo por su propio futuro o por el de la humanidad, aunque si en numerosas ocasiones, como durante las JMJ, por ejemplo, lanza a la juventud llamamientos insistentes para afrontar con valentía este futuro.

No, la Iglesia atestigua esta verdad esencial y sin embargo olvidada: los jóvenes siguen siendo nuestros maestros. En una familia, siempre son los miembros más ancianos quienes han de adaptarse a los más jóvenes, y no lo contrario, a pesar de las apariencias. Los jóvenes son nuestros maestros porque nos desalojan de nosotros mismos; nos extirpan de los habitáculos donde hemos amontonado nuestras certezas y convicciones, e incluso nuestro cansancio de vivir. Nos obligan a avanzar y a cambiar de manera constante; en una palabra: la manera en la que viviremos nuestra vejez depende casi siempre de la solicitud que habremos manifestado durante nuestra existencia hacia los más jóvenes. En este sentido, la Iglesia bien es Mater et Magistra.

En efecto, la Declaración cita, como fuentes más inmediatas, los textos del magisterio con fuerte densidad educativa: Pacem in terris (1963), Mater et Magistra (1961), los mensajes radiofónicos  y los discursos a la juventud de Pio XII y hasta la encíclica de Pio XI, él mismo pedagogo por naturaleza, Divini Illius Magistri (1929).

Podríamos de la misma manera mostrar que la Declaración recoge las aguas de los textos fundamentales del concilio, lo que me hacía decir al inicio de mi discurso que existía una preocupación por la educación que ha atravesado el Vaticano II de parte a parte, a pesar del carácter limitado de los textos que tratan explícitamente sobre la educación. Los textos mencionados son evidentemente Gaudium et spes, Sacrosanctum Concilium, pero también Christus Dominus, sobre el oficio pastoral de los obispos, y el decreto Inter mirifica, sobre los medios de comunicación.

Solo tres palabras sobre la génesis del texto. En la fase preparatoria del Concilio, habían sido redactados tres esquemas: el primero sobre las escuelas católicas, el segundo sobre las universidades católicas, el último sobre los estudios eclesiásticos. La comisión conciliar amplió las perspectivas, ya no hablando más exclusivamente de escuelas católicas, sino de educación católica. El proyecto de declaración fue sometido a los padres conciliares el 19 de Octubre de 1964. Se decidió fortalecer ciertas partes muy débiles.  El esquema final sobre la educación cristiana fue aprobado el 28 de Octubre de 1965, por 2325 votos favorables y 35 contrarios; fue promulgado ese mismo día.

II.- La educación de la persona

Si entramos ahora en el contenido del texto, nos llamará la atención por su matiz personalista. En su introducción, la Declaración define su objetivo: «exponer algunos principios fundamentales sobre la educación cristiana, máxime en las escuelas». ¿Cuáles son esos principios?

1°) Existen ante todo algunos principios generales, válidos para todos. Estos principios son dos.

- El primero se llama derecho universal a la educación: «Todos los hombres, de cualquier raza, condición y edad, en cuanto participantes de la dignidad de la persona, tienen el derecho inalienable de una educación, que responda al propio fin» (§1).  Encontramos aquí dos términos que tendrán un gran desarrollo filosófico e incluso político en las décadas posteriores: el derecho de la persona y su dignidad. Podríamos incluso decir que resumen ellos solos el conjunto de la ética moderna. Notemos además que conllevan algunas ambigüedades, sobre todo hoy en día. El derecho está cada vez más interpretado en un contexto individualista, típico de nuestro tiempo: el deseo expresado por el individuo, la manifestación de su simple voluntad, son presentados como derechos que hay que hacer valer frente a la sociedad quien ha de comprometerse en satisfacerlos. Bien lo vemos en el campo de la bioética por ejemplo: el deseo de un hijo expresado por el individuo crea para la sociedad la obligación de poner al servicio de ese deseo todas las técnicas médicas disponibles en ese preciso momento. En cuanto a la dignidad de la persona humana, si el cristianismo la hace derivar de la creación a imagen de Dios, las sociedades secularizadas ven en ella más bien la expresión de un consenso social, que varía según los momentos y las corrientes de pensamiento que atraviesan esa sociedad.

- El segundo principio es expresado en el mismo párrafo: «Mas la verdadera educación se propone la formación de la persona humana en orden a su fin último y al bien de las varias sociedades, de las que el hombre es miembro y de cuyas responsabilidades deberá tomar parte una vez llegado a la madurez». Hay que reconocer que la aplicación de este segundo principio podrá variar mucho según donde nos situemos, segun una perspectiva cristiana o en el contexto estricto de una sociedad secularizada.

2°) La aplicación cristiana.

- Gravissimum educationis concibe la educación según un estado de espíritu que ha marcado todo el Concilio, el de una apertura serena hacia el mundo contemporáneo. La Iglesia sabe bien que existen grandes diferencias entre los países, los pueblos y las culturas, pero apuesta por la posibilidad de que en este contexto pluralista se pueden alcanzar valores educativos comunes. Vemos que la Declaración se nutre del mismo estado de espíritu que el que atraviesa la constitución Gaudium et spes : «Al proclamar el Concilio la altísima vocación del hombre y la divina semilla que en éste se oculta, ofrece al género humano la sincera colaboración de la Iglesia para lograr la fraternidad universal que responda a esa vocación» (3§2). ¿En el fondo, el objetivo del concilio acaso no era el de fundar la educación sobre un nuevo humanismo, en el que todas las buenas voluntades estarían llamadas a cooperar en un bien común?

Hemos de reconocer que, cincuenta años más tarde, el contexto social ha cambiado completamente. En una sociedad secularizada en la que la idea misma de una transcendencia religiosa o filosófica está descartada de las decisiones públicas, aún como simple hipótesis, ¿cuál será «el fin más alto del hombre»? Cuando las religiones son percibidas cada vez más como factores de división social, incluso de violencia, de todas maneras de oscurantismo, y que por lo tanto se ven relegadas en el ámbito de la conciencia privada, sin poder expresarse públicamente, ¿cuál será la «la sincera colaboración de la Iglesia para lograr la fraternidad universal»?

- La Declaración promueve una educación integral de la persona humana. Ese es un aspecto clave de su filosofía: «Hay que ayudar, pues, a los niños y a los adolescentes, teniendo en cuenta el progreso de la psicología, de la pedagogía y de la didáctica, para desarrollar armónicamente sus condiciones físicas, morales e intelectuales, a fin de que adquieran gradualmente un sentido más perfecto de la responsabilidad en la cultura ordenada y activa de la propia vida y en la búsqueda de la verdadera libertad» (§1). Un poco más adelante, se recuerda con fuerza que el derecho de conocer a Dios y de amarlo es un «derecho sagrado» de la persona humana y que, por lo tanto, la autoridad pública está invitada a velar para que ese derecho sea respetado en todas partes. La sociedad misma tiene interés en ello: la educación propiamente cristiana consiste en retomar los valores naturales e integrarlos en la perspectiva del hombre redimido por Cristo (§2). Contribuye por lo tanto a la edificación del bien de toda la sociedad.

La educación es por lo tanto una actividad eminentemente humanizante. No pretende sólo  transmitir el patrimonio cultural,  aunque esta transmisión es esencial para el progreso social (§5); procura despertar en cada persona sus virtualidades, su capacidad para conocerse, para hacerse cargo de sí mismo, para construirse de la manera más armoniosa, a pesar de los defectos de carácter y de las heridas de la existencia, para convertirse en un ser de libertad, responsable de sus actos y de su devenir. En fin, la educación pretende asegurar el paso de la virtualidad a la virtud.

Recordando el sentido profundo de toda educación, la Iglesia se opone a todas las tendencias de despersonalización: la tecnocracia que pretende hacer de la escuela un tiempo de aprendizaje técnico, el mercantilismo que intenta hacer de la escuela una preparación inmediata a las leyes del mercado, la tiranía que representa al fin y al cabo el materialismo, la ideología y el fundamentalismo religioso. Esto no hace más que crearle numerosos adversarios, que intentarán reducir su influencia social, ¡incluso obligarla al silencio! Cincuenta años después del Vaticano II, debemos reconocer que la escuela se ha convertido en un lugar controvertido, no sólo aquel de la integración social, sino también el frente de los combates anti-personalistas.

III.-  Las comunidades educativas

1°) La familia

«Los padres… han de ser reconocidos como los primeros y principales educadores» de sus hijos (§3). Es en la familia que estos últimos pueden aprender a descubrir a Dios; «es mediante éste que poco a poco son introducidos en la comunidad de los hombres». A la vez la sociedad ha de facilitar la tarea de la familia y garantizar que los primeros derechos de los padres sean en todas partes respetados, según un principio de subsidiariedad.

Esta afirmación es absolutamente tradicional. La Iglesia se ha opuesto siempre al dominio exclusivo del Estado sobre la educación (§6), ayer en el ámbito del fascismo, del nacional-socialismo o del marxismo, hoy en día cuando el liberalismo dominante tiende a que la escuela sea una especie di auxiliar del mercado.

La Declaración supone que los padres tengan la voluntad de ejercer esta formación primaria. ¿Qué ocurre si renuncian a esta voluntad? Los padres hoy en día tienden a reservarse el papel de buenos y a complacer a toda costa a los niños. Los educadores de primaria a quienes visitaba cuando yo era obispo de Angers me confesaban que los niños se mostraban cada vez más violentos. ¿Por qué? Porque los padres habían decidido no oponerse a ellos. Los niños por lo tanto se enfrentaban en la escuela, por primera vez al «no» que es el pilar de toda educación. ¿Es normal pedir a la escuela que supla a las carencias de la familia? Los educadores no piensan eso y GE no lo cree tampoco: «Este deber de la educación familiar es de tanta trascendencia que, cuando falta, difícilmente puede suplirse» (§3).

2°) Los docentes

La educación no es obra de una institución, sino de una comunidad educativa que se pone al servicio de la persona. Esta es sin duda una de la grandes afirmaciones de la Declaración. La verdadera escuela no es en primer lugar una institución, sino un «centro (de vida) de cuya laboriosidad y de cuyos beneficios deben participar a un tiempo las familias, los maestros, las diversas asociaciones que promueven la vida cultural, cívica y religiosa, la sociedad civil y toda la comunidad humana» (§5). No constituye un ambiente cerrado donde sólo los educadores tendrían derecho de estar, aunque si la actividad de ellos nace de ser una «vocación maravillosa». Esto supone evidentemente que las familias acepten jugar un papel activo en la educación de los niños, y acabamos de ver que muchas de ellas renuncian a ello rápidamente. Esto supone también que los docentes renuncien a jugar un rol hegemónico, como si fueran los únicos en saber en qué consiste la educación verdadera.

3°) La Iglesia

También la Iglesia es una comunidad educativa: «La Iglesia, como Madre, está obligada a dar a sus hijos una educación que llene su vida del espíritu de Cristo» (§3). ¿Dónde realizar esta educación particular? El texto menciona dos lugares:

- «La instrucción catequética, que ilumina y robustece la fe» (§4) debería ser propuesta a todos los niños católicos, incluso si no se encuentran en escuelas confesionales. Está asegurada por el ministerio de los sacerdotes y de los laicos en el marco de las capellanías (la palabra no es pronunciada) que han de existir incluso en las escuelas públicas (§7). Hubo un tiempo en que la presencia de capellanías católicas, reconocidas por la ley, no planteaba problemas, incluso cuando los capellanes debían luchar con fuerza para hacer reconocer su presencia. Una nueva dificultad aparece con la presencia cada vez más masiva de musulmanes en las sociedades occidentales. Los padres desean, más que otros sin duda, que sus hijos reciban una formación religiosa: las demandas de capellanías musulmanes se multiplican. Para frenar el movimiento, las autoridades escolares tienden por lo tanto a rechazar en el interior de la escuela todo tipo de capellanías, incluso las reconocidas por la ley.

Aún cuando no se trata de formación catequética, GE retoma el tema – cosa que me parece muy justa – del testimonio de vida de los docentes y de los responsables de la escuela, así como el del testimonio apostólico de sus compañeros (§7). Se trata aquí de un tema hacia el que nos hemos vuelto muy sensibles: todo bautizado es un misionero, aunque se trate de un niño. Es misionero en su propia familia: no es raro comprobar hoy que las demandas religiosas formuladas por los niños interpelan a sus propios padres. Es misionero con sus compañeros: los jóvenes buscan a los jóvenes.

- La escuela católica

GE dedica su párrafo más largo a la escuela católica (§8). Merecen ser subrayadas tres afirmaciones:

+ Cuando la Iglesia recuerda con fuerza su derecho a crear y a animar escuelas católicas, lo hace en nombre de la libertad de conciencia. En la medida en que las escuelas públicas están marcadas por diferentes ideologías, a menudo opuestas a la fe cristiana, los padre han de tener la posibilidad de elegir para sus hijos institutos donde esta fe sea vivida e impartida. Para ellos se trata de un derecho primero, de un derecho natural.

+ La escuela católica es una oportunidad para la Iglesia. Creando «comunidades escolares animadas por un espíritu evangélico de libertad y caridad», hace un verdadero servicio público que debe ser reconocido como tal (especialmente recibiendo subvenciones públicas). Este punto merecería desarrollos más amplios. Reacciona contra una idea ampliamente extendida en el clero de los años 60-70, según la cual las escuelas católicas no tenían una importancia pastoral especial. Hoy, vemos claramente que estas escuelas se encuentran, en nuestras sociedades secularizadas, en primera fila en cuanto a la misión: para muchos jóvenes, representan su primer contacto con la Iglesia, tal vez el único, lo cual ya no suele ocurrir en cambio con las parroquias.

+ Toda el «genio» de una escuela católica no se basa en los textos ni tampoco en las intenciones de los fundadores, sino ante todo en el comportamiento de los maestros: «Su función de enseñanza es concebida de esta forma, el Concilio lo declara, es un apostolado en el sentido propio del término, totalmente adaptado y a la vez necesario para nuestra época: es también un auténtico servicio dado a la sociedad». De ahí la importancia de su propia formación. Cincuenta años después del Concilio, esta insistencia no ha perdido nada de su actualidad, al contrario. No es raro ver Iglesias locales en dificultad para asegurar esta formación particular. Las universidades católicas podrían desempeñar en este caso un papel que aún están lejos de realizar.

IV.- Los desarrollos ulteriores a los textos conciliares

No olvido que me han pedido hable también de la actualidad de GE. Antes del Concilio, nuestra Congregación había recibido competencia para los seminarios y las universidades. Esta competencia fue ampliada a las escuelas a partir de la Constitución apostólica Regimini Ecclesiae del 15 de Agosto de 1967. Ha publicado por lo tanto un cierto número de documentos cuyo fin es definir la identidad y la misión de la escuela católica:

- La escuela católica (17 de marzo de 1977). Las numerosas mutaciones sociales reenvían la escuela católica a su identidad. Cristo representa el fundamento del proyecto educativo. De la contemplación de su persona, él que es el Hombre perfecto, y del estudio profundizado de su Palabra, nacen principios pedagógicos que constituyen la originalidad de la escuela. Estos principios promueven una formación integral de la persona humana (nos mantenemos cercanos al vocabulario de GE).

- El católico laico, testigo de la fe en la escuela (15 de octubre de 1982).  Este texto, que expresa una amplia envergadura, define las grandes líneas de la misión del docente cristiano, tanto en la escuela católica como en la escuela pública. No se conforma con transmitir conocimientos, quiere despertar al gusto de la verdad. Esta vocación es por lo tanto una de las más bellas que existen.

- En la formación integral de la persona humana sobre la cual insiste la Iglesia, la educación afectiva, y más precisamente la educación sexual, ocupa un lugar a la vez decisivo y controvertido. Desde hace una treintena de años, en efecto, los poderes públicos tratan de impartir ellos mismo esta formación, publicando manuales y folletos ampliamente distribuidos y enviando a las escuelas personas supuestamente capacitadas. ¿Tienen derecho los padres a oponerse a dicha formación impartida en la escuela? ¿Qué dice la Iglesia de esta materia tan delicada? La Congregación publicó entonces un documento específico: Orientaciones educativas sobre el amor humano (1 de noviembre de 1983).

- La Congregación se dedica desde hace tiempo en La dimensión religiosa de la educación en la escuela católica (7 de abril de 1988). Este documento afronta una doble problemática, la del anuncio explícito de la fe en Cristo en la escuela y la de la formación de los docentes.

Por un lado, es necesario respetar la libertad de conciencia de cada alumno: la fe no se puede imponer. Por otro lado, si una escuela católica ya no puede proponer explícitamente la fe en Cristo a sus alumnos, ¿en qué sigue siendo católica? Esta pregunta se plantea un poco en todas partes, pero sobre todo en los países musulmanes donde las escuelas católicas son prestigiosas debido a su calidad pedagógica, mientras les está prohibido hablar de Cristo e incluso hacer referencia a la cultura cristiana.

Por otra parte, se espera del cuerpo docente que participe de manera activa en el aprendizaje de esta dimensión religiosa, lo cual supone que haya recibido una formación adecuada. ¿Dónde y cómo impartir esta formación a los formadores?

- La escuela católica en el umbral del tercer milenio (28 de diciembre de 1997). El documento pone énfasis sobre la pertenencia eclesial de la escuela católica, cuando en varios países esta conciencia eclesial se ha debilitado considerablemente.

- El número de personas consagradas activas en la escuela tiende a disminuir en todo el mundo, las responsabilidades son transferidas a los laicos. Dos documentos en la primera década del siglo se centran en definir el reparto de las competencias y la complementariedad de las presencias: Las personas consagradas y su misión en la escuela. Reflexiones y orientaciones (28 de octubre de 2002), Educar juntos en la escuela católica. La misión compartida de las personas consagradas y de los laicos (8 de septiembre de 2007).

V.- La enseñanza superior

La declaración Gravissimum educationis trata de forma prioritaria de las escuelas, la enseñanza superior sólo aparece al final del texto, en dos pequeños números: 10 y 11, mientras que el último (n° 12) invita al conjunto de los institutos católicos, incluidas las Universidades, a mantener estrechas relaciones de colaboración.

Me ha parecido sin embargo oportuno dedicarle un pequeño momento por dos motivos. Ante todo se trata de un sector cuyo desarrollo ha sido considerable en el curso de los últimos cincuenta años: el número global de universidades católicas se acerca ya a 1.300 y las demandas de creación se multiplican. Los sectores más dinámicos se encuentran hoy en día en América Latina, en África y en la India.

El segundo motivo no lo puedo desarrollar bien aquí. La universidad católica representa para la Iglesia un medio privilegiado para participar en la cultura del país, y ser además en ella un agente especialmente activo. ¡Imaginen cuál sería la credibilidad de la Iglesia, sobre todo en las sociedades secularizadas que no ponen nada por encima de la competencia profesional, si los mejores científicos, los mejores economistas, los mejores arquitectos, saliesen de sus universidades o si los mejores médicos apoyasen la visión cristiana de la sexualidad humana! Según los Padres del Vaticano II, las instituciones católicas de enseñanza superior han de proporcionar «como pública, estable y universal la presencia del pensamiento cristiano en el empeño de promover la cultura superior y que los alumnos de estos institutos se formen hombres prestigiosos por su doctrina, preparados para el desempeño de las funciones más importantes en la sociedad y testigos de la fe en el mundo.[1]».

Me complace además reconocer que en numerosos países de América Latina, las universidades administradas por la Iglesia son de las mejores; me refiero en especial a Chile o Colombia donde he estado recientemente… Como declaraba Juan Pablo II, para la Iglesia católica, el mundo de la educación superior constituye  «un campo privilegiado para la labor de evangelización y su presencia en la esfera cultural[2]». El buen funcionamiento de la Universidad sigue siendo, ustedes lo saben, un tema al que presta mucha atención Benedicto XVI.

Recordaré una distinción esencial, pero a menudo difícil de entender. El Código de Derecho Canónico (nn. 807-821) distingue dos tipos de instituciones universitarias vinculadas con la Iglesia.

- Las primeras son las Universidades y las facultades eclesiásticas. Su finalidad es la de promover los estudios llamados «eclesiásticos», es decir las disciplinas concerniente las ciencias sagradas (teología, derecho canónico, filosofía, por nombrar las más famosas, pero la lista no termina ahí; podríamos mencionar también: historia eclesiástica, doctrina social de la Iglesia, misiología, etc.). Estas instituciones, erigidas sólo por la Sede Apostólica, están bajo las normas de la Constitución Apostólica Sapientia christiana del 15 abril de 1979; expiden los grados académicos en nombre y bajo la autoridad de la Santa Sede. En el 2005, su número llegaba a 258. La más reciente es la Universidad Eclesiástica de San Dámaso, en Madrid, que ha sido erigida en julio de 2011, apenas unas semanas después de las «Jornadas mundiales de la juventud».

- Las segundas son las Universidades católicas. Se trata de centros académicos, compuestos por diferentes facultades, institutos o escuelas, donde se enseñan las disciplinas civiles o profanas, pero también a veces las disciplinas eclesiásticas. Las Universidades católicas son regidas por la Constitución Apostólica Ex corde Ecclesiae del 15 agosto de 1990.

Contrariamente a una interpretación tenaz que viene en efecto de la re-lectura de la historia construida por la ilustración y ampliamente retomada por una visión “marxizante” de la evolución, las Universidades medievales no fueron fundadas por corporaciones de laicos que se oponían a la opresión clerical o por una base que luchaba contra la alienación procedente del poder superior. Todo lo contrario, es para garantizar la libertad de la enseñanza y de la investigación que las primeras Universidades se volcaron hacia Roma, para sacudirse el yugo de las instituciones locales, diocesanas y más aún civiles, deseosas de enrolar (¡ya en aquella época!) a estudiantes e inteligencias, al servicio de sus propias causas. Por consiguiente, el riesgo no procedía de la lejana Roma, sino de las instituciones cercanas y de todo tipo de clericalismos.  Es por ello que al origen de casi todas las Universidades, encontramos una bula papal que autoriza su fundación, o por lo menos la confirma. Así es como también Juan Pablo II quiso que la Constitución Apostólica sobre las Universidades católicas – la «Magna charta» de las instituciones católicas de enseñanza superior – empezara con estas tres palabras altamente significativas: Ex corde Ecclesiæ, «(nacida) del corazón de la Iglesia»[3].  Manteniendo la autonomía vinculada con su propia naturaleza, cada Universidad católica está llamada a desempeñar un rol particular en el corazón mismo de la vida de la Iglesia.

¿Qué hace que una institución de enseñanza superior pueda ser definida como «católica»? ¿Qué diferencias hay entre vuestras Universidades católicas y las demás Universidades?

Según la respuesta que suele darse más a menudo, la Universidad católica es un centro académico que se caracteriza primero por la presencia de personas que, animadas por su fe y en la fidelidad hacia el Magisterio de la Iglesia, trabajan para la renovación del orden temporal [4] en el campo específico de la educación superior. Esta respuesta suena bien: es deseable, en efecto, que los docentes de una Universidad católica sean, en su mayoría, católicos comprometidos; esto es aún más cierto para aquellos que tienen funciones de responsabilidad como los decanos o el rector. Sin embargo el riesgo es que los docentes, el personal, los directivos y mandos intermedios actúen sólo como individuos: su buena voluntad, su compromiso y su testimonio sean más individuales que institucionales. Pero, una Universidad católica es más que una colección de individuos. Precisamente es como instituciones que las Universidades católicas presentan «un ethos específico, una conciencia que permanece, incluso cuando es traicionada por individuos en el seno de la institución[5]».  Es más, los institutos católicos de enseñanza superior son expresiones estructuradas de la misión de la Iglesia; representan instituciones reconocidas públicamente cuyas actividades académicas fundamentales, la escolarización y el servicio, «deberán vincularse y armonizarse con la misión evangelizadora de la Iglesia[6]». Siendo así, aceptan los derechos y las responsabilidades que derivan de su relación visible con la Iglesia local y universal.

Debido a ello, como afirma el papa Juan Pablo II, la Universidad católica debe manifestar «una inspiración cristiana por parte, no sólo de cada miembro, sino también de la Comunidad universitaria como tal [7]». Dicho de otra forma, ha de garantizar, de manera institucional y no solo personal,  una presencia cristiana auténtica en el mundo de la educación superior. «El objetivo de una Universidad Católica – explica Ex corde Ecclesiae  (§13) –  es el de garantizar de forma institucional una presencia cristiana en el mundo universitario frente a los grandes problemas de la sociedad y de la cultura. Esta debe poseer, en cuanto católica, las características esenciales siguientes:

1. una inspiración cristiana por parte, no sólo de cada miembro, sino también de la Comunidad universitaria como tal;

2. una reflexión continúa a la luz de la fe católica, sobre el creciente tesoro del conocimiento humano, al que trata de ofrecer su aportación con las propias investigaciones;

3. la fidelidad al mensaje cristiano tal y como es presentado por la Iglesia;

4. el compromiso institucional al servicio del pueblo de Dios y de la familia humana en su itinerario hacia aquel objetivo trascendente que da sentido a la vida.»

Estas consideraciones generales conllevan un cierto número de consecuencias prácticas de tipo institucional. La vocación de una Universidad católica es triple: buscar la verdad; transmitirla de forma desinteresada «a los jóvenes y a todos aquellos que aprenden a razonar con rigor, para obrar con rectitud y para servir mejor a la sociedad[8]»; servir a la sociedad y a la Iglesia.

La búsqueda de la verdad, explica la Constitución, consta de cuatro aspectos:

  • la integración del conocimiento en una síntesis superior, aún más necesaria hoy en día cuando el saber no deja de especializarse y de fragmentarse;
  • el diálogo entre la fe y la razón que, respetando los ámbitos y los métodos específicos, «se encuentran en la única verdad[9]»;
  • la preocupación ética, puesto que el saber está al servicio de la persona humana;
  • la perspectiva teológica, puesto que «tiene un papel particularmente importante en la búsqueda de una síntesis del saber »: por eso es importante que la Universidad tenga, «por lo menos, una cátedra de teología [10]».

***

La Congregación tendría que publicar en las próximas semanas – o meses - un nuevo documento que trata sobre la especificidad de la enseñanza católica en las sociedades cada vez más marcadas por el pluralismo cultural y religioso. Si ustedes me preguntasen cual es la cuestión que hoy se formula con mayor fuerza a la enseñanza católica en el mundo entero, contestaría sin dudar: la cuestión de la identidad, o mejor, de la especificidad. ¿Qué significa ser católico? ¿En qué medida una escuela o una universidad pueden ser definidas como católicas?

Cuando a mis estudiantes les costaba entender el sentido de un término, les aconsejaba interrogar su etimología. Hagamos lo mismo para concluir. El término «católico» saca su substancia de un doble origen:

- La palabra viene del griego katholicos que significa universal. Una escuela católica es una escuela abierta a lo universal. ¿Lo universal de qué? Primero lo universal del saber. Una escuela católica es una escuela abierta a la amplitud del saber humano. Tiene curiosidad por todo lo que concierne lo humano. Su vocación es por lo tanto profundamente humanista. Vuelvo a decir con satisfacción que esta dimensión es ampliamente reconocida en el mundo. Sí, la Iglesia puede sentirse orgullosa, de manera general, de la calidad de sus escuelas y de sus universidades.

Esta primera dimensión de universalidad implica también que una escuela (universidad) esté abierta al mayor número, posiblemente a todos. Una escuela católica no intenta acoger sólo a católicos. La vocación humanista que acabo de mencionar se encuentra así doblemente confirmada.

Este primer significado es necesario, pero no es suficiente. Una escuela que se caracterizase sólo por su apertura a quienes llaman a su puerta corre el riesgo de parecer un caravanseray. Interviene entonces un segundo significado: católico remite a una confesión religiosa particular, la confesión. Por lo tanto es católica la escuela donde uno aprende qué es el cristianismo, su doctrina, su moral, en pocas palabras el arte propiamente cristiano de pensar y vivir.   

Dos consecuencias concretas se derivan de ello. En primer lugar, una escuela católica es una escuela donde se propone la fe católica, a través de aquella que fue llamada anteriormente catequesis. Es propuesta y no impuesta, porque el instituto se propone respetar la libertad de conciencia y la elección de cada uno. Para los que no son católicos o que rechazan pasar por la catequesis, el instituto ha de prever, no de manera facultativa sino de manera obligatoria, una formación en cultura cristiana impartida por los mismos docentes, no por personas externas. GE no hablaba de ello y por algo es: las huellas de la cristiandad eran todavía vivaces en los tiempos del Concilio. Ahora ya no es así. Sé muy bien que esta formación a la cultura cristiana todavía se tiene que inventar. Puedo decir por experiencia personal que es una tarea apasionante. Es también un desafío. La identidad católica tiene este precio.



[1] ConcilIO VaticanO II, Declaración Gravissimum educationis, n. 10.

[2]JUAN PaBLO II, Discurso al Consejo Pontifical para la Cultura (15 de enero de 1988), n. 5, Insegnamenti, 11/1 (1988), p. 103.

[3] JUAN PaBLO II, Constitución Apostólica Ex corde Ecclesiae, 15 agosto de 1990, n. 1. La expresión « Magna charta » es del papa (n. 8).

[4] Cf. ConcilIO VaticanO II, Constitución Lumen gentuim, n. 37.

[5] Francis George, «Catholic Higher Education and Ecclesial Communion », Origins, 28/35 (18 de febrero de 1999), p. 611 ; cf. Donald Wuerl, «The Institutional Identity of a Catholic University », Origins, 29/15 (23 de septiembre de 1999), p. 234.

[6] JUAN PABLO II, Constitución Apostólica Ex corde Ecclesiae, n. 49.

[7] JUAN PABLO II, Constitución Apostólica Ex corde Ecclesiae, n. 13.

[8] Ibid., n. 2

[9] Ibid., n. 17.

[10] Ibid., n. 19 ; cf. Code de Droit Canonique, can. 811.